
El rumor ya está en las calles: las mecas del sobreturismo ya no son Londres o Venecia, sino París, con cerca de 50 millones de visitantes al año. Aunque la temporada alta de 2026 todavía está a semanas de despegar, las zonas emblemáticas de la Ciudad Luz ya se han vuelto intransitables. El calor de este mayo resulta difícil de soportar, pero los sobreturistas se pasean tan campantes, en grupos numerosos que siguen la banderola de un guía como patitos en fila.
El problema básico del sobreturismo son los propios turistas. Son tantos buscando esencialmente los mismos lugares y experiencias que, al llegar al París del buen clima, quedan condenados al hacinamiento: en la vereda, en el paradero del bús, en la puerta del bistró de moda y en la taquilla de las ofertas culturales. Todo eso parece ser tolerado con gusto, aunque nunca se sabe por cuánto tiempo.
Los turistas padecen en relativo silencio, pero los vecinos y las autoridades sí se quejan. Los visitantes traen prosperidad adicional para el comercio, pero multiplican la presión sobre los servicios públicos. Además, los precios de todo aquello considerado atractivo comienzan a subir, sobre todo los alquileres de alojamiento temporal. El turismo termina encareciendo la vida de buena parte de la población local.
Las aglomeraciones también estimulan a los carteristas de todo tipo, y abundan las historias al respecto. El turista es una víctima ideal: abundante, distraída y poco dispuesta a denunciar el robo. Es decir, un grupo esencialmente manso, deseoso de agradar y pasar un buen rato a cualquier costo. Gente tranquila, muchas veces de cierta edad, que termina alimentando una subcultura del delito turístico que también afecta a los residentes.
Algunas ciudades, como Venecia, ya cobran desde hace tiempo un impuesto diario a los visitantes, que puede llegar hasta US$10. Es probablemente la mejor fórmula hasta que algún alcalde se atreva a establecer cupos. Mientras tanto, en el otro extremo del planeta, existen ciudades y pueblos que realizan enormes esfuerzos por atraer más turistas, vistos todavía como visitantes altamente lucrativos.
El Perú está entre esos países que mantienen la mano tendida al potencial visitante. Estamos lejos de sufrir sobreturismo; más bien padecemos un déficit de servicios públicos adecuados y algunas autoridades capaces de producir las interminables colas de Machu Picchu.





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