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Cultural

El médico de Guadalupe

En Lima, Carlos Morante ha salvado la vida de mucha gente. Esa es una de las razones por las que todas sus horas están ocupadas. Además, escribe poesía y tiene un poemario titulado La semilla del amor.

Virgen de Guadalupe. Imagen: Facebook.
Virgen de Guadalupe. Imagen: Facebook.

Escribe: Eduardo González Viaña

El capitán Francisco Pérez de Lezcano avanzó por la ladera derecha de la montaña hasta llegar a su punto más alto. Colocó a su lado la pequeña estatua de la Virgen de Guadalupe y se dispuso a dormir.

El capitán andaluz había llegado al Perú al lado de Luisa, su esposa, para cumplir un voto. Condenado a muerte por un delito que no había cometido, cuando le pusieron la horca y en los momentos en que el verdugo levantara la trampa para que su cuerpo colgara, se rompió la soga. Aquello ocurrió tres veces.

De acuerdo con la ley de entonces, se le dejó en libertad. Pérez de Lezcano se había encomendado a la Virgen de Guadalupe y, ante el milagro, cumplió con su promesa de conducirla hasta las tierras de América.

Chérrepe había sido su puerto de arribo al Perú y ahora estaba buscando una ruta terrestre para llegar hasta Lima. Sin embargo, en esos momentos se produjo otro milagro: la estatua de la Virgen adquirió, de pronto, un peso descomunal y no se la podía arrancar del lugar donde la noche anterior había sido puesta.

Eso ocurrió en 1550 y determinó la fundación de la ciudad de Guadalupe, el levantamiento de un monasterio de los Agustinos y el culto a la Virgen de ese nombre.

Desde entonces, millares de fieles llegan de todo el Perú y los países de América, en diciembre, para rendir tributo a esta milagrosa estatua de la Virgen.

Carlos Morante (nacido en Guadalupe en 1954) a sus once años comenzó a preguntarse dónde adquiría sus poderes esa Virgen para resolver asuntos sinfín, así como para devolver la salud a los enfermos. Un día, habló con su amigo Pedro Vera y le confió:

“Ya sé de dónde vienen sus poderes. La Virgen los adquiere de los propios guadalupanos”.

Tal vez ese fue el origen y el primer impulso de su vocación por la medicina.

Al final de su educación secundaria, se trasladó a Trujillo para estudiar medicina en 1972.

Carlos conoció diversos hospitales durante su época de formación, pero la tarea que más lo impresionó fue trabajar en una mina. Allí, donde brindaba toda clase de auxilios, tal vez descubrió que la enfermedad que más ataca y más víctimas tiene en el Perú es la pobreza. Por lo tanto, asumió que había que curar los cuerpos, pero también el alma de la sociedad.

En Lima, ha salvado la vida de mucha gente. Esa es una de las razones por las que todas sus horas están ocupadas. De esa manera, conoció y trató a periodistas, cuentistas, abogados, maestros y muchos queridos amigos y parientes míos que han recibido el apoyo de este médico singular. 

No sé si por una razón religiosa o por una convicción social (que, al fin y al cabo, son lo mismo), el doctor Morante organiza varias veces en el año una expedición de la salud que está dirigida a diversos pueblos y personas para quienes, de otra manera, recibir la visita de médicos especializados sería muy difícil.

Una mañana de diciembre pasado, llegué a la plaza de armas de Guadalupe, pero tuve que dejar mi carro porque toda la ciudad estaba tomada por peatones, gentes de todas las edades y preferentemente del campo, que habían llegado para recibir gratuitamente los servicios del doctor Morante. Aquella es una actividad que hace con frecuencia y que lo lleva a diversas localidades del Perú. Por cierto, las más de las veces, un grupo de médicos jóvenes lo acompañan.

Sin embargo, no es esta la única actividad de Morante. No sé de dónde saca su tiempo para escribir poesía. El anteaño pasado robamos un centenar de sus poemas que publica en Facebook y editamos un libro bajo el título de La semilla del amor.

“¿De dónde saca su tiempo, doctor Morante?”, le preguntamos. Y nos responde que “la poesía no discurre en el tiempo. Además, por el hecho de haber nacido en una región tan milagrosa, es normal que de rato en rato obre también un milagro”.

¿Es un médico solamente?, ¿es un chamán?, ¿es un devoto que recibe consejos de la Virgen de Guadalupe? No me atrevo a responder estas preguntas. Creo que voy a leer en voz alta uno de sus poemas y me voy a librar de la desagradable carraspera que estoy sufriendo esta mañana. Y haré eso, después de rezar un “Ave María” a nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe.

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