
Varias monarquías del mundo enfrentan una crisis de sucesión. Japón, por la vigencia de una Ley Sálica que impide a las mujeres acceder al trono, y hoy solo hay tres hombres elegibles. En otros países el trono no tiene ese problema de género, pero muchas familias reales tienen sus propias crisis demográficas: son pocos los disponibles, no todos calificados.
La sucesión es un capital familiar cada vez más cotizado. Presidentes democráticos, tiranos asolapados, políticos exitosos, todos quieren que sus hijos y nietos sigan por el mismo camino. En términos generales, al público no le molesta. El tema de fondo es el reconocimiento de una marca electoral, que el mercado va siguiendo dócilmente.
La sucesión es una de las esencias de la monarquía, pero en una república democrática debería caer mal. Después de todo, es el aprovechamiento de una ventaja familiar, que va a contrapelo de la igualdad de todos los ciudadanos. Se dice que la familia presidencial también tiene derecho a competir por cargos públicos. Es verdad, pero igual cae mal.
Así, la monarquía absoluta devino constitucional para sobrevivir, y la democracia liberal asumió algunos hábitos monárquicos, lo cual incluye ciertos toques nobiliarios. Son muchos los políticos plebeyos que desean ver a su familia bien instalada en política. El deseo no se cumple en todos los casos, pero sí, a veces.
La ventaja de los reyes en ese juego es el concepto de dinastía. La persona que no está calificada para tomar el reemplazo en el trono es sustituida por otra que sí lo está, y la cosa sigue igual. Todo queda automáticamente en familia. Aunque, a veces, el trono puede saltar de una familia a otra, con o sin una guerra de por medio.
El Perú ha tenido algunas cortas sucesiones presidenciales, como en las ricas familias Pardo, Prado y, ahora, Fujimori. En Brasil, los Bolsonaro se preparan para hacerla larga con su apellido. Mientras tanto, las monarquías cuidan su reproducción y su aprobación; aunque, a pesar de las crisis familiares, este es un buen momento.
Casi no hay partido político peruano que no sea una suerte de empresa familiar, donde el éxito de uno apunta hacia la prosperidad de todos. Hijo o hija, sobrino, cuñado, primo: todos entran en las bonanzas producidas por los votos. Pequeños príncipes cuyos tronos son las urnas.





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