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Opinión

¡Quiero ver el cuerpo!

“La muerte del peor genocida de nuestra historia nos confronta a todos. Sus innumerables víctimas no deben hacernos olvidar que también el Estado fue un perpetrador de crímenes horrendos, en esa época infausta”.

bruce
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Una serie de personas, de cuyos nombres no vale la pena acordarse, ante la noticia de la muerte de Abimael Guzmán en prisión, han exigido ver su cadáver. Varios han ido más allá y han puesto en duda la noticia. Algo similar ocurrió con el suicidio de Alan García, pero la raigambre ideológica de esa duda, de ese reclamo voyeurista, era más confusa que esta. En este caso son todas personas de derecha que parecen responder a la misma teoría conspirativa: el Gobierno ha inventado la muerte de Guzmán para dejarlo libre, porque dicho Gobierno es senderista, terruco, y ese era el plan desde el principio. Punto.

Pierre Rosanvallon lo explica en su libro más reciente (Les épreuves de la vie–Las pruebas de la vida): “Si la incertidumbre nos corroe (…), hay medios ilusorios para conjurarla. Negando la realidad, como se empeñan en hacer los climatoescépticos, por ejemplo. O bien restituyéndola en una economía de la imputación: es lo que hacen las teorías complotistas”.

De esta manera se preserva la ilusión de reordenar el caos del mundo, explica, “y proponen una forma de reapropiación de la marcha de las cosas denunciando a sus amos ocultos”. Los conocemos: la CIA, los Illuminati, los Sabios de Sion, etcétera. Las teorías de la conspiración o el complot desempeñan una función básica –en todos los sentidos del término– para quienes se sienten, paradójicamente, desconcertados por la muerte del sanguinario líder de Sendero Luminoso. Su presencia en la cárcel les daba una certeza de la que se han visto desprovistos por algo tan banal, a los 86 años, como una neumonía.

A diferencia de los fans de Elvis, quienes se resisten a creer que el mítico cantante “haya salido del edificio”, o de quienes siguen pensando que Hitler está escondido en la selva de Brasil, nuestros conspiranoicos de derecha se niegan a aceptar un dato que los obliga a repensar y cuestionarse.

La muerte del peor genocida de nuestra historia nos confronta a todos. Sus innumerables víctimas no deben hacernos olvidar que también el Estado fue un perpetrador de crímenes horrendos, en esa época infausta. Las víctimas que siguen clamando justicia y reparación no nos permitirán olvidar la complejidad de esta tragedia. Resistir a las explicaciones reduccionistas, aceptar el reto de pensar lo impensable es uno de los mayores desafíos de la democracia.

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