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Opinión

Los malos consejos de Martín Adán, por Eduardo González Viaña

Memoria. Autor de La casa de cartón y de poemas oníricos y herméticos, la figura de este escritor resultó determinante para la consolidación de más de una vocación literaria. 

Martín Adán. Foto: Difusión.
Martín Adán. Foto: Difusión.

“Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero”.

Cuando yo tenía doce años, leí La casa de cartón de Martín Adán y me pareció que era el relato más asombroso que se haya podido escribir en español. Mi afición por la literatura ya me había convertido desde antes en un adicto de La divina comedia y de Las mil y una noches.

En cuanto a Martín Adán, su seudónimo corresponde a Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985). La casa de cartón fue publicada cuando su autor tenía veinte años, y el libro aparecía con un prólogo de Luis Alberto Sánchez y un colofón de José Carlos Mariátegui.

Los De la Fuente son pacasmayinos y el poeta solía viajar a ese puerto del norte del Perú. Un día apareció en el periódico donde yo trabajaba.

Desde los doce años de edad había sido yo corrector de pruebas en La unión de Pacasmayo, gracias a la amistad de su director y propietario, Manuel Pastor Ríos, con mi padre.

En agosto de 1913, el diario fue fundado por Pastor y no lo abandonó hasta su muerte. Era un vespertino de cuatro páginas. Se imprimía pulcramente en un viejo linotipo y conservaba en su diagramación deliciosos anacronismos que hacían recordar el rostro de algunos periódicos del siglo XIX.

Las noticias llegaban por radio y el vespertino se encargaba de entregarlas con alguna anticipación sobre los periódicos de la capital.

Una pequeña sección de Datos hidrológicos llevaba cotidianamente la esperanza o la preocupación a los agricultores del valle quienes vivían pendientes de las descargas del río Jequetepeque.

Martín Adán. Foto: Difusión.

Repito que, un día, Martín Adán apareció en la redacción porque era gran amigo del poeta Carlos Alfonso Ríos, hijo del director. Ante su presencia me animé a contarle todo lo que había pensado sobre La casa de cartón. Más todavía, le confesé que no había leído su poesía, pero que su prosa bastaba para llenar el mundo de poesía.

Martín Adán era sobrio y tan solo me dijo que era evidente, por las veces que había leído su libro, que yo andaba por muy mal camino, el de la literatura.

-Me ha contado el director la travesura que usted hizo a un corresponsal cuando, en vez de limitarse a corregir su ortografía, inventó la historia de un extraño personaje de la Luna que estaba caminando por Jequetepeque.

-¿Y eso es tan malo? -pregunté yo.

-Malo no, pero es peligroso -añadió el escritor-, y me obliga a darle algunos consejos…

Yo me asusté. Sabía que Adán, en 1948, había pronosticado sobre su amigo Bustamante y Rivero: “Hará el mismo papel que santa Teresita en un cuartel de soldados”. Tres años después, el presidente cayó víctima de un golpe militar.

Sin embargo, no me dijo eso. Me dijo cosas peores.

-Escriba usted. Escriba todo el tiempo. No espere que al final la máquina se ponga de pie y lo aplauda.

Recuerdo que también me aconsejó:

-Escriba tan asombrado como si un conejo hubiera brotado de la pared solamente para leerlo a usted.

Lo recuerdo ahora todo el tiempo en que escribo y descubro que sus relatos surgen de sus descripciones sin que el autor lo intente. Acerca de su poesía, leí después los trabajos de Carlos Alfonso Ríos y de Mirko Lauer. Leo su poesía, en todos estos tiempos, con el mayor asombro, pero nunca podré olvidar las historias de sus amores juveniles.

“Mi segundo amor tenía quince años de edad. Una llorona con la dentadura perdida, con trenzas de cáñamo, con pecas en todo el cuerpo, sin familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente femenina...”.

Estoy estos días en Pacasmayo. Acabo de pasar por el local del viejo diario que ahora se llama Últimas noticias. El recuerdo me envuelve y me hace pensar en otro de sus consejos:

-Cuando usted escriba, invente otro mundo y no dude en proyectarlo. Alguna vez existirá.

Llegaré a viejo y sigo escribiendo. Eso me pasa por seguir los malos consejos de Martín Adán.

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