
Esta es una novela que me la recomendaron hace varios años, y aunque la veía en mis visitas a las librerías, no me animaba a cogerla. El momento llegó en las primeras semanas del 2026, en las que por fin me sumergí en unas páginas en las que se acrisolan todos los odios que una persona pueda sentir en contra de alguien. Lo dicho no es nada nuevo. El odio, en cuestiones literarias, ha motivado grandes proezas, pero pocas veces se ve la tirria dirigida a la madre, al menos no como lo ha hecho la escritora moldava Tatiana Ţîbuleac en su primera novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta).
La novela está canalizada bajo la silenciosa estructura del diario, pero en esta ocasión se trata de uno que no está fechado y que tiene al apunte como eje conductor. Por tratarse del apunte (notas al paso, principalmente), no hay garantía de su dirección temporal, pero temáticamente está definido desde su primera página. Este es el primer factor que llama la atención de la estrategia de Ţîbuleac, porque bajo el registro del diario nos presenta a su personaje, el reconocido y venerado pintor Aleksy, cuyo psiquiatra le indica que escriba de su madre para superar su bloqueo creativo. Y Aleksy obedece, empieza a escribir de su madre utilizando todos los adjetivos peyorativos para tal propósito, que se dejan ver desde la primera línea de la novela. Aleksy recuerda a su madre yendo del pasado a su presente, y viceversa.
"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes". Imagen: Impedimenta.
En esta historia hay ajustes de cuentas, muertes y culpas no asumidas. Aleksy odia a su madre porque ella, en esencia, no se ocupó de él cuando era pequeño. Es un hombre que ha superado las carencias afectivas y se ha hecho a sí mismo en un circuito cultural competitivo. Pero la madre de Aleksy tiene un problema de salud mental y él también. En el ejercicio terapéutico de escritura, el artista recuerda el verano que ambos pasaron juntos en un pueblito de Francia. En ese verano, su madre muere (no se detalla de qué tipo de cáncer) y lo que hace el hijo es desmenuzarlo, creyendo que de esta manera superará el bloqueo, cuando lo cierto es que la exposición de sentimientos empieza a destrozarlo porque se va dando cuenta de la dimensión de su propio horror personal.
En estas páginas hay demasiado resentimiento, pero del mismo modo reconciliación. Por tramos, es más que una experiencia literaria, porque ingresa a dimensiones emocionales (con base en crudas y cortantes descripciones) a las que estamos poco habituados a leer y que se imponen a sus contadas falencias (hay algo de efectismo, sobre todo en la obsesión desmesurada de Aleksy por los detalles).
Más que por su escritura y forma, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (los ojos, según el hijo, lo único bello de su madre) destaca, se colige por lo expuesto, por su intensidad discursiva, que nos toca agradecer en un mundo (tanto en el real como en los paralelos de las redes sociales) en el que más de uno está dispuesto a agradar que a ser uno mismo. El protagonista de Tatiana Ţîbuleac es incómodo e insalvable. Por eso no pocos se han sentido identificados con él. No es una novela perfecta en lo formal, pero no importa, remueve bien. De eso va la buena literatura.





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