En el fondo de un valle en China yace un 'espejo' de 500 metros tan sensible que un simple microondas puede interferirlo a 5 km
El gran tamaño de un radiotelescopio le permite captar ondas débiles, pero lo hace vulnerable a interferencias de dispositivos cercanos. Esta sensibilidad podría enmascarar señales de origen extraterrestre.
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Desde 2016, en una cuenca kárstica de Guizhou, China, un espejo gigante de 500 metros de diámetro escucha al universo con tal sensibilidad que un simple horno microondas encendido a kilómetros de distancia bastaría para alterar o saturar por completo las ondas que detecta.
El radiotelescopio FAST (siglas en inglés de Telescopio Esférico de Apertura de Quinientos Metros) se encuentra en la depresión natural de Dawodang, un sumidero de origen kárstico en el distrito de Pingtang. Este observatorio se convirtió en el radiotelescopio de disco único más grande del mundo desde que inició operaciones. Su área de recepción equivale a unos treinta campos de fútbol y su forma esférica se amolda directamente a los contornos del valle: a diferencia de un telescopio convencional, su enorme estructura permanece inmóvil.
Una proeza técnica con un talón de Aquiles
La magnitud del FAST se resume en una cifra: su área de captación es más de 2,5 veces mayor que la de la mítica antena parabólica de 305 metros del Observatorio de Arecibo en Puerto Rico, destruida en 2020. Esta sensibilidad extrema permite detectar señales de radio sumamente débiles, emitidas por púlsares situados a miles de años luz o por ráfagas rápidas de radio provenientes de los confines de la galaxia, según detalles de una última investigación.

El área de recepción del radiotelescopio equivale a treinta campos de fútbol. Foto: Xinhua
Sin embargo, esta agudeza es también su gran debilidad. Una señal débil y constante emitida por un aparato defectuoso —como un microondas a varios kilómetros de distancia— puede corromper los datos de una galaxia lejana o enmascarar la señal de un púlsar. Un teléfono inteligente encendido, una red Wi-Fi o un control remoto para garajes emiten ondas capaces de ahogar la señal cósmica en una niebla de interferencias terrestres.
Esta extrema vulnerabilidad explica por qué varios equipos de investigación han tenido que frenar su entusiasmo tras creer que habían detectado rastros de una civilización extraterrestre: los propios científicos reconocieron que la probabilidad de que fuera simple radiación terrestre era casi absoluta.
El precio del 'silencio radioeléctrico': un valle evacuado
Construir un instrumento de esta naturaleza exigió una medida drástica: eliminar toda actividad humana que emitiera ondas de radio en las cercanías. Para lograr un entorno de silencio radioeléctrico absoluto en un radio de cinco kilómetros, cerca de 9.000 residentes tuvieron que ser realojados.
El Gobierno chino demolió aldeas enteras en la depresión de Dawodang y trasladó a las familias a más de 600 apartamentos distribuidos en dos nuevos asentamientos construidos a una distancia segura, otorgándoles indemnizaciones económicas. La elección del lugar no fue fortuita: los científicos analizaron cientos de cuencas kársticas antes de seleccionar esta por su aislamiento natural.
Para blindar la instalación, la provincia de Guizhou aprobó una normativa especial dividida en tres círculos concéntricos de protección: una zona central que abarca de 0 a cinco km, en la que rige una prohibición total de cualquier emisora, construcción o dispositivo electrónico, una zona intermedia de 5 a 10 km, donde se aplican severas restricciones a las infraestructuras de comunicación; y una zona exterior que se extiende hasta los 30 km, dedicada al monitoreo constante de las emisiones electrónicas.
La paradoja de atraer multitudes al lugar más silencioso
Pese a las estrictas prohibiciones, el lugar se ha convertido en un polo de atracción de masas. Desde su inauguración, el radiotelescopio ha recibido a más de 240.000 visitantes, transformando una restricción científica en un importante motor turístico para la región de Guizhou.
Para mantener la operatividad, el protocolo es inflexible: los turistas deben depositar sus teléfonos móviles, relojes inteligentes y cámaras fotográficas en taquillas especiales ubicadas a varios kilómetros antes de acceder al mirador.
El complejo, rebautizado popularmente como Tianyan ("El Ojo del Cielo"), cuenta hoy con un parque de observación y un centro de exposiciones astronómicas. Sin embargo, el desafío de la interferencia no acaba en la Tierra: la proliferación de satélites de telecomunicaciones en órbita baja supone una amenaza constante que no se puede frenar con barreras geográficas, recordando a los astrónomos que la búsqueda del silencio absoluto es una batalla interminable.



















