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Opinión

La biblioteca como animal doméstico, por Mirko Lauer

Las ferias del libro, como la FIL, fomentan el crecimiento de bibliotecas privadas, impulsadas especialmente por los jóvenes que buscan conservar sus lecturas.

Mirko Lauer
Mirko Lauer

Las ferias del libro, como la FIL, agrandan las bibliotecas privadas. Los jóvenes son quienes menos espacio suelen tener para esas acumulaciones, pero a la vez son los que lo hacen con más entusiasmo. Pues los libros suelen venir con el deseo de conservarlos una vez leídos. Así se van volviendo lo que Gabriel Zaid llamó Los demasiados libros.

El autor mexicano se refiere a todos los que circulan por el mundo, no tanto a los que se instalan en las viviendas, peleándole el espacio a tantas otras cosas. Son bibliotecas que van creciendo con el tiempo, hasta que parten con su dueño. Los recién casados juntan sus libros, los hijos dejan el hogar llevándose los suyos.

Tener una gran biblioteca es un lujo de la alta clase media. Puede ocupar parte de un cuarto, o incluso uno entero. A partir de cierto tamaño, estos libros empiezan a perder su carácter privado, y se vuelven visibles para las visitas, casi como testimonio de la lectura acumulada de su dueño. ¿Los habrá leído todos? Es una pregunta que siempre nos hacemos.

Pero cuando el dueño y los libros están solos, la biblioteca crece, y se va haciendo incómoda. Hay libros con los que se trabaja, en el caso del intelectual o el profesional liberal, en sus diversas versiones. Pero hay otros que, una vez leídos, se atrincheran en una suerte de inutilidad, quizás molestos por no encontrar un nuevo lector.

Aunque hay quienes sí disfrutan sus bibliotecas. Son bibliófilos o simples acumuladores, relectores, unos cuantos estudiosos, que ven ese cúmulo como algo valioso que la familia heredará con verdadero gusto. Rara vez sucede así. Nadie aprecia ni valora una biblioteca tanto como el que la formó a lo largo de su vida frente a la página.

Si la gran biblioteca académica o burguesa puede ser una molestia, las pequeñas bibliotecas mesocráticas son muy cómodas. No simbolizan nada, no alojan expectativas de ningún tipo, son fáciles de repartir, se parecen a nuestras primeras bibliotecas juveniles, hechas todas de intensos entusiasmos encuadernados.

Uno no sabe dónde comenzó o dónde terminará una biblioteca que puede llamar suya. Pero algo significa que, a partir de un momento, nos sea más grato despedir libros que recibirlos. Son excepcionales las bibliotecas, no importa cuán valiosas, que sobreviven a sus dueños.

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