50 años de la reforma agraria

“La reforma agraria no compensó a los terratenientes por las tierras expropiadas. Y los terratenientes no compensaron a los campesinos por una explotación inicua”

Nelson Manrique
25 Jun 2019 | 5:03 h

La reforma agraria decretada hace 50 años por el gobierno de Juan Velasco Alvarado, la más radical de América del Sur, constituye un parteaguas decisivo en el proceso histórico peruano.

Para mediados del siglo XX muchos problemas no resueltos anunciaban la crisis final del orden oligárquico. Estaba en marcha una crisis general del agro. Para 1961 la población peruana se acercaba a los 10 millones. Debido a la presión social se creó una Comisión de Reforma Agraria y Vivienda presidida por Pedro Beltrán. En su informe esta advirtió que la tierra redistribuible alcanzaría apenas para el 25% del campesinado.

Parte fundamental del problema era la concentración de la tierra. Para 1961, en la costa 921 unidades productivas poseían el 83% de la tierra mientras que las unidades de menos de 3 ha, que representaban el 83.2 % de los propietarios, controlaban apenas el 10% de la tierra. En la sierra el problema se agravaba por la existencia de un sistema de sujeción servil del campesinado en las haciendas, consolidado por la institución del gamonalismo: una estructura social de dominación que surgió como consecuencia de la debilidad del Estado central a lo largo del siglo XIX, del fortalecimiento de poderes locales fuertes con un alto grado de autonomía del Estado, y que era legitimado por una ideología racista antiindígena que proclamaba la inferioridad biológica del indio.

Los hacendados tenían pocos incentivos para modernizar sus haciendas, y para incrementar la producción despojaban a las comunidades de sus tierras.

Los abusos cometidos bajo esta forma de organización son proverbiales, y se mantuvieron hasta la reforma agraria. Hugo Blanco explicaba en vísperas de la reforma agraria el porqué del alzamiento que encabezó en La Convención y Lares:

“(En Chaupimayo) el gamonal Alfredo Romainville, entre otras cosas, colgó de un árbol de mango a un campesino desnudo y lo azotó durante todo el día en presencia de sus propias hijas y de los campesinos. A otro campesino que no pudo encontrar el caballo mandado a buscar por el amo, éste lo hizo poner ‘en cuatro patas’, ordenó que le pusieran el aparejo del caballo y que lo cargaran con seis arrobas de café; a continuación le hizo caminar así, con sus manos y sus rodillas… azotándolo con un látigo... Hizo encarcelar por ‘comunista’ a la hija que tuvo con una campesina a quien violó. Su hermano no se contentaba con violar él a las campesinas, obligó a un campesino a violar a su tía amenazándolo con un revólver. El hacendado Márquez hacía arrojar al río a los hijos que tenía de las campesinas violadas. El hacendado Bartolomé Paz marcó la nalga de un campesino con el hierro candente en forma del emblema de la hacienda usado para marcar ganado. Otro tanto hizo el hacendado Ángel Miranda. Dalmiro Casafranca asesinó arrojándolo al río a Erasmo Zúñiga, secretario general del sindicato de su hacienda Aranjuez.

“Estos crímenes no eran castigados por las ‘autoridades’, que muchas veces eran ellos mismos. Los jueces y la policía protegían y participaban en esos crímenes.

“Ese ha sido el verdadero ‘medio social’ donde los agitadores fuimos a ‘perturbar el orden’ y ‘predicar violencia’”.

La reforma agraria no compensó a la mayoría de los terratenientes por las tierras que les fueron expropiadas. Tampoco los terratenientes compensaron a los campesinos por una explotación inicua, que se extendió por generaciones.