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Opinión

¿La reputación personal en política importa?, por Rolando Luque Mogrovejo

El olvido o el desdén con que se ve la integridad, la coherencia entre las palabras y los hechos, es pan de cada día en los tiempos actuales.

luque
Diego Pomareda 03-08

*Por Rolando Luque Mogrovejo. Profesor de la Universidad de Lima y de la PUCP. Ex Defensor Adjunto en Ética y Prevención de la Corrupción. Ex Defensor Adjunto en Prevención de Conflictos Sociales

Sí, la reputación política todavía importa, pero cada vez menos; tanto para el político en actividad como para el ciudadano que lo observa. En la política puede haber estructuras de poder, luchas históricas, debates especializados, pero siempre estará encarnada en alguien de cuerpo presente, que representa unos ideales que la gente valora y eventualmente adopta. Ese alguien no cayó del cielo; se fue haciendo laboriosamente, en su contacto con la gente, con los libros, en las experiencias buenas o malas por las que pasó. Va acumulando un crédito que será el activo político más importante que le ofrecerá a la población, especialmente a los electores.

Pero esto parece ser una antigualla. Los medios, a diario, nos traen a tierra cuando informan sobre el parlamentario que traiciona su pasado democrático, el gobernador que dispensa memes cada vez que coge un micro, las autoridades de tesis misteriosas o comillas invisibles. O, más avezadamente aún, los presuntos violadores, los arietes de la minería ilegal, los que arranchan el sueldo de sus trabajadores, los que mienten con descaro, una y otra vez, sin que les tiemble un párpado.

Bien visto, el control del poder es la llave maestra del funcionamiento de la democracia. El sufragio le da vida al poder político, pero el control lo mantiene saludable. Si falla, si es neutralizado, se abre la puerta a la concentración del poder, a las transacciones oscuras, donde lo ideológico es un detalle menor al lado de los intereses ilegales en juego. Y si el tradicional pulseo entre el Ejecutivo y el Legislativo se diluye, y el sistema de justicia es perforado, y los órganos constitucionales autónomos declinan o se inclinan, entonces la democracia boquea como un pez fuera del agua, en la cara de millones de bañistas impávidos.

Porque esta es la otra cara de la moneda. El olvido o el desdén con que se ve la integridad, la coherencia entre las palabras y los hechos, es pan de cada día en los tiempos actuales. El impacto moral de las conductas reprobables le fastidia a la ciudadanía, pero no la escandaliza, no como hace unos años. Por eso, el titular de un diario, los resultados de una encuesta o una marcha numerosa ya no refrenan ni enderezan las malas y hasta aberrantes decisiones que se toman desde los poderes públicos. Ese último reducto constituido por la sociedad civil también ha sido debilitado. Las campañas de desprestigio de los últimos años han logrado generar desconfianza en la población. No hay debate público; lo que hay son aparatos de propaganda y de choque que insultan y descalifican sistemáticamente a los que no piensan como ellos: cientos, si no miles, de personas en las redes sociales contratadas para agraviar, para sembrar odio, imponiéndose como se imponen los matones en los barrios belicosos.

Y esto explica, sin duda, el estado actual de la reputación personal, otrora cimiento del liderazgo y tarjeta de presentación de dirigentes políticos y sociales, de profesionales liberales, académicos y espontáneos. Una forma efectiva de decir: “este soy yo, este es mi pasado, evalúen si estoy hecho para representarlos”. Si el candidato en ciernes merecía el voto popular, entonces, una vez en el poder, su reputación personal funcionaba como un mecanismo de autocontrol. Cuidaba de no incurrir en algo indigno que lo avergonzase o de no contradecir sus antecedentes. No solo por aquello de “por sus frutos los conoceréis”, sino también, y sobre todo, porque había llegado a la política para quedarse, y eso implicaba acumular crédito, atesorar un capital moral que le sirviera para hacer una carrera.

Los errores, deslices o infracciones se pagaban caro, y le tomaba al político varios años revertir su maltrecha imagen. Hoy circulan campantes al día siguiente de los destapes periodísticos, sin darse por aludidos o incluso pasando a la ofensiva con ademanes faltosos. La reputación personal ya no es un mecanismo de autocontrol dictado por la conciencia moral del sujeto, ni siquiera un factor a considerar estratégicamente pensando en el futuro, porque solo hay presente, solo cortísimo plazo; es decir, el tiempo necesario para disfrutar de privilegios, matar juicios pendientes, canjear favores y merodear entre las decenas de embarcaciones políticas viendo a cuál subirse. Un cortoplacismo que no ha surgido ex nihilo; es consecuencia de una pérdida del horizonte político. El Perú ya no está en la cabeza de los políticos, y la democracia ha sido banalizada. Abunda el cinismo y la pacotilla.

Estamos a nueve meses de las elecciones generales. ¿En qué fijarnos? ¿Cómo evaluar en esta marea de candidatos? ¿Qué debemos exigirles? Yo diría, sin temor a equivocarme, que lo más importante en lo que hay que fijarse antes de votar es en la reputación personal de los candidatos: quiénes son y, sobre todo, quiénes han sido. “El pasado nunca pasa”; deja huellas en los agraviados, en los expedientes, en los periódicos. Un pasado que tenemos la obligación de volver presente para que todas las cartas sean mostradas sobre la mesa. Haríamos bien, como ciudadanos, en recuperar la capacidad de medir la reputación, de sopesarla, y, a la hora de emitir un juicio informado sobre ella, dejarnos de complacencias y blanduras, que el futuro no está para ser desperdiciado.

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