
La pugna por Groenlandia está evolucionando. Comenzó como una voraz insolencia de Donald Trump. Unos pocos meses y algunas conversaciones después, Dinamarca parece estar repensando un poco las cosas. La clave de un posible cambio es Rusia, y la idea de que una presencia de los EE. UU. cerca del Ártico serviría para atajar a un Vladimir Putin cada vez más agresivo con el borde oriental de Europa.
Así lo está dando a entender algo oblicuamente Mette Frederiksen, primera ministra danesa. La perspectiva de unos EE. UU. retirados de la OTAN, o por lo menos fríos con el viejo continente, convoca imágenes de peligros bélicos desde la estepa. Mantener a Moscú a raya bien vale una misa con Trump oficiando de sacerdote desde la tundra groenlandesa.
Un problema con lo anterior es que Trump es impredecible, y a medida que se acerquen las elecciones parlamentarias de noviembre crecerá la tentación de dar golpes de mano geopolíticos. Por ejemplo, reclamar que la Unión Europea envíe armas y tropas al teatro de operaciones ucraniano. Ese presidente no es un pacificador de nada.
La UE está viviendo un presente complicado. No solo tiene a Rusia a las puertas. Su acuerdo comercial con el Mercosur tiene fuertes resistencias en importantes países miembros. Luego está el deseo trumpiano de ejercer más control sobre la región latinoamericana. Por último, hay importantes economías europeas en serios problemas, comenzando por Francia.
¿En qué medida los EE. UU. en Groenlandia serían una solución? Toda la extensión de Europa podría convertirse en lo que fue Alemania hasta 1945: la cancha sobre la cual pelean potencias enfrentadas. Al tomar Groenlandia, Washington volvería a evitar que una guerra se pelee sobre su territorio. Algo que los países escandinavos también quisieran lograr.
Son varios los países de la zona que ya están padeciendo el viejo cinismo fascista del Kremlin. Drones inexplicables, amenazas a cables submarinos, ciberataques, desinformación, espionaje, todo lo cual está llevando a Europa a prepararse y unirse frente al peligro de males mayores. ¿Qué harían frente a eso los EE. UU. instalados al filo del Ártico?
Pero el estilo prepotente de Trump no ayuda a animar a los europeos, que están moviendo tropas hacia la enorme isla. Un choque entre los aliados de la Segunda Guerra sería el peor de los desenlaces. Washington necesita diplomáticos, no matones. Europa necesita políticos, no burócratas.

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