'De los pies las voces' de Nuria Cano
Exposición. En una sociedad atravesada por el abandono emocional, Cano convierte el cuerpo y la pintura en campos de resistencia. Su muestra explora el impacto del encierro, el silencio institucional y la salud mental desde lo íntimo y lo político.

Leyla Aboudayeh*
En un país donde uno de cada cinco peruanos sufre algún trastorno mental y más del 70 % no recibe tratamiento adecuado, la obra de Nuria Cano (Lima, 1989) se alza como un manifiesto pictórico y visceral. Su más reciente exposición, De los pies las voces, curada por Denisse Vega Farfán y presentada en el Espacio Venancio Shinki del ICPNA, no solo interpela al espectador desde el trazo o la forma: lo arrastra al corazón de una sociedad fracturada, donde el cuerpo ha dejado de ser metáfora para convertirse en evidencia. En el Perú hay menos de 300 centros comunitarios de salud mental cuando se necesitan más del doble. En ese contexto, la pintura de Cano activa preguntas urgentes sobre el encierro, la precariedad de la vida cotidiana y los mecanismos que despliega el cuerpo para resistir.
La estructura narrativa de la muestra se concibe como un tránsito: del afuera al adentro, del muro al órgano. “Es como una cámara filmadora que da una vista panorámica y luego, rápidamente, traspasa y abre la piel —situación que no le compete a una cámara—”, explica Cano. “Se trata por eso de tener todos los componentes en un mismo lugar, y con la pintura es posible”.
El tríptico “Muros” es el eje matriz. Aquí, el muro no es solo un accidente arquitectónico, sino un síntoma emocional y político. “Los muros nos delimitan, no nos dejan ver... somos nosotros mismos casi acoplados al concreto”, señala la artista. Desde su infancia marcada por la presencia constante de muros militares y el ruido de aviones de guerra, Cano entendió que no solo habitamos muros: nos estamos convirtiendo en ellos. “Vivimos amurallados y contribuimos en estas prácticas. El cuerpo se endurece como una estrategia frente al desmoronamiento de este país”.
“Muros” presenta tres momentos de una geografía desolada: el caos urbano (el incendio de Barrios Altos, la destrucción de San Roque), el campo silenciado por la muerte, y finalmente el mar, destino de los cuerpos-desecho. La representación del cuerpo es aquí sutil o ausente. Recién en el segundo segmento de la exposición los cuerpos emergen sobredimensionados, interpelando directamente al espectador. “Pensé en que observen al espectador, que lo interpelen, para que este se sienta observado y se detenga... hay una lucha, una fuerza y resistencia por mantenerse vitales”.
La pintura de Cano nace desde el contacto con quienes habitan los márgenes: pacientes psiquiátricos, ancianos en asilos, personas trabajadoras anónimas. Su investigación en archivos del hospital Larco Herrera rescata voces del siglo XX —poemas, dibujos, frases grabadas en la desesperación— que la artista transforma en figuras pictóricas. “En el psiquiátrico desentierro voces… en algunas coincidencias surgen las figuras que pinto”.
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En esta lógica de cartografía íntima, “Hasta los órganos” instala cuerpos reales a escala humana: siluetas calcadas sobre objetos domésticos desgastados, donde órganos recortables —hechos en acuarela, escarcha y papel— cuelgan como vestigios vitales. Cano no separa la emoción del cuerpo, ni lo clínico de lo político: “Los órganos se afectan por las variadas emociones”, afirma. Y cada técnica responde a esa afectación: la aguada por su liquidez, el recortable como reverso lúdico de los juegos de identidad infantil.
Hay, además, en esta muestra una crítica radical al modo en que el capitalismo afecta nuestra interioridad. Cano se resiste a esa representación histórica del trabajador como cuerpo sin sensibilidad. “Se ha solido representar al trabajador como alguien que no reflexiona sobre preguntas vitales… finalmente lo invisibilizan”, denuncia. Por eso sus figuras están ampliadas, brillan, supuran. La estética que propone —que mezcla escarcha con sangre, agua con concreto— exige una lectura ética: “mi pintura busca reconocer lo interno, lo emocional, como parte de lo corporal. No son zonas divididas”.
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Con una sólida formación como historiadora del arte, Cano subvierte desde la pintura los relatos hegemónicos de la representación. “La historia del arte es elitista… pero en mi práctica rescato la diversidad de pensamientos y sensibilidades que han existido”, dice. En tiempos de represión emocional y crisis institucional, esta exposición propone una forma de resistencia: caminar, aunque sea entre escombros, con la voz viva en los pies.
*Directora de Casa Fugaz y fundadora de Vocablo del arte (vocablodelarte.com).














