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Opinión

No deja de ser un día especial, por Jorge Bruce

El autor destaca cómo la esperanza, aunque tenue, se manifiesta en el entusiasmo de quienes votan, recordando pasados triunfos sobre regímenes corruptos.

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Minedu anuncia suspensión de clases presenciales este martes 14 de abril para colegios que fueron locales de votación

Redacto estas líneas antes de conocer los resultados de la votación electoral. Me propongo transmitirles mis impresiones de la jornada, partiendo de la idea que da título a esta nota. Sabemos que, en cierto modo, estas elecciones han sido amañadas por el Pacto congresal que nos ha gobernado varios años. Eso les ha permitido emitir leyes que les garantizan seguir controlando al país desde el Senado. En particular el fujimorismo, según anuncian las encuestas. Sin embargo, ver a tanta gente caminando hacia o desde las mesas de sufragio nos recuerda que el poder ciudadano existe, por acotado que esté.

 Era perceptible en el movimiento incesante de la gente en el colegio en que me tocó votar, esa chispa de entusiasmo que nada ni nadie ha logrado arrebatarnos del todo. Cierto, no estamos esperando un milagro. Como me recomendó alguien: no le abras la puerta a la esperanza. Seguí su consejo y eso me aligeró la experiencia. Me encomendé, una vez más, a Kafka: “hay esperanza, pero no para nosotros.” Siempre se puede acudir a los genios de la literatura para no sentirnos irremediablemente atrapados en la trampa electoral que nos han tendido.

 Hacerlo con entusiasmo, a pesar de todo, es también una manera de resistir. Si se logra que varios de los cómplices del Pacto corrupto no pasen la valla, será un gol para la construcción de la democracia. Con expectativas modestas pero razonables, se colocan ladrillos y, algún día, levantaremos una casa en la que todos nos sintamos bienvenidos. Estamos lejos de eso y es evidente que esta no es la oportunidad para lograrlo. Pero un problema a la vez. O una batalla detrás de otra, como la película de Paul Thomas Anderson.

Pese a la infinidad de problemas presentados el domingo de las elecciones, como la llegada tardía de los materiales para la votación en muchas mesas, no observé a nadie con amargura ni decepción anticipada. Es el único día del lustro en que la voluntad popular, por muy difícil que sea imponerse, se expresa. Eso no nos lo pueden arrebatar y tenemos el derecho, no solo la obligación, de pronunciarnos. Además, estos representantes corruptos no estarán ahí para siempre. Acabo de leer, por ejemplo, que el autoritario Víctor Orban, candidato en Hungría, ha reconocido su derrota. También he leído, más temprano, que el Papa de Chiclayo ha enviado un mensaje contundente contra la guerra y la muerte. No es el mensaje de reina de belleza al que estábamos acostumbrados: es potente y valiente.

 Insisto, por ahora está claro que el manejo corrupto del país va a continuar. Pero eso no significa que seguirán ahí para siempre. Lo repetiré cuantas veces sea necesario: la putrefacción del Gobierno de Fujimori y Montesinos era mucho más extendida y poderosa: ambos terminaron en la cárcel. Como también Abimael Guzmán, el líder que se tomaba por la Cuarta Espada del Comunismo, quien se dejó manipular por Montesinos con una torta de cumpleaños.

 Hace algunos años escribí un artículo como éste, en una columna semanal, acerca de esos monstruos a los que tanto temíamos. Resulta que eran fantasmas de nuestra mente en gran medida. La Historia del Mundo está jalonada por personajes sumidos en una cultura de muerte. La mayoría fueron derrotados: Pinochet, Videla, Hitler, etcétera. No ceder a la desmoralización y, sin caer en la trampa mágica de la esperanza, seguir dando batalla, ya es un triunfo en sí mismo. Porque si bien estamos hundidos en un sistema infestado de corrupción y violencia, no hemos perdido la guerra.

 Tenemos la ventaja de que ya sabemos cómo operan. Eso nos debería permitirnos organizarnos con la debida anticipación para combatirlos eficazmente. Uno de los grandes errores de esta elección ha sido que las cosas se hicieron tarde y de manera improvisada. No se derrota a la mafia con ambiciones narcisísticas y discursos mal calibrados. Tenemos que aprender de esta experiencia y prepararnos para enfrentarlos con inteligencia. He escuchado a gente joven y proba decir que están pensando seriamente aceptar ese desafío. Eso es algo que debería comenzar ahora, no dentro de cuatro años y medio.

 Estoy persuadido que, a lo largo, ancho y alto del Perú, hay gente de buena voluntad dispuesta a enfrentarse a estas mafias, por temibles que sean. Hay muchísimo dinero en la minería ilegal o el narcotráfico, sin duda. Pero hay más deseo de vivir en un país más seguro, más atento a las necesidades de quienes más lo necesitan, más harto de tanta podredumbre. Es cuestión de crear vínculos entre las personas dispuestas a vivir en un país más humano, decente, compasivo, ordenado, seguro. Somos una inmensa mayoría, pero es preciso encontrarnos y unirnos. De otra manera los facinerosos seguirán con su rapacidad y falsedad.

 El asco frente a esa infección del cuerpo conformado por el conjunto de peruanos es una fuerza mayor, siempre y cuando sea debidamente canalizada. Esa es la tarea. Es descomunal. Por eso es preciso poner manos a la obra cuanto antes. No soy más que un psicoanalista que sale de su consultorio para sumarse a la vida de la polis. No tengo autoridad para decir lo que debemos hacer. Pero mi conciencia ciudadana me impide permanecer en silencio ante tanta ignominia. Esa neutralidad ha sido, durante demasiado tiempo, una coartada para no meter las manos en el barro y opinar sin miedo. Es un lujo indigno, pues incumple el compromiso de poner cada quien, desde donde se encuentre, sus fuerzas, por magras que sean, para ese Perú limpio y fraterno con el cual, por ahora, solo podemos soñar.

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