
En el marco de Pinta Lima 2026 y en la galería de la Casa Bulbo, en Barranco, Fernando Bedoya presentó una instalación que convierte su singular presencia en evidencia efímera e inexistente al día siguiente de haber nacido. Lo hace con un performance que invoca a Tánatos, aderezado con la personificación de la violencia urbana que podría desencadenarse ante lo poco serias que se están desenvolviendo las elecciones. Una violencia que se despierta en quienes visitan el ambiente, minuciosamente trabajado, y se enteran del verdadero objetivo de esa presentación: la destrucción de lo meticulosamente armado, al margen de los resultados y de las posiciones políticas, frente a las verdaderas realidades que andan en boca de todo el mundo: el posible fraude y la evidente corrupción.
Pero no es un alegato rebelde. Fernando Bedoya responde con su denuncia desde el arte, en una construcción elaborada que plantea, con el mapa del Perú en el centro de la sala, la presencia de los 35 candidatos, quienes se presentan colgados en actitud expectante, a la espera de la decisión que tarde o temprano llegará: el resultado que habla sobre la voluntad del pueblo, que decidirá en las urnas y, en esta pequeña sala también, de una manera representativa y microcósmica, quién será la figura que lo represente. Son muñecos construidos como piñatas que cuelgan del techo y dan vueltas sin tener una presencia estable. Unas veces se ven y otras no, pues el azar los va volteando de un lado al otro y hay que descubrirlos, interpretarlos, casi adivinar quiénes son realmente. Son personajes vestidos de negro y diferenciados unos de otros solo por tener pegadas en la cabeza las fotostáticas de sus rostros y sus nombres. Son presencias fugaces e intermitentes que esperan inmóviles su azaroso destino. Un destino que, en todos los casos, dependerá del más fuerte, del primero que coja cualquiera de las piñatas, del que se posicione adelante y consiga destruir a las demás.
Instalación de Fernando Bedoya. Foto: Difusión.
Una obra que, como homenaje, hace referencia a la icónica pintura de los presidentes, de Juan Javier Salazar, en una exhibición organizada por el galerista neoyorquino Henrique Faria en colaboración con Casa Bulbo, dedicada al recuerdo de este controvertido artista y a lo que dejó como reflexión. Y Fernando Bedoya trabaja en eso adecuadamente, con la colaboración de los personajes más idóneos, que lo ayudan a realizar esta instalación, denuncia o alegato, o el simple ejercicio entre elegir y crear, entre la urna, el cuadro, la piñata y el Perú. Un evento performático en el que, al final, lo importante es la decisión, la elección.
Fernando Bedoya. Foto: Difusión.
Rápidamente encuentra a quienes le hagan las piñatas, las vistan con las mismas ropas y les den la forma de los candidatos: artesanos a quienes busca y que colaboran con él, bajo su dirección, para concretar este efímero proyecto conceptual como una verdadera denuncia que luego cuelga en la sala para que miren expectantes el veredicto que se les acerca. El primer día se presentan; al segundo, ya son destruidas; al tercero, no queda nada, solo el recuerdo. Y el pueblo elegirá, pero Bedoya no nos deja muchas alternativas salvo la de elegir a nuestro candidato, opción de mínima importancia, ya que todos los candidatos serán destruidos como resultado final. La alternativa como elección que, de una manera subjetiva, propone Bedoya es esa destrucción de los postulantes, el enfrentamiento a su volatilidad y a una presencia que, al final, es vacía y banal, y cuya única importancia o dirección es la de ocupar algún puesto, salir invictos de la destrucción; pero nadie sobrevive. Al día siguiente, y luego de haber presenciado cómo las piñatas/candidatos son golpeadas hasta ser destruidas y caer, se las observa yaciendo tiradas en el piso, apareciendo muertas, inertes, destituidas de cualquier posibilidad de intervención. Sin ningún valor o, quizás, en su nueva y verdadera presencia, “todos los espacios son iguales en la catástrofe”, dice Bedoya, porque el arte acosa y en el fondo acusa, repite insistentemente, y es lo que él hace, ya que el arte y la política son para él resultados y referentes de la misma moneda, y sus lecturas pueden ser paralelas. ¿Qué es lo que queda y por cuánto tiempo?
Nada se sabe ya y nada es cierto. El arte ha proclamado su voto; solo queda el Perú.
Instalación de Fernando Bedoya. Foto: Difusión.
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*Hernán Pazos es artista plástico y escritor.





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