
El anuncio de que el Perú ingresará al Escudo de las Américas, la coalición convocada por Donald Trump para, presuntamente, combatir la criminalidad y la migración desbocada (es sintomático que ambas cosas se pongan al mismo nivel) en la región, tiene más de un bemol. Más de una complicación geopolítica que no es menor, ni puramente ideológica.
Tal club de los países, al que recién se integraría -acaso con entusiasmo naranja- el nuevo gobierno, en alguna medida, es una consecuencia de lo que Estados Unidos propone en su Estrategia de Seguridad Nacional, dada a conocer en noviembre de 2025. Ese documento en el cual le dice al mundo, y a América Latina, lo que quiere, lo que no le gusta y lo que le asusta.
Hay una parte en la que habla, literal y a la vez algo nebulosamente, de alianzas políticas entre ciertos gobiernos latinoamericanos y ciertos actores extranjeros. Léase China. Como Trump se ha dado cuenta de que la República Popular le pisa los talones, y ya la sobrepasó en África y en esta región, la idea parece ser voltear el partido, cambiar las coordenadas, incluso defenderse.
De allí que la idea de escudo no habría que entenderla solo como una suerte de falange para atacar la criminalidad. También debe verse como una forma de contener la influencia de competidores no hemisféricos que le quitan piso a Washington. Y que, según señala la Estrategia, atraen a nuestros países porque ofrecen hacer negocios a bajos costos.
A propósito de esto último, ¿cuáles van a ser los costos de sumarnos a ese grupo de gobiernos caracterizados por estar, felices, en la derecha del espectro político y muy cerca de Trump? Uno es que tendríamos que ser anuentes, por ejemplo, con los ataques a las lanchas de supuestos narcotraficantes en el Caribe, un acto claramente contrario al Derecho Internacional.
Otro es que sumarse a esta cofradía no garantiza que nos bajen los aranceles, tal como le ocurrió a Javier Milei, el más trumpiano de los mandatarios del barrio, a cuyo país de todas maneras le cayó el castigo arancelario. ¿Cuán factible es subirse a ese coche teniendo en cuenta estos factores? A menos que se le consulte al Congreso y, sobre todo, a los diplomáticos más duchos.

Extrabajadores de IA y líderes políticos, como Donald Trump, también se han pronunciado sobre los riesgos, con un énfasis en la competencia geopolítica entre Pekín y Washington, y el rechazo a la regulación.

La líder opositora critica el "régimen ilegítimo" que permite esta intervención, aunque anteriormente había abogado por la ayuda estadounidense. La contradicción genera cuestionamientos sobre su papel en la política venezolana.

Las ciencias sociales deben estudiar más los efectos de los desastres, ya que estos también afectan estructuras políticas, como se observó tras el terremoto en México en 1985.

"De allí que la idea de escudo no habría que entenderla solo como una suerte de falange para atacar la criminalidad. También debe verse como una forma de contener la influencia de competidores no hemisféricos que le quitan piso a Washington"

"Desde esa cancha puede venir la posibilidad de que un día no sintamos que el Mundial es una feria de tráfico de influencias, sino un episodio donde los poderosos no siempre son dueños de la pelota"