Politóloga
El año pasado en el mes de febrero participé con mucha alegría en la presentación del libro “Íntimas” del fotógrafo Josip Curich, quien fotografió a mujeres que se han vinculado de distintas formas al club Alianza Lima. En el evento se celebró que haya más presencia de mujeres en las tribunas, incluyendo barras conformadas únicamente por hinchas mujeres, y que el fútbol de femenino haya cobrado un protagonismo mayor año tras año, llegando incluso a llenar estadios y a tener transmisiones televisivas en señal abierta. Algo absolutamente impensado una década atrás. Sin embargo, la denuncia de violación hecha pública ayer jueves contra tres futbolistas del plantel titular de Alianza Lima, quienes son además seleccionados nacionales nos aterriza nuevamente en nuestra dura realidad de misoginia y cultura del apañamiento alrededor del mundo futbolístico.
El Perú es un país que presenta cifras alarmantes de violencia sexual, las mismas que parecen haber anestesiado a algunos respecto a este flagelo. Es real que existe presunción de inocencia, y que lo esperable en casos tan terribles como este es que haya celeridad en las investigaciones, así como sanción ejemplar de resultar responsables los acusados. Si bien el club Alianza Lima ha separado indefinidamente a los acusados y el proceso judicial seguirá su curso, los comentarios de usuarios de redes sociales y de periodistas demuestran que hay que repetir tantas veces como sea necesario que el consentimiento es requerido en todos los casos, y en todas las situaciones. Sin excepción alguna. Dejar fuera de la discusión a la víctima solo demuestra que los comunicadores no conocen de protocolos, ni mucho menos de empatía para abordar estos casos.
El deporte, en general, debe ser un instrumento de desarrollo personal y nacional, pero en términos individuales debe ser además un espacio seguro. Hay que repetir también que una mujer no gana nada planteando una denuncia falsa sobre algo tan delicado como una violación sexual. Atreverse a denunciar no solo implica exposición pública sino escrutinio masivo, comentarios lesivos y cuestionamientos a su honorabilidad que significan sufrimiento propio y de todos sus allegados. Por ello, que la primera reacción ante una denuncia sea cuestionar a la víctima, es un reflejo irracional que no responde a la realidad que viven quienes afrontan situaciones de esta naturaleza.
Finalmente, “camisetear” a costa de una denuncia de violación sexual no habla bien de ningún equipo, de ningún género y de ningún ser humano. Los equipos de fútbol no deben apañar a jugadores acusados de violadores o golpeadores. Esto debe acabar en todos los ámbitos, desde el fútbol hasta la Presidencia de la República. Es tiempo de hablar seriamente de la necesidad de educarnos en la lucha frontal contra la violencia sexual, y esto incluye a la sociedad en su conjunto, y como vemos en esta triste oportunidad, los esfuerzos no deben solo orientarse a sensibilizar y educar políticos, sino también a deportistas, dirigentes, entrenadores y todo aquel que está vinculado al mundo del deporte, en donde deberíamos tener a lo mejor de nuestro país.