Vestido para vivir

Hace unos días, Facebook me recordó el cumpleaños de un viejo amigo de la universidad, Giuseppe Campuzano. No me hubiera parecido extraño si no fuese porque Giuseppe murió en noviembre del 2013. Por pura curiosidad o nostalgia, cliqueé su nombre y en su página encontré saludos de ese mismo día, mensajes que varios amigos le habían escrito recién, como si él pudiese leerlos y ponerles «like».
Al inicio pensé que era un efecto perverso de las redes sociales, que fabrican la torpe ilusión de que los muertos cumplen años y que administran perfiles que no pueden actualizar. Luego entendí que, al menos en el caso de Giuseppe, esos saludos quizá estaban dirigidos a la parte de él que continúa viva, la parte que lo trascendió: su obra, su contribución, su legado.
 
Lo conocí en los noventa, cuando estudiábamos Filosofía. En esa época, él vestía de negro y usaba botas que en mi memoria tienen punta de acero. El pelo, largo y suelto, le daba cierto aspecto de apache. Sus facciones duras contrastaban con la gentileza con que me explicaba en el patio de la facultad las muchas cosas que yo no entendía de cursos como Filosofía de la Naturaleza, Historia del Cristianismo o Latín. Nunca fuimos amigos muy cercanos, pero al menos durante un año o dos me familiaricé con su nombre italiano y su apellido cantábrico, Giuseppe Campuzano. Si hubiese existido el Facebook, nos habríamos seguido mutuamente. 
 
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Cuando lo volví a ver, muchos años más tarde, estaba transformado literalmente. Una tarde del 2008, encendí la televisión y lo reconocí debajo de un atuendo de campesina, detrás de un cargado maquillaje de tonos pastel. Lo entrevistaban en el centro cultural de España. Al subir el volumen, le oí decir algo acerca de un «Museo Travesti» y me quedé sorprendido, no porque vistiera de mujer sino por lo interesante de su explicación.
 
Días después fui al lugar donde se exponía el «Museo Travesti». No tuve suerte de encontrar a Giuseppe pero sí de apreciar su extraordinario trabajo, producto de una inédita y esforzada investigación acerca de los orígenes del travestismo en el Perú. Bajo una cita bíblica («la mujer no llevará vestido de hombre ni el hombre vestido de mujer porque merecerá la reprobación de Dios»), se ordenaban diversos elementos: cerámicas con figuras de personajes travestidos y andróginos, huacos de ídolos incas de sexualidad indefinida, copias de ordenanzas coloniales de 1566 que penalizaban la «transgresión de la indumentaria», documentos médicos virreinales con conclusiones aberrantes sobre el hecho de vestirse con ropa del sexo opuesto, así como recortes periodísticos contemporáneos sobre travestis asesinados en la ciudad, y fotos de rituales travestis de iniciación en el Leoncio Prado. También se proyectaba el cortometraje Anastasha (1999), un falso documental de culto.
 
Pero quizá lo más importante del «Museo Travesti» no era lo que mostraba sino lo que planteaba. Por un lado, tenía el propósito de refundar el término «travesti» (desterrar la definición «marica que se prostituye»), discutir los estereotipos hegemónicos pero simplistas, y poner en evidencia lo excluidos que se encuentran de la sociedad los ciudadanos que, con sus propios discursos y estilos, no hacen sino continuar una práctica que en el Perú tiene memoria prehispánica.
 
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La siguiente vez que vería a Giuseppe fue ese mismo 2008, otra vez en televisión. Estaba en un sofá, iba vestido de sí mismo, y comentaba una imagen que aquel año causó polémica: el ministro de agricultura Ismael Benavides aparecía con la típica vestimenta de las campesinas de la sierra central, llevando unas faldas bordadas y una muñeca a sus espaldas. Los titulares decían: «Ministro populista se disfraza de chola», «Piden renuncia de Benavides por hacer el ridículo», «Nacionalistas: no es serio que un ministro se vista de mamacha». Lo que para la clase política era una payasada, para Giuseppe era un homenaje. «Con sus críticas ignorantes y despectivas, están insultando a todos los peruanos que se visten de mujer desde siglos atrás, por cuestiones religiosas o artísticas», sentenció.  
 
Giuseppe sabía de lo que hablaba. El travestismo era su identidad (de hecho, su DNI era rosa) y lo ejercía con una actitud transgresora pero estética, usando su cuerpo como soporte, cuidándose de los encasillamientos: podía performar vestido de prostituta, pero también de diva de carnaval; de Madre Patria en la Plaza de Armas o de Virgen María en la Costa Verde. 
 
Cuando me enteré de su muerte, producto de una enfermedad degenerativa que lo tuvo postrado en silla de ruedas, aunque nunca inactivo, me apenó de veras no haber entablado contacto con él. 
 
Y la otra tarde, después de que Facebook me recordara su «cumpleaños», me puse a buscar videos suyos en Internet y encontré uno grabado el día de su entierro: gente en las calles, cantando en ronda «A quién le importa» de Alaska y Dinarama y zapateando el huayno «Qué linda flor». Era una fiesta. Nadie lloraba la desaparición de Giuseppe. Todos celebraban que haya vivido como vivió. 
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