
La política de visados de Estados Unidos dio un giro más restrictivo en América Latina y el Caribe tras el anuncio de sanciones migratorias contra 26 personas, señaladas por presuntamente apoyar actividades contrarias a sus intereses. La medida, confirmada por el Departamento de Estado, forma parte de una estrategia de seguridad nacional impulsada por la administración de Donald Trump.
Según el comunicado oficial, la decisión amplía una normativa ya existente y permite negar el ingreso a ciudadanos vinculados con acciones que “socaven la seguridad y prosperidad” del país. Las autoridades no revelaron identidades ni nacionalidades por motivos de confidencialidad, aunque subrayaron que las restricciones también alcanzan a familiares directos.
El Departamento de Estado explicó que esta política busca limitar la capacidad de actores extranjeros para influir en la región. “Negaremos a las potencias adversarias la posibilidad de controlar activos vitales”, señala el documento, que vincula el lineamiento con la protección de recursos estratégicos y la estabilidad hemisférica.
La directriz se enmarca en un contexto de creciente competencia geopolítica, en especial frente a la expansión de la influencia china en América Latina. Washington sostiene que ciertas actividades, como facilitar el acceso de terceros a sectores clave o participar en operaciones de influencia, representan un riesgo para el equilibrio regional.
La normativa contempla penalizaciones a quienes “dirijan, financien o respalden” acciones contrarias a los intereses estadounidenses. Estas disposiciones se alinean con la doctrina de seguridad que busca reforzar el liderazgo del país en el hemisferio occidental, en una línea que retoma principios asociados a la Doctrina Monroe.
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El uso de visas como instrumento de normativa exterior no es nuevo, pero su ampliación confirma una tendencia creciente. La administración ha recurrido a estas restricciones como mecanismo para ejercer presión sin acudir a multas económicas más amplias.
“El Departamento de Estado está restringiendo visas a personas que apoyan a nuestros adversarios”, indicó la entidad en su pronunciamiento. La táctica forma parte de un conjunto de herramientas orientadas a influir en actores políticos y económicos dentro de la región.
Además del control migratorio, la política apunta a frenar actividades relacionadas con el narcotráfico, la desestabilización institucional y la penetración de intereses extranjeros en sectores estratégicos. Bajo esta lógica, las penas migratorias se integran en una estrategia más amplia de relaciones exteriores y control regional.
Uno de los antecedentes más visibles involucró al presidente colombiano Gustavo Petro. Tras su participación en una manifestación en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU, su visa fue revocada en medio de tensiones con Washington.
En ese momento, el gobierno estadounidense anunció penas contra su entorno familiar por presuntos vínculos con el narcotráfico. Sin embargo, estas medidas fueron levantadas posteriormente como parte de un proceso de normalización de relaciones diplomáticas que incluyó una invitación oficial a la Casa Blanca.
En la actual ampliación, el Departamento de Estado reiteró que no divulgará nombres, aunque dejó claro que continuará utilizando “todas las herramientas disponibles” para proteger sus fines.





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