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Opinión

Contra la digitocracia y el ruido, por Julio César Mateus

El JNE ha detectado más de 700 alertas de desinformación, con TikTok como principal foco. El 73 % de los jóvenes usa estas plataformas como fuente política y la mayoría reconoce no saber distinguir contenidos manipulados.

mateus
Julio César Mateus

* El autor es profesor investigador de la Universidad de Lima

La utopía racional —o la idea de que somos menos animales de lo que somos— nos lleva a pensar que nuestras decisiones electorales son fruto de operaciones mentales nítidas y trazables: consecuencia del uso de datos que llegan a nosotros mediante el conocimiento y que podrían variar con nueva información más precisa.

Pero esa idea tiene más de aspiración que de descripción.

Cuando a los profesores de matemática se les ocurrió que era buena idea vigilar el proceso antes que premiar el resultado, más de uno quedó fuera de juego. Una cosa es pescar con el rabillo del ojo un resultado y otra reproducir las operaciones para conseguirlo. En un gesto adaptativo, había que desarrollar ingenio para explicar resultados. Pero es muy difícil explicar lo que nos resulta inexplicable.

A los investigadores científicos nos pasa algo parecido. Cuesta desmontar la conclusión cuando partimos de ella. Por eso insistimos —o deberíamos insistir— en la lógica del proceso: poner más interés en el método que en el resultado. Eso es lo que define a un investigador serio frente a un vendedor de humo.

En política, sin embargo, ocurre lo contrario: ya hemos elegido y la explicación es un esfuerzo posterior.

Cuando enfrentamos procesos electorales como el actual, aparece —sobre todo en una pequeña porción de personas informadas— la bienintencionada pero inútil idea de racionalizar el voto: entenderlo y persuadir a otros con argumentos y datos. Los argumentos ajenos pueden ayudar a definir una posición, pero solo si refuerzan lo que ya se cree.

Mi hipótesis es más incómoda: cuando uno tiene una idea clara de por quién votar, su elección se convierte en una creencia. Y las creencias no son racionales. Pueden llegar a ser fanáticas y, aunque usen datos para darse apariencia científica, no son más que una percepción a la que no entran balas de ningún calibre.

Esto tiene que ver también con cómo procesamos la información.

Poca parte de lo que incorporamos se procesa con palabras. Lo principal es menos consciente: tono, gestos, modos. Por eso, las imágenes inspiran más confianza. Ya lo señalaba Sartori: lo que no se ve, no existe.

Ese principio sostiene tanto a los medios audiovisuales como a los sociales. Para que un contenido sea pegajoso, necesita ser elemental: mientras más simple, más potente. El cerebro racional hace lo contrario; complejiza. Por eso, en lo electoral, las decisiones se parecen más a pulsiones que a proyectos racionales, aunque luego se vistan de argumentos.

Aquí entran los soportes invisibles.

Esas decisiones se convierten en contenidos mediáticos que alimentan tendencias gracias a algoritmos dispuestos a hacer llegar cada mensaje a quien ya está dispuesto a recibirlo. No amplifican la deliberación: amplifican la confirmación.

El periodista Pino Aprile sostiene que la inteligencia dejó de ser una exigencia evolutiva cuando las tecnologías permitieron tercerizar operaciones antes indispensables. Los medios digitales, sus algoritmos opacos y las plataformas de IA generativa son hoy herramientas de ese reemplazo. Ya vimos en esta campaña que una IA puede calificar o fabricar un plan de gobierno sin dificultad.

A ese ecosistema se suma otra herramienta decisiva: las encuestas. Intentos de racionalización que aportan más a la frustración que a la comprensión.

A esa suma la llamo digitocracia: un entorno donde números, imágenes y tendencias no ordenan la deliberación pública, sino que refuerzan creencias.

Los datos ayudan a dimensionarlo. El JNE ha detectado más de 700 alertas de desinformación, con TikTok como principal foco. El 73% de los jóvenes usa estas plataformas como fuente política y la mayoría reconoce no saber distinguir contenidos manipulados.

Las inteligencias artificiales multiplican contenidos de toda calaña, en un entorno saturado de voces que buscan persuadir, desmentir o mentir, cancelándose entre sí. Mientras más voces, menos se escucha ninguna. Un ecosistema que no orienta: aturde.

En este contexto, intentar desmontar una creencia —es decir, una decisión de voto— mediante argumentos racionales no solo es difícil, sino ineficaz. Cambiaría solo ante una experiencia que la contradiga en la práctica, algo casi siempre incompatible con la velocidad y la masividad del entorno digital, más aún en el contexto de elecciones.

Los dígitos de los contenidos y de las encuestas orientan, por ahora, nuestras decisiones políticas urbanas.

Siguiendo a Aprile: cuanto más nos comunicamos, menos vale lo que nos decimos. Por eso, quizá, la única salida frente al ruido no sea producir más ruido.

El silencio, en este contexto, no es resignación, sino estrategia: una forma de interrumpir la sobreproducción de mensajes que no cambian creencias, pero sí saturan el espacio público.

¿Qué pasaría si, en lugar de intentar convencer compulsivamente a otros, nos detuviéramos a pensar en las consecuencias de nuestro voto?

Mientras tanto, la digitocracia sigue haciendo su trabajo: rumorosa, anónima y eficaz.

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