El Túpac Amaru velasquista

Mirko Lauer

Luego de haber publicado Los nuevos incas, una espléndida monografía sobre Quispicanchi (IEP, 2016), Raúl Asensio presenta un libro sobre el culto cusqueño a Túpac Amaru, con el acento puesto en los tiempos velasquistas. El apóstol de los Andes (IEP, 2017) es un título que apunta a la mezcla de política, reivindicación, y hasta religión, que rodea a la imagen icónica del insurrecto cacique.

El libro tiene mucho que contar en sus 350 páginas, desde la reivindicación republicana de Túpac Amaru a fines del siglo XIX hasta su eficaz empleo en la propaganda política del gobierno militar 1968-1975, pasando por el constante afecto de la población cusqueña por su mayor héroe regional. Por el camino van surgiendo, por ponerlo de algún modo, varios Túpac Amaru diferentes.

El autor no entra al debate sobre el significado original de esa saga, el cual se da entre quienes lo ven como un luchador anticolonial sin atenuantes y quienes lo consideran un fidelista que simplemente reclamó mejor gobierno a los criollos de Lima. Aunque la obra está tácitamente inclinada hacia la primera posición, que ha sido la predominante en nuestra historia, y ciertamente la más útil.

La manera en que los militares usaron a Túpac Amaru es en cierto modo una historia aparte, y la central para este libro. Los velasquistas encontraron allí a un personaje andino al que convirtieron en un revolucionario popular y étnicamente determinado. Además un héroe a cuya celebración castrense podían concurrir imparcialmente las tres armas del régimen.

Juan Velasco Alvarado fue piurano, pero varios generales y cuadros civiles importantes de ese gobierno fueron cusqueños. Esto dio impulso adicional al culto, al asociarlo con las radicales reformas de ese momento. Túpac Amaru no era en ningún sentido un desconocido para el gran público. Pero a partir de la Reforma Agraria de 1969 se cargó de sentidos adicionales.

Especial atención merece en la obra de Asensio el logotipo diseñado por Jesús Ruiz Durand para la propaganda de la Reforma Agraria, que captó con trazos modernos los contenidos entre eclesiales y rurales de la figura. El logotipo rápido pasó a convertirse en símbolo del proceso entero, y en Cusco compartió la imagen un intenso tupacamarismo con raíces propias.