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Opinión

Dina Boluarte: la prisionera del Congreso, por Mirko Lauer


Mirko Lauer
Mirko Lauer

Cada prohibición de un viaje fuera a Dina Boluarte ha tenido un motivo. Esta última que bloqueó su tour fúnebre a Roma da la impresión de ser una respuesta del Congreso al nombramiento a un cargo en Palacio del ministro del Interior recién censurado. Siempre sutil, el ministro PCM ha dicho que este último nombramiento, no era una provocación.

    Si no lo era, lo parecía. Con interesada amnesia, Boluarte olvidó que ya le habían sido negados, por innecesarios, otros viajes al exterior. Debe dolerle, pues esos desplazamientos hasta capitales donde ella no es realmente conocida, para codearse con sus colegas gobernantes, son parte de su oxígeno político. Sobre todo cuando los viajes dentro del país no le son fáciles, y pueden ser hasta incómodos.

    El asunto del oxígeno es de peso, pues uno de los handicaps de Boluarte desde el inicio ha sido un déficit de legitimidad. Primero se la negaron los fans de Pedro Castillo en la izquierda de la región. Después está lo de aquellos muertos que la inauguraron. Por último el saberse tan intensamente impopular.

    Acaso ella ha pensado que los descréditos hubieran podido borrarse con la imagen de una presidenta internacional (Brasil, Nueva York, Beijing, Davos, Roma), como lo fueron algunos antecesores. Si no ha aterrizado en más lugares ha sido porque no había el argumento necesario. Nunca sabremos cuántas de sus invitaciones para que jefes de Estado nos visiten. Por lo pronto a Trump lo seguimos esperando.

    La respuesta del Canciller a lo sucedido con el viaje (“Era indispensable”) es una pieza clásica de defensa formal de su presidenta humillada. Algo así como que la ausencia de Boluarte se dejará sentir, y que el funeral pierde lustre con ella varada en Lima. Es un ejercicio de lealtad administrativa, pero no convence a nadie. Ahora el embajador Elmer Schialer tendrá que reemplazarla.

    La facilidad con que ahora el Congreso le hace feos a Bolarte también tiene que ver con la aparición de las elecciones en el horizonte. Cada congresista tiene su cuota de fuerte impopularidad, no conviene sumarle la que proviene de haber pasado años como socio político del Ejecutivo. Veremos más tomas de distancia, que podrían terminar en cosas peores que bajarla del avión.

    Pero no olvidemos que muchos congresistas son viajeros ellos mismos. ¿Quién controla eso? ¿Es necesario hacerlo?

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