La terapeuta del terror

Rocío Silva Santisteban
10 Sep 2019 | 3:55 h

Tantos años de violencia nos ha convertido en una comunidad reactiva, que prefiere la bala a la justicia, la venganza al perdón. Las violencias son continuas entre la paz y la guerra, entre nuestros días de crisis democrática ante dos poderes que se enfrentan como boxeadores y los días y noches del conflicto armado interno: las huellas permanecen lacrando nuestro lazo social. El giro hacia la reconciliación implica una voluntad política que no tienen ni las élites ni la gran mayoría de la población. Esta historia centrada en una “profesora de yoga en la cárcel de la base naval del Callao” parece completamente inverosímil y se basa en una historia real de una mujer con un encargo que no quiere, pero cumple, porque “ella puede”. Descarnada, ambigua como nuestras relaciones sociales y políticas, autómata por momentos, ejerciendo una libertad que duele y haciendo yoga con culpa por el servicio a la patria que implica desestresar a esos terroristas.

Gabriela Yepes, como autora y directora, y Alejandra Guerra, como protagonista, han llevado al teatro de la Alianza Francesca una historia inspirada en dos tipos de autoritarismo: el que se ejerce en la casa por el patriarca, macho, proveedor y dictador del hogar y el que enfrenta día a día la profesora atravesando todos los retenes de la Base Naval del Callao para dictarle clases de relajación a cinco alumnos: Miguel Rincón, Peter Cárdenas, Oscar Ramírez Durand, Víctor Polay y Abimael Guzmán. La niña y la mujer se encuentran tratando de entender que el espacio de la vulnerabilidad que es su cuerpo puede cohabitar también con el poder y la fuerza de una patada de capoeira.

Esta puesta en escena es verdaderamente conmovedora porque, como casi todos los peruanos y peruanas, las relaciones con los padres suelen ser quiebres, abismos, rencillas, silencios aplastantes y la historia que la profesora le cuenta a su padre que no habla sobre esas clases y su relación con la historia del Perú es la duda permanente de estar haciendo bien o mal. Personalmente me siento muy identificada con “esa persona que va a la cárcel” porque, finalmente cuando una sale de los retenes para volver al hogar, siempre se preguntará si lo que hace es un acto de bien, de bondad, de desprendimiento, o de narcisismo para demostrarse a sí misma que todo lo puede.

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