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Opinión

Cómo mueren las democracias: de la República de Weimar al ascenso del fascismo, por José Ragas

Si no todos los días, sería bueno recordarlo, al menos al momento de votar.

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Jose Ragas

El ataúd que lleva los restos mortales de Friedrich Ebert alberga también un segundo cadáver: el de la temprana democracia alemana. Ebert, presidente de la República de Weimar, tenía 54 años cuando falleció víctima de una infección generalizada causada por una apendicitis mal tratada; la democracia a la cual él había dedicado sus últimos años de vida tenía apenas siete años. Ebert pasó sus últimos días dedicado a defenderse de los ataques de grupos de extrema derecha que buscaban hacerlo caer, y junto con él, al temprano experimento democrático iniciado en la Alemania central.

Al final, lo consiguieron: Ebert murió poco después; la república que había defendido lo haría ocho años después y arrojaría a Alemania y a una parte del mundo a uno de los periodos más oscuros de nuestro pasado. La muerte de Ebert abrió el camino para el desmantelamiento progresivo de un régimen democrático que estaba comenzando a consolidarse. Nuevos presidentes poco afines al orden democrático, antiguos grupos de poder, extremistas sedientos de poder: sabemos muy bien cómo terminó este relato y las consecuencias que aún hoy se desprenden de este periodo conocido como la República de Weimar y que precedió al ascenso del nazismo.

Periodista interesado en el pasado alemán del siglo XX, Volker Ullrich ha escrito uno de los libros más estremecedores sobre el siglo XX. No es que no haya trabajos sobre los años posteriores a la Primera Guerra Mundial y la captura del poder por Hitler: al contrario, es uno de los temas y periodos más estudiados por los investigadores. Lo que hace distinto a El fracaso de la República de Weimar, traducido y publicado este año por Taurus, es que en su casi medio millar de páginas se nos cuenta cómo los alemanes desembocaron en el abismo con la llegada al poder del partido nazi.

El libro hace una reconstrucción detallada de las alianzas políticas y de la dinámica política de las diversas agrupaciones que surgieron en Alemania luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial. Los quince años que siguieron, entre 1918 y 1933, fueron una sucesión constante de pruebas a la población alemana, cada cual más inaudita y difícil de sobrellevar: el fin del Imperio luego de casi medio siglo, los sentimientos encontrados por la derrota, el peso de haber sido quienes impulsaron la guerra, las reparaciones económicas que le siguieron y la Gran Depresión.

Un logro importante del libro es demostrar, con base en una amplia documentación tanto oficial como de actores menos conocidos, que pese a estos eventos dramáticos para el alemán común y corriente, el ascenso final del nazismo no fue inevitable. Existe cierta tendencia que señala que, ante un escenario de crisis como el descrito, los nazis obtuvieron la victoria en las urnas solo porque se presentaron como los salvadores. Hay algo de cierto en esto, pero solo una parte: si los nazis llegaron al poder fue porque la clase política se lo permitió.

Al diseccionar esta década y media, podemos observar con mejor detalle la complejidad de los escenarios y proyectos políticos que se fueron configurando a medida que Alemania realizaba la transición de Imperio a República y luego a un régimen fascista. Desde los proyectos más cercanos a la Revolución Rusa hasta los de extrema derecha, pasando por la socialdemocracia, Alemania intentaba conciliar diversas posturas en un momento crítico. Finalmente, se impuso una propuesta razonable de una república con representación parlamentaria y una presidencia como contrapeso. La conversión de súbditos a ciudadanos no fue sencilla, pero fue una idea que convenció a buena parte de la población frente a las opciones extremas o de retorno a un régimen de jerarquías sociales y controlado por la nobleza y los militares.

Pero otra de las lecciones del libro es que la democracia no debe darse por sentada. Durante esos quince años hubo que defenderla de opositores internos y de condiciones externas que amenazaban con su disolución. Aun así, se logró una estabilización que, si bien precaria, permitió desarrollar nuevas instituciones y hacer frente al principal problema externo del país: el pago de las reparaciones de guerra a los aliados. Los pagos se hicieron con muchos sacrificios y siempre buscando reinsertarse en el escenario internacional. Pero algunas potencias no estaban interesadas en esta reinserción y buscaron sabotear la recuperación de su antigua enemiga.

Otros sacaron también provecho, aguijoneando a la República con un discurso victimista y revanchista, que no solo ponía el blanco en el extranjero, sino en ciudadanos de origen judío al interior del país. Este discurso ganó presencia y la mediocridad de su mensaje sirvió para muchos como una explicación a su situación económica y personal. La clase política e industrial también buscó sacar una tajada de este radicalismo, abriéndole el camino hacia el gobierno bajo la ilusión de que podrían controlar a las camisas pardas. El cortoplacismo y la ceguera de políticos y empresarios representó un precio muy alto para los alemanes en los siguientes años.

El fracaso de la República de Weimar es un recordatorio permanente de que estos factores ocurrieron en el pasado y abrieron camino a los radicales de derecha. Hay quienes pueden encontrar la referencia al nazismo y a Hitler un tanto exagerada, pero también es bueno recordar que los alemanes de esa época no pensaron que su apoyo a un grupo de radicales terminaría llevándolos a una guerra y a una masacre. En ocasiones, las grandes tragedias comienzan en pequeños actos, como cuando evitamos pensar que lo peor puede ocurrir, especialmente cuando se apoya a quienes promueven discursos de odio y venganza.

Si no todos los días, sería bueno recordarlo al menos al momento de votar.

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