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Opinión

Reflexiones de un rector: “Y, sin embargo…”

“Mientras instituciones como Gobierno y Parlamento se sigan mordiendo la cola a sí mismos y entre sí, los grandes retos nacionales languidecen y quedan postergados”.

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“Mientras instituciones como Gobierno y Parlamento se sigan mordiendo la cola a sí mismos y entre sí, los grandes retos nacionales languidecen y quedan postergados”.

Circuló en las redes más acuciosas, pero su esencia no fue resaltada como se debiera en los grandes medios de comunicación. A fin de cuentas, se podía asumir que al inaugurar la semana pasada el Festival de Cine de Lima, el discurso de Carlos Garatea, rector de la Universidad Católica, podría haber sido previsible. Y que al referirse al cine, acaso, se distinguiría porque un festival tan importante se reanudaba después de tres años de pandemia.

Tiempos de descalabro los definió con crudeza Garatea; palabras y concepto que sintetizan una situación en la que la corrupción penetra todos los resquicios del Estado;la incompetencia y el cinismo han adquirido un profesionalismo incapaz de ser controlado por las instituciones que deben velar por una democracia sana, real e inclusiva y cuya descomposición ha inyectado en muchos peruanos desánimo y cansancio.

La breve pero contundente y precisa alocución del rector Garatea trascendió, pues, la circunstancia. Está guiada de un descarnado realismo en la que destacan dos elementos, acaso en oposición entre sí, que no pueden pasar desapercibidos en estos tiempos de incertidumbre y desesperanza nacional.

De un lado, crudeza en el diagnóstico de lo que viene ocurriendo en el Perú. En lo que la foto de nuestra situación a ratos parecería más una autopsia que el análisis de un ser aún viviente. De otro lado, la esperanza en el futuro. A partir no de ilusiones vacuas, sino de valores y conceptos esenciales como la vitalidad de la cultura y algo tan esencial como el derecho a creer y a conservar la esperanza en el porvenir.

Como no podía ser de otro modo, tenía una cruda referencia al estado de la educación, asunto capital ninguneado en los hechos desde hace años en nuestras políticas públicas. Y que merece prioridad menor: zarandeada, manipulada y desvirtuada por mafias enquistadas en distintos niveles del Estado.

Puso el dedo en la llaga el rector en asuntos críticos como el impune ataque al enfoque de género en los colegios y a lo mucho que hay por hacer para asegurar la igualdad entre mujeres y hombres, niñas y niños.

Le llovía no solo al sector sino a todo el sistema político; Ejecutivo y Legislativo, por igual, corresponsables de estos tiempos de descalabro. En los que se hace pasar por agua tibia —y con asqueante complicidad Ejecutivo/Legislativo— asuntos por los que generaciones bregaron, como la autonomía universitaria y una educación pública de calidad. Hoy reducida a papeleos burocráticos y se atribuye el origen de un terremoto al reconocimiento del matrimonio homosexual.

Por otro lado, el “sin embargo”. Como se preguntó Garatea, y, sin embargo… ¿qué hacemos aquí? Recurriendo a una frase de Alonso Cueto: porque nos negamos a que el presente nos aplaste. Y allí está, precisamente, la clave de la cuestión. Esto va mucho más allá de las graves responsabilidades gubernamentales o del Legislativo y toca también fatales inercias que atraviesan a toda la sociedad que es la que, a fin de cuentas, ha escogido a quienes nos gobiernan.

Pasa pues, el reto a la sociedad y sus instituciones. Que tienen que operar de acuerdo a criterios democráticos y participativos que se encuentran escritos y normados, pero no en ejecución ni cumplidos. Pues mientras instituciones como Gobierno y Parlamento se sigan mordiendo la cola a sí mismos y entre sí, los grandes retos nacionales languidecen y quedan postergados.

Se debe pasar pues a la acción y elevar el nivel del debate, hoy por debajo de la línea de flotación. Sirviéndose de ejemplos —como las palabras del rector Garatea— para propiciar reflexiones positivas en la sociedad, apuntar a que la juventud se ponga las pilas y pase a la acción, haciendo de la política algo distinto del lodazal en el que ha sido convertida. Parafraseándolo, hagamos posible el futuro.

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