Justicia y empatía

“Jéssica y Ana Teresa tienen algo en común. En el Perú sigue siendo “normal” matar mujeres. No importa en qué plano. En casa o en la política. Física o psicológica, la violencia sigue entre nosotros”

Rosa Palacios
29 Dic 2019 | 1:15 h

En la madrugada del domingo 22 de diciembre Juan Huaripata asesinó a Jéssica Tejeda con múltiples cuchilladas. El puñal no se detuvo. Se llevó la vida de tres de sus cuatros hijos de 15 y 8 años y un bebé de meses de nacido. El bebé murió ahogado por el humo de un incendio que el mismo feminicida provocó. Solo uno de los niños, con múltiples heridas, pudo escapar y pedir auxilio. Los ruegos de las vecinas no sirvieron de nada. De la comisaría, apenas a una cuadra de distancia, no salió nadie sino hasta que las victimas ya no requirieron de auxilio alguno.

¿Qué es la justicia? Dar a cada quien lo que merece. ¿Qué merece este feminicida? ¿Hay forma de compensar la muerte atroz y salvaje de una madre y sus tres hijos? ¿Hay forma de equilibrar la balanza de la justicia para el único niño que sobrevivió? Si hasta el animal más salvaje protege a sus crías, ¿cuál es la condena justa? ¿Treinta años, perpetua, pena de muerte? Todos sabemos la respuesta. No hay forma de alcanzar justicia, ese “dar lo que merece” filosófico. No se puede devolver la vida arrebatada, ni existe una punición que sane el desconsuelo de los deudos. Se necesitaría de toda la ira de Dios para que el castigo fuera equivalente. Pero no somos dioses. Por eso tenemos que poner nuestra esperanza, la poca o mucha que tengamos, en el Estado de derecho. Es la única forma de poner humanidad ahí donde no la hubo para las víctimas.

La ministra de Justicia, Ana Teresa Revilla, salía con su esposo de misa de gallo en la catedral. Era ya Nochebuena cuando ese 24 de diciembre cruzó la Plaza de Armas. Un grupo de reporteros se le abalanzó. Ella ha declarado que la bulla no le permitió escuchar la primera pregunta mientras la luz del reflector le impactaba la cara. Declinó contestar porque salía de misa, pero luego, ante la insistencia, (pudo escuchar que era sobre el caso de la señora Tejeda) señaló que era lamentable y que las acciones contra los policías que se negaron a atender a las victimas están a cargo del ministro del Interior. El incidente no tendría ninguna importancia sino fuera porque se editaron los segundos y solo se propalaron aquellos cuando la ministra, titubeante y sonriente, no quiso contestar lo que no llegó a escuchar.

Es evidente que la ministra no es política. Si lo fuera sabría que en esas emboscadas corresponde una performance. Pedir a gritos sanción, lagrimear es obligado (un buen llanto es mejor y abrazada de la víctima, mucho mejor) y asegurar una justicia draconiana. Aunque toda tu formación jurídica te diga que eso es darles falsas esperanzas a los deudos, que no eres ni fiscal, ni juez. No importa. Se exige mentir. Es parte del cargo y se llama hipócritamente “empatía”. No lo es. La empatía es discreta, el verdadero consuelo es silencioso, la real caridad cristiana no usa una corneta para hacerse notar ni va cacareando sus acciones. Es todo lo opuesto a la política y a lo que demanda el morbo mediático.

La ministra va a terminar renunciando. No porque sea una mala profesional. Tampoco por su larga relación con las causas de género y derechos humanos. Lo hará porque es la nueva víctima de apuñalamiento moral, muy oportunamente utilizado por intereses políticos.

Jéssica y Ana Teresa tienen algo en común. En el Perú sigue siendo “normal” matar mujeres. No importa en qué plano. En casa o en la política. Física o psicológica, la violencia sigue entre nosotros.

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