Control y sanción
El Monasterio de Santa Catalina sufrió un atentado la semana pasada. Un grupo de hinchas de Universitario pintaron siluetas de “Lolo” Fernández en las paredes.
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Eduardo Ugarte
Periodista
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El acto vandálico (destrucción voluntaria de una propiedad) contra nuestro patrimonio al pintar siluetas en “homenaje” a “Lolo” Fernández y su equipo, la “U”, en monumentos con Escudo Azul (protección de la Unesco) como el Monasterio de Santa Catalina degradándolos, ha puesto en el lado contrario a la admiración a quien no cayó en la tentación del bienestar económico y fue fiel a su equipo que ordenó para hacer goles. Valores del personaje y del equipo hoy borrados por dañar al patrimonio, quedando la efímera silueta en rojo de Fernández sobre el blanco sillar como recuerdo de delincuentes.
Según entendidos, en los 50 nació la rivalidad entre Alianza Lima y Universitario (la “U”), en una polarización racista de negros y blancos. Cada uno de estos equipos armó sus huestes recurriendo a desadaptados y, con el nombre de barras, crearon una organización –calificada por algunos de mafiosa– alimentada con entrada gratuita a los partidos y carta blanca para “alentar” a su equipo con fanatismo agresivo y descontrolado.
De Lima se trasladó al resto del país con viajes de los barristas y el establecimiento del fanatismo en hinchas de la localidad, entre los que se encuentran profesionales de prestigio que no aplican control, más bien estímulo con su silencio frente al vandalismo descrito.
No cabe la frase “las paredes son las pizarras del pueblo”, pues los pueblos no los conforman desadaptados; tampoco es Poesía en Acción, no tiene nada de poético pintarrajear un muro histórico de un conjunto arquitectónico de poética propia; menos es un homenaje al ídolo Fernández por ser un acto prohibido. No es consecuencia de las tensiones que provoca la pandemia y su encierro, o que la ciudad esté en abandono total. Tal vez se trata de la suma de factores que provocan una excitación de pasión descontrolada, que al repetirse sin censura se vuelve patrón de conducta de determinado grupo y llega a la desinhibición total. El control está en los dirigentes y la sanción en las autoridades.

cuidado. El restaurador Hugo Gómez, señaló que borrar las pintas del sillar no constituye una actividad sencilla.





















