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Opinión

Mequetrecracia, por Rodrigo Barrenechea

El gobierno de Boluarte dejará tras de sí herencias pesadas y nefastas para la democracia y el Estado peruanos. El mequetrefe empoderado será una más de ellas.

Rodrigo Barrenechea
Rodrigo Barrenechea

Investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP)

Los peruanos estamos siendo testigos del colapso de las políticas públicas. En educación, salud, seguridad, transporte y demás, la tendencia es una sola: malas políticas y políticas mal ejecutadas. Las razones de esto son muchas, pero quiero enfocarme en una: la proliferación de mequetrefes en posiciones de responsabilidad en el gobierno.

Un mequetrefe, en esencia, es una persona carente de prestigio, reputación o habilidades especiales, pero con gran apetito por ocupar posiciones de liderazgo y poder. Todos conocemos a mequetrefes. Convivir con ellos es parte de la vida y esta convivencia no suele ser muy problemática. Pero lo es si, por las razones que fuere, nos encontramos gobernados por ellos. Y estamos en problemas, pues el gobierno actual es cada vez más una mequetrecracia.

Que no se me entienda mal, los mequetrefes han estado siempre en la política en alguna proporción. Les mequetrefes son útiles para un gobierno en algunas circunstancias. Suelen ser los primeros dispuestos a dar la cara en momentos de derrota o desprestigio. Ahí donde nadie se quiere quemar por el gobierno, el mequetrefe encuentra su momento para brillar. Cuando los demás lo ven incendiarse cual bonzo, el mequetrefe se autopercibe antorcha. Defender lo indefendible, ejecutar órdenes despreciables, o adular sin vergüenza al jefe son tareas intransferibles del mequetrefe. Es ahí donde vive y reina. La razón es simple: no tiene nada que perder y tiene mucho que ganar.

¿Es el mequetrefe entonces un simple oportunista? Es, sin duda, una clase de oportunista. Pero es un oportunista peculiar. El oportunista regular se siente atraído por el gobierno popular y exitoso, se sube al barco cuando este alcanza la cresta de la ola. Pero el oportunista abandona el barco que se hunde. El mequetrefe, en cambio, se pone al volante cuando este se dirige a las profundidades. Su cálculo es muy particular. No le importa el desprestigio porque no cuenta con ninguno. Lo que le importa es comandar un barco que de otro modo estaría fuera de su alcance. Mientras unos se ven en el hundimiento del Titánic, el mequetrefe se ve en el Titánic. Esa es su ganancia.

Este cálculo de costo y beneficio político, esta economía política del mequetrefismo, nos ayuda a entender por qué nos encontramos rodeados hoy de mequetrefes en el gobierno. Los gobiernos liderados por políticos incompetentes y sobre todo profundamente desprestigiados, repelen a los ciudadanos competentes y respetados, dejando un vacío que rápidamente es llenado por mequetrefes.

Pero los mequetrefes no llegaron al poder solos, sino que han sido aupados y sostenidos por otros. Cuando Dina Boluarte anunció que gobernaría hasta el 2026 (en franca actitud mequetréfica), los únicos dispuestos a acompañarla en semejante despropósito pueden clasificarse en tres grupos: los aterrados por el “comunismo” de Pedro Castillo, dispuestos a apoyar lo que sea en su lugar; los cínicos dispuestos a transar con quien sea para atender intereses particulares, incluyendo los suyos propios; y finalmente los mequetrefes. Aterrados y cínicos fueron clave para sostener a los mequetrefes en el poder. El paso del tiempo, sin embargo, ha ido calmando a los aterrados y muchos cínicos han cumplido ya con sus agendas. El mequetrefe, sin embargo, va quedando en el fondo de la olla.

Dos son las principales consecuencias de una mequetrecracia. Una, muy evidente, es la baja calidad del gobierno. Tanto por su propia incompetencia como por su vocación por obedecer a la autoridad incompetente, el mequetrefe condena al ciudadano a recibir cada vez menos y peores bienes públicos. La segunda es que el mequetrefismo tiende a expandirse y perpetuarse. Expandirse hacia abajo, de modo que la autoridad mequetréfica irradia y facilita la llegada de otros mequetrefes por debajo de él, ocupando cada vez más posiciones en el Estado. Y se perpetúa porque, al producir un gobierno de mala calidad y desprestigiado, continúa el ciclo de expulsión de servidores públicos respetados y de atracción de mequetrefes a futuro.

Mientras los mequetrefes se aferran al timón, el barco peruano continúa camino al naufragio, con el silencio cómplice de aterrados y cínicos, y ante la mirada pasmada de sus pasajeros. El gobierno de Boluarte dejará tras de sí herencias pesadas y nefastas para la democracia y el Estado peruanos. El mequetrefe empoderado será una más de ellas.

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