
Las pinturas rupestres que permanecen en las profundidades de las cuevas europeas no fueron concebidas necesariamente como imágenes estáticas. Nuevas investigaciones arqueológicas analizan cómo los artistas del Paleolítico aprovecharon las irregularidades de las paredes, las grietas de la roca y la iluminación de las antorchas para crear figuras que, bajo determinadas condiciones, parecen adquirir volumen e incluso movimiento.
La cueva de El Castillo, en el norte de España, ofrece algunas de las pistas más reveladoras. Sus galerías conservan cerca de 3.000 representaciones todavía reconocibles, entre animales, discos rojos, manos y motivos geométricos. Los artistas prehistóricos visitaron este espacio en diferentes periodos, entre hace unos 13.000 y 41.000 años, cuando solo disponían de antorchas y lámparas rudimentarias para adentrarse en zonas donde no llegaba la luz natural.
Los arqueólogos Eduardo Palacio Pérez y Diego Garate estudiaron cómo las características naturales de El Castillo forman parte de numerosas representaciones. En el llamado Panel Policromo, por ejemplo, el lomo de un gran bisonte coincide con un saliente de piedra que aporta volumen al animal. "Algunos investigadores sostienen que esta superficie rocosa sugiere al animal", explicó Palacio Pérez en un reportaje de Smithsonian Magazine.
Para crear el arte de las manos de El Castillo, nuestros antepasados podrían haber puesto los pigmentos en su boca y luego escupido la pintura para estampar sus manos. Foto: Gobierno de Cantabria/Pedro Saura Ramos
Esta técnica aparece también en otros yacimientos. Algunos creadores aprovecharon grietas para completar las astas de los animales y relieves naturales para definir el lomo de los caballos. Las figuras parecen surgir de las fisuras y regresar hacia ellas, un efecto que habría resultado todavía más llamativo bajo una iluminación inestable.
La relación con la roca se aprecia incluso en las manos plasmadas en las paredes. El arqueólogo británico Paul Pettitt y otros especialistas analizaron su distribución y comprobaron que muchas aparecen junto a fisuras, ondulaciones o superficies cóncavas. Esto indica que sus autores no eligieron los lugares al azar, sino que prestaron especial atención a la estructura de las cavernas.
La iluminación constituye otra pieza esencial para comprender este arte. Una antorcha no produce el haz blanco y uniforme de una linterna moderna. Su llama proyecta una luz rojiza que parpadea, modifica las sombras y altera constantemente la percepción de las formas.
En un saliente rocoso que recuerda a la cabeza de un bisonte en El Castillo, un artista prehistórico realizó sencillas marcas para evocar ojos y una fosa nasal. Foto: Gobierno de Cantabria/Pedro Saura Ramos
Garate comprobó esta diferencia hace aproximadamente una década en una cueva del País Vasco sin arte prehistórico relevante. Al encender una antorcha, observó que la claridad alcanzaba apenas unos metros y que las sombras se desplazaban con la llama. "El arte rupestre no es como una imagen en una pared", resumió el investigador.
Una estalagmita dentro de El Castillo presenta una figura conocida como el 'hombre bisonte'. Cuando Garate dirigió una linterna hacia ella, apareció sobre la pared posterior una sombra semejante a un bisonte bípedo. Al desplazar la fuente luminosa, la silueta parecía caminar. Sin embargo, el arqueólogo advierte que todavía no está demostrado que los autores paleolíticos buscaran ese efecto de manera intencional.
Como encender antorchas en el interior de El Castillo podría dañar sus paredes, los investigadores recurren ahora a herramientas digitales para comprobar algunas hipótesis sin poner en riesgo el patrimonio. Las reconstrucciones tridimensionales permiten reproducir las cavernas y estudiar cómo habría incidido sobre sus superficies una fuente de iluminación similar a las empleadas durante el Paleolítico.
La arqueóloga Izzy Wisher, de la Universidad de Aarhus, publicó en 2023 un estudio que utilizó realidad virtual para simular la iluminación de antorchas en la cueva de Las Monedas, situada en la misma colina. Estos experimentos permiten acercarse a una experiencia que las fotografías modernas no pueden reproducir por completo: contemplar figuras prehistóricas entre sombras cambiantes, relieves naturales y una oscuridad casi absoluta.





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