La democracia, antes que las preferencias electorales

Los peruanos deben comprometerse a priorizar el respeto a los resultados de los comicios frente a las legítimas preferencias.

El mapa del Perú amanece nuevamente partido en dos. Mañana, millones de ciudadanos acudirán a sus mesas de votación con la cédula en la mano y decidirán quién conducirá el país durante los próximos cinco años.

El país llega nuevamente dividido y, como deja vu, el resultado puede definirse por un margen mínimo, como en los balotajes más recientes. Esa estrechez anticipa una noche larga. Allí reside el verdadero examen de la jornada: no necesariamente el nombre del ganador o ganadora, sino la disposición de todos a reconocerlo o reconocerla.

El Perú ya conoce el costo de quebrar esa regla. En las últimas contiendas, sectores derrotados cuestionaron el conteo sin pruebas y sembraron una sospecha que ha herido profundamente la confianza en las instituciones. Y esa tentación se repite en cada orilla: cuando el adversario gana, una parte del país prefiere negar la legitimidad del veredicto antes que aceptarlo. Esa salida conduce siempre al mismo lugar, la inestabilidad que ya costó ocho presidentes en una década.

Las dos candidaturas tienen aquí una responsabilidad mayor que la de sus seguidores. Quien encabeza una fuerza política debería marcar el tono responsable del día siguiente: puede convocar a la serenidad y reconocer el conteo, o puede alimentar la sospecha para conservar el ánimo de los suyos. El país recordará esa elección tanto como la del domingo mismo.

Pero la democracia ofrece una propuesta distinta. Quien pierde acepta el resultado y ejerce la oposición dentro de las reglas. Quien gana gobierna para todos, también para quienes votaron en contra o dejaron la cédula en blanco. Ese voto blanco, que no es menor, también merece respeto: expresa una exigencia, no una renuncia.

Por otro lado, los organismos que cuentan y proclaman los votos y cumplieron su tarea en la primera vuelta, merecen la misma confianza en la segunda.

Debe quedar impregnado en cada votante que las preferencias de cada elector son legítimas.

Este domingo, el Perú elige un presidente o una presidenta. El lunes, su tarea será demostrar que sabe seguir siendo una democracia o prosigue en la claudicación a ella. De esa segunda decisión, la que tomaremos todos, depende que el país despierte unido sobre el mismo mapa que hoy está dividido.