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Opinión

La generación que no se rinde, por Ramiro Escobar

"Ahora están acá y no han faltado las maldiciones solemnes. Lo que ocurre es que esa generación menor está conectada con el mundo, con el sentimiento de insatisfacción que recorre la franja juvenil planetaria"

ECOBAR
Ramiro Escobar 18-10

Cuando no pocos ‘tíos’ los llamaban ‘cristalitos’, delicados, engreídos y hasta ‘burros’; cuando se pensaba que la política no les interesaba ni un ‘like’ o un corazoncito digital; resulta que la Generación Z ya se ha tumbado al poder en Indonesia, Nepal y Madagascar. Y que está en pie de lucha en Paraguay, Ecuador, Marruecos, Kenia y en nuestro propio país.

Esa penosa soberbia que llama a muchos adultos a pensar que lo saben todo, lo sufrieron todo (“nosotros sí pasamos tiempos difíciles”) o lo entienden todo, es un clásico de la historia que crea brechas generacionales, a veces insalvables. Y es incapaz de reconocer que el tiempo difícil que hoy pesa sobre los jóvenes no lo inventaron ellos, sino nosotros.

¿No es el cambio climático una amenaza que sufrirán mucho más los menores de 25 años? ¿No fueron las generaciones anteriores las que ningunearon ese problema? ¿No es la precariedad laboral, que hoy gravita sobre quienes recién terminan de estudiar, la consecuencia infeliz de una economía poco inclusiva? ¿La inseguridad ciudadana creció de manera espontánea?

La Generación Z (los nacidos entre 1995 y 2010 aproximadamente) es naturalmente digital y tiene otras preocupaciones. A la mayoría de ellos les perturba la disparidad de género y no se ponen histéricos si se dan medidas para lograr más equidad. Precisamente porque casi no hay chamba formal, se las buscan, emprenden, no esperan que les den la mamadera.

Les interesa la política, aunque no en clave discursiva, sino de emociones e historias, como me comentaba un alumno. Les joden los abusos del poder, sin importar de qué signo es el gobierno. La revuelta en Nepal fue por el nepotismo de un gobierno de izquierda; la de Indonesia, contra las gollerías parlamentarias; la de Marruecos, por los desmedidos gastos para el Mundial de Fútbol.

Ahora están acá y no han faltado las maldiciones solemnes. Lo que ocurre es que esa generación menor está conectada con el mundo, con el sentimiento de insatisfacción que recorre la franja juvenil planetaria. Como todo movimiento social, puede incurrir en excesos. Pero no hay forma de acusarlos de inmovilismo frente a los abusos y la injusticia global.

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