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Opinión

En el país del calzón rojo

“Nuestro sistema judicial en trance no corrige, no educa, no sana. Al contrario, se pone a favor del criminal. Las víctimas siempre serán los más débiles”.

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Mi abuela Dionisia ordenaba –mucho antes del estricto cumplimiento de los protocolos de bioseguridad– a mis hermanas que debían usar trusa colorada para que no las ojeen. Supongo que iba más allá del asunto del ojo y del reojo. Pero de eso hace medio siglo. Hoy, la lencería nacional sigue ocasionando otras aberraciones y obscenidades legales. Los magistrados Ronald Anayhuamán, Diana Jurado y Lucy Castro del Juzgado Penal Supraprovincial Zona Sur (Ica) resuelven peor que Dionisia.

El fallo dejaba en libertad a un sujeto de 22 años acusado de violación sexual en agravio de una mujer de 20 años. La causa: que la dama llevaba una “trusa femenina de color rojo con encaje en zona delantera, blondas en contorno de pierna”. Mi mujer usa calzones color caigua y se vacila con su vida social. ¿Y qué hay con eso? Que los jueces castigaron a la víctima por estar usando calzón colorado y eso significaba que estaba predispuesta a tener sexo a forro. Pero que además el calzón de marras no iba con su personalidad tímida y pasiva.

Qué buenos cajones. Que detrás del fallo de jueces, psicólogos y forense existe una concepción bizantina y machista que es común en el Perú. Que explica que la víctima, por el color de su prenda íntima, no fue violada. No, porque a pesar de que la pegaba de tímida en el fondo era una mujer libertina y de carácter disipado. Que cómo es posible que use calzón rojo y además, con encajes y blondas. Entonces, bien merecido se la tenía.

La sentencia es más amplia, pero igual demuestra ese pensamiento aberrante y absurdo. Que pasa por el hogar y el colegio. Que está instalado como máxima en los organismos tutelares del país. Así, una mujer violada o acosada sufrirá toda la vida de aquel trauma desgraciado que la hará no solo víctima de sus violadores sino de las autoridades que la juzgan. Sé de ese sufrimiento, en algún momento trabajé en el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables en el área de violencia sexual y trata de niñas y adolescentes.

Lo ocurrido en Ica ocurre en todo el Perú. Ese trío de jueces, y que incluye dos damas, imparte justicia con argumentos perniciosos sobre la mujer. El calzón rojo es hoy un pretexto para descalificar la naturaleza femenina. O tramposas o jugadorazas. Qué más da. Nuestro sistema judicial en trance no corrige, no educa, no sana. Al contrario, se pone a favor del criminal. Las víctimas siempre serán los más débiles.

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