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Opinión

Manos arriba, esto es un arancel, por Mirko Lauer

Quizás todavía no nos pasa nada porque somos una economía bastante chica en términos mundiales, pero es temprano para cantar victoria en el terreno de las relaciones comerciales con el país del norte.

LAUER
Mirko Lauer

Lo que acaba de sucederle al oro, con nuevos aranceles un día y cero al otro, es el sueño de un especulador. Los súbitos cambios de precio de materias primas y productos manufacturados están produciendo enormes fortunas en algún punto del mercado. Tanta impredictibilidad ya empieza a mover la sospecha.

A estas alturas, es claro que con su política arancelaria Donald Trump no tenía como primer objetivo cambiar el orden económico mundial, sino llevarlo a un desorden donde reine lo impredecible. Esto último representa una ventaja para aquellos que tienen una línea directa hacia la inminencia en las decisiones de Trump.

La ventaja está casi toda en las bolsas de valores, que vienen subiendo, bajando, trepando y rebotando según vayan las cosas. El inesperado mazazo arancelario a Suiza (un muy leal socio comercial) derribó los valores farmacéuticos de ese país, y ahora los bolseros sin contactos en Mar-a-Lago viven en la tensa espera de que algo cambie.

Todo mueve a sospechar que no estamos ante una falla en la personalidad del presidente de los EE. UU., o un pobre manejo de la economía mundial, sino ante algo llamable un nuevo modelo de negocios, donde Washington va jugando con los precios mundiales para beneficio de los círculos del poder político yanqui. Es decir, un golpe económico.

Frente a las anteriores reflexiones (no pasan de ser eso) está el reciente despido de la funcionaria que reveló malas cifras de empleo en los EE. UU. Los críticos más severos han visto en eso una disposición a maquillar las cifras de la economía estadounidense. Una hipótesis que se da la mano con la idea de los aranceles como negocio privado.

Cada tantos días Trump sale a contarnos todo lo que viene ganando EE. UU. con los nuevos aranceles. Pero no elabora mucho sobre las presiones inflacionarias que eso está produciendo allá, y las consiguientes quejas de los consumidores. En términos generales, los favorecidos por el ricachón Trump son, hasta aquí, sus colegas ricachones.

Mientras tanto, el Perú está en balcón, o por lo menos así nos sentimos. Quizás todavía no nos pasa nada porque somos una economía bastante chica en términos mundiales. Pero es temprano para cantar victoria en el terreno de las relaciones comerciales con el país del norte.

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