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Opinión

Sexo, religión y poder, por Rosa María Palacios

¿Qué hace una niña pobre, embarazada, en un hogar supuestamente cristiano si la paran en una tarima a exhibirla con su bebé ante una asamblea de desconocidos? Bajar la cabeza.

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Rosa María Palacios 15-02

No se conversa en la mesa de sexo, de religión o de política. Esa era la norma de buena educación que nos enseñaban de chicas para evitar confrontaciones innecesarias, dado que, inevitablemente, estos temas admiten una posibilidad ilimitada de puntos de vista que no serán coincidentes y, cuando sube el antagonismo, escala la pasión y el tono de voz. Para evitar pleitos, un discreto pudor sobre estas materias ahorra el drama sobre ellas. Sin embargo, una serie de hechos hace inevitable que hoy sean materia de discusión cotidiana entre los peruanos. A eso nos obligan las circunstancias políticas del país.

La vida sexual del prójimo debe estar protegida por el derecho a la intimidad. Pero, cuando ese prójimo es el presidente de la República, esa vida íntima es mucho más reducida. Sobre todo, cuando la contratación pública viene directamente ligada a pasar la noche en Palacio de Gobierno y no precisamente en calidad de primera dama. José Jerí tuvo la gran oportunidad de manejarse con discreción por 8 meses y, sin hacer nada relevante más allá de existir, entregar el mando a presidente electo. Pero no pudo. La pequeña tarea resultó gigantesca. Lo más probable es que este martes acabe su mandato y regrese al Congreso. ¿Qué le pasó? ¿Por qué un hombre al que el azar le regala el más alto honor que puede tener un peruano lo desperdicia así? En las más de dos décadas en que cubro política lo he visto una y otra vez: el poder idiotiza. La falsa percepción de omnipotencia engaña al ego. Llegas a creer que estás ahí, parado sobre el mundo, por tus méritos. Lo demás, corrupción ya sea de la carne o del espíritu, llega solo. ¿Por qué creía Jerí que nadie se iba a enterar de sus lobbies con subcontratistas chinos de segundo orden? ¿No consideró que existen registros de ingreso de sus constantes y múltiples visitadoras? En una posición de poder, perdió la brújula que tal vez nunca tuvo.

No se puede violar la intimidad de nadie, pero la de una niña tiene una especial protección en la ley y en la moral. Las niñas peruanas son víctimas de un crimen silencioso y extendido en algunas zonas del país, como la Amazonía, a nivel de epidemia. El abuso sexual intrafamiliar, en todas sus modalidades, es una práctica que atraviesa a la sociedad. Desde San Isidro hasta Cóndorcanqui. Todos conocemos casos que luego explican conductas sociales adultas de difícil rehabilitación. Lo poco que se sabe, lo sabemos por el producto extremo de esta violencia sexual. De un lado, 13% de embarazo adolescente; de otro, 10,000 violadores en cárcel, la segunda causa de prisión después del robo. Repito, ese es el dato de lo que se puede evidenciar, pero la mayoría de los actos no terminan ni en denuncia ni en embarazo. Estamos hablando de uno de los crímenes más extendidos e impunes de nuestra sociedad, en donde padres, tíos, hermanos son los perpetradores. Fuera del hogar, la violencia sexual llega de la mano de la figura de poder: el maestro o el pastor.

Este drama silenciado ocurre en una cultura machista, donde además se culpa a la niña y a la adolescente. Desde que “se ofrecen” hasta las “noches de placer”. Estamos hablando de menores de edad. Con menos de 14 años no hay consentimiento posible. Todo acto sexual, en ese caso, es una violación. Punto. Entre los 14 y los 18 el consentimiento es posible, pero debe tenerse en consideración el contexto. Una cosa es una adolescente de 16 años teniendo relaciones sexuales con su enamorado de 17 años y otra, muy distinta, alegar consentimiento en esa mujer cuando el perpetrador tiene 38 años. ¿Se entiende, verdad?

Si una niña, menor de 14 años, queda embarazada, la ley presume que fue violada y, por tanto, con el ADN del niño bastará, como prueba plena, para la prisión perpetua del violador. Entre 14 y 18 años, muy probablemente pueda probarse lo mismo, con una buena defensa. Estos procesos requieren protección, cuidados especiales frente a la presión de los victimarios sobre las víctimas y un acogimiento de niñas, siempre pobres, vulnerables y sin ninguna herramienta para defenderse, que pasa por no avergonzarlas, estigmatizarlas, culparlas o revictimizarlas. Si dices ser cristiana, una caridad que no se cacarea ni que toca una trompeta.

¿Qué hace una niña pobre, embarazada, en un hogar supuestamente cristiano si la paran en una tarima a exhibirla con su bebé ante una asamblea de desconocidos? Bajar la cabeza. Esas son las fotos del albergue de la “Casa del Padre” que fundó la pastora evangélica y actual congresista Milagros Jáuregui de Aguayo y su familia de, como ella, pastores evangélicos. Con esas imágenes se hace propaganda a sí misma la hoy candidata número 2 al Senado por Renovación Popular. Más allá de carecer de una mínima discriminación moral, la congresista ha violado el artículo 6 del Código del Niño y Adolescente, que protege la intimidad de todos los menores víctimas de un delito.

Pero si esto es grave, no es lo peor. Lo peor es que esta congresista y su bancada, llenándose la boca de una omnipotencia que dice ser cristiana, logró prohibir por ley la única solución viable para acabar con la epidemia del abuso sexual. Con mucho orgullo, el Congreso prohibió la educación sexual integral, donde se trabaja, desde la infancia, con niños y con niñas temas críticos como la autoestima y el consentimiento. Un curso que daba herramientas a las niñas para defenderse del mal fue abolido por las estúpidas ideas de un culto marginal (y hasta rechazado por otros cultos protestantes) que cree que educar en sexualidad es “homosexualizar”. El daño, para millones de niñas, es hoy irreparable.

Por supuesto, la reacción de la bancada de Renovación Popular es el insulto y la mentira, que tampoco son muy cristianos. A mí, católica con 5 hijos, me acusan de abortista cuando no encontrarán una palabra mía a favor del aborto. Mi preocupación está en poner el énfasis donde corresponde: proteger a esa niña antes del abuso, no después. Y, por supuesto, cuidar la intimidad y dignidad de niñas, derecho humano fundamental.

¿Cómo López Aliaga puede cometer un acto político tan deleznable al apoyar esta conducta de sus aliados políticos evangélicos? ¿Cómo puede permitir que se use la fe para obtener votos, cosa que los sacerdotes católicos tienen prohibido? No tengo más explicación que la que tengo para José Jerí. Como Renovación Popular va primero en las encuestas, el candidato presidencial cree que es todopoderoso, que puede hacer lo que quiera, sin rendir cuenta de sus actos.

Por esto, y por todas las niñas, en estas elecciones #PorEstosNo

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