
Los partidos políticos se mueren cuando ya no tienen nada valioso que decirles a los ciudadanos a quienes pretenden dirigir su destino, ofreciéndoles un futuro con una visión estimulante, y solo se dedican a usarlos como instrumento para satisfacer los intereses particulares de los dirigentes, propietarios y, eventualmente, hasta de los militantes de las agrupaciones políticas.
Dentro de todos los partidos siempre hay sinvergüenzas que entran a la política para utilizarla para beneficio propio en vez del colectivo, pero la mayoría de agrupaciones se crean con buenas intenciones. El problema es cuando, en el camino, los truhanes se vuelven los que cortan el jamón y, peor aún, cuando los fundadores se desenmascaran como unos asaltantes.
Al comienzo, cuando eso empieza a ocurrir, la gente no se da cuenta, es decir, que los partidos se han convertido en fábricas de corrupción, pero, poco a poco, la verdad se destapa y, entonces, la agrupación arranca su agonía.
Pero, incluso cuando los partidos no se vuelven una cueva de ladrones —como hoy parecen serlo la mayoría en el Perú—, también se van desconectando de la gente cuando sus ideas se vuelven anquilosadas y ya no conectan con lo que demandan los ciudadanos.
Y, cuando eso ocurre, sus dirigentes se dan cuenta de que el partido que crearon ya no tiene futuro y, entonces, se dedican a robar con descaro.
El problema se agrava cuando los jóvenes del partido, que deberían desafiar a sus mayores para una renovación que enganche con los requerimientos de la población, tienen la misma mirada atrasada, mediocre y corrupta de quienes ellos deberían reemplazar. El único cambio es el de su protagonismo.
Todo eso es lo que hoy se ve en la mayoría de los partidos políticos peruanos, tanto en los tradicionales que hoy intentan revivir como en los nuevos que se han incorporado al elenco estable, ni en los que andan dando vueltas para ver cómo se meten al baile.
Hoy no hay partidos con ideas que al menos ilusionen al elector, ni con personas que proyecten confianza.
Cuando eso ocurre, los partidos políticos se van muriendo, los que se crean fallecen antes de nacer y la política se vuelve la morgue de las ilusiones del pueblo. Como hoy en el Perú.

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