
Boris Pistorius, el actual ministro de Defensa de Alemania, acaba de revelar un proyecto para convertir al ejército de su país en el más fuerte de la Unión Europea. Esto debería producirse dentro de más o menos un decenio, y elevaría las fuerzas sobre tierra a unos 260,000 efectivos. Los sondeos muestran que la población está de acuerdo con la iniciativa.
El motivo es evidente: Rusia. Ocho de cada 10 alemanes no creen en la paz que hoy preconiza Vladimir Putin, y por toda la UE hay el sentimiento de que la evanescente amistad de los EE. UU. debe ser reemplazada con capacidades militares propias, y aliados más confiables. Alemania tiene el tamaño y las características para liderar esa recuperación de fuerzas.
La ecuación es que aquello que Putin le ha hecho a Ucrania se lo irá haciendo, en diversos grados y con distintas intensidades, al resto de la UE. Los países del norte de Europa lo vienen diciendo desde que se dio la invasión, en 2022. El mensaje de Pistorius coincide con la asignación de 90 billones de euros para la defensa de Kiev.
Pero también coincide con la disposición de por lo menos otros dos países a liderar la respuesta de la UE a los vientos de guerra que hoy soplan: Francia y Gran Bretaña. Berlín es socio de los países de la UE, pero también un competidor, en todos los terrenos. La derrota de 1944-1945 todavía le significa desventajas.
Cuando hace algunos años se propuso que soldados de Japón integraran una fuerza de paz internacional, alguien dijo que eso podía equivaler a servirle un bombón de licor a un exalcohólico. No ha sucedido con Tokio, aunque su necesidad de responder militarmente a los avances de la flota china en la disputa por diversas islas es cada vez mayor.
El rearme alemán, y por extensión el europeo, se concibe como una barrera al expansionismo ruso. Pero también puede ser visto como una respuesta a la actitud despectiva de Donald Trump frente a la OTAN. Los próximos presidentes de los EE. UU. no van a ser como Trump, pero más vale estar preparado frente a los volátiles amigos de Washington.
La respuesta de los EE. UU. a la iniciativa de Pistorius ha sido cálida, pues la ve como el fortalecimiento de un aliado natural, y más dinero europeo para las arcas de la OTAN.





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