Embajador Juan Miguel Bákula:Las fronteras tienen rostro humano

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Textual

Hitos personales

-Huachano. Hijo de Juan Clímaco Bákula, exportador de algodón, y de Antonia Patiño Albarracín, descendiente de Gregorio Albarracín, el "León de Tarapacá".

-Sus primeros estudios los hizo en el Colegio de las Monjas de la Reparación y luego, desde cuarto de primaria y toda la secundaria, en la Inmaculada de los Jesuitas.

-Es doctor en Derecho. Estudió en las universidades de San Marcos y la Católica. Además, hizo dos años de Ciencias Económicas y otro tanto de Humanidades.

-En 1941 desposó a Laura Budge, con quien tiene cinco hijos y diez nietos.

 

 

Por EDMUNDO CRUZ.-

El próximo jueves 20, el embajador Juan Miguel Bákula Patiño recibirá el Premio Southern Perú 2003 y la Medalla José de la Riva-Agüero y Osma, discernidos por la Pontificia Universidad Católica del Perú, distinciones que constituyen el reconocimiento más importante al trabajo intelectual en nuestro país.
Juan Miguel Bákula es un diplomático en retiro que dedicó los 50 años de su carrera profesional a estudiar y compenetrarse con el tema de las fronteras del Perú.
Ingresó al Ministerio de Relaciones Exteriores en octubre de 1939. Laboró diligentemente a lo largo de medio siglo hasta que decidió renunciar, al día siguiente del autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992.
"No volví a pisar Torre Tagle el resto de los años, hasta el tránsito a la vida democrática. En alguna oportunidad, dos cancilleres me llamaron en forma muy personal para alguna consulta, y fui con motivos muy concretos y específicos, pero los años siguientes no, ni siquiera a cobrar, porque lo hacía a través de una tercera persona", afirma.
Fuera del servicio activo, el brillante octogenario no logra desprenderse de lo que fue la médula de su función pública: auscultar la esencia de las relaciones con Ecuador, Colombia, Brasil, Bolivia y Chile, todos países limítrofes. Y eso lo refrenda su producción interminable.
El año pasado publicó: "Perú: Entre la realidad y la utopía. 180 años de política exterior", obra que tiende a suplir la carencia de una historia sobre las relaciones internacionales peruanas.
Ahora mismo tiene en prensa "La gestión internacional del Perú. Personajes, estudio de casos y documentos".
Hace 62 años, cuando estalló el primer conflicto armado con Ecuador, en julio de 1941, Juan Miguel Bákula era tercer secretario en la legación de Perú en Quito.
En 1967, veinticinco años después, volvió a la capital ecuatoriana, en calidad de embajador, para una gestión que se extendió por cinco años. Total, vivió diez años en el vecino del norte.
Fue director de Fronteras de la Cancillería por largos años; representante del Perú en todos los países limítrofes; director de la Academia Diplomática, y, finalmente, viceministro (1963-1964).

FRONTERAS E HITOS
Esa experiencia vasta le ha enseñado a distinguir claramente lo que es "determinante" de los que es "consecuente" en la definición del concepto de fronteras.
"Lo esencial -explica Bákula- es la formación del espacio nacional, o sea, la manera como se expresa el esfuerzo del país por ocupar su territorio.
Otra cuestión distinta es la delimitación territorial con hitos, que no es otra cosa sino una operación mecánica, objetiva".
"Las fronteras no existen porque se coloque un hito -recalca-. Las fronteras existen porque hasta allí llegaron los hombres de uno y otro lado con su esfuerzo, su voluntad y su trabajo".
El Perú, según Bákula, resolvió sus problemas de espacio nacional en el curso del siglo XX. Con Chile, mediante el Tratado de 1929, cuando las dos provincias cuya situación estaba por definirse, Tacna y Arica, se dividieron.
Esta división pudo ser desistida por muchos, pero la vida ha demostrado que la solución era impostergable. El tiempo trabajaba contra el Perú. Y a todos los gobernantes anteriores a Leguía les había faltado coraje para buscar una solución que sólo podía darse sobre la base de una transacción.
Hubo un hecho humano definitivo. Arica fue realmente ocupada, en el sentido de la acción del Estado y la acción humana, no sólo con la construcción del ferrocarril de Arica a La Paz , sino por la presencia humana. En cambio, Tacna siguió siendo sencillamente peruana.
Las conclusiones del laureado con el Premio Southern son incisivas. Quedaron por resolver -comenta- las llamadas "obligaciones pendientes", o sea, la construcción del muelle y otras instalaciones en Arica. Algo adjetivo, pero que llevaba consigo un reto mayor: darle vitalidad a Tacna, no mantenerla en el extremo olvidado del país, sino recompensar el esfuerzo de toda esa gente que mantuvo su sentimiento patriótico contra todas las vicisitudes.
Infortunadamente, eso no se ha hecho. Se han decidido las construcciones materiales, el muelle y las instalaciones, pero no se ha recompensado a Tacna.
"Y no sé si será una falacia -sostiene nuestro entrevistado- pero la solución encontrada en 1998 o 1999, la recepción de esas instalaciones, fue algo que pudo hacerse sesenta años atrás".
El caso del Ecuador es similar. Faltaba la colocación de unos hitos. Que Ecuador se rebelara en el papel contra el Protocolo de Río de Janeiro, no ponía en riesgo la pertenencia del oriente amazónico al Perú. Porque la presencia del Perú en esa región -o sea, la definición del espacio nacional- tenía cientos de años de realidad.
Bákula reivindica las políticas de entendimiento y coordinación de los gobiernos de Ecuador y Perú iniciadas en 1970. Cita el caso concreto de la represa de Poechos en Piura. El 80% de las aguas que riegan, enriquecen y benefician al departamento de Piura provienen de las vertientes ecuatorianas. En esa zona no hubieron más inconvenientes, nunca más un solo disparo. Cuando la incursión en Paquisha (1981) y el conflicto del Cenepa (1995), las reacciones de las poblaciones de esa zona de frontera fueron manifestaciones a favor de la paz.

 

Los aguarunas, las víctimas de la guerra

El embajador Juan Miguel Bákula sostiene que en los años 50, al comienzo de un programa de asentamiento y culturización de los grupos aguarunas en las riberas del río Cenepa -promovido por los jesuitas- llegaron a contarse 8 mil nativos de esa etnia.
Y que, medio siglo más tarde, en enero de 1995, cuando estalló el conflicto con el Ecuador, la población aguaruna había aumentado a 45 mil personas. Sentencia luego: "Después, yo no sé cuántos han quedado".
Lo interrumpimos para preguntarle si acaso no estaba sugiriendo una política de exterminio.
-No -respondió-, simplemente de desconfianza.
Como esa gente tenía una hermandad étnica con los grupos nativos del lado ecuatoriano, con los shuar, no diría que fueron perseguidos, pero sí marginados durante el conflicto.
"Se destruyeron sus documentos de identidad y, simplemente, se pasó a considerarlos espías. Mientras existió la llamada Sexta Región Militar se paralizó totalmente la política de concentración, culturización y alfabetización de aguarunas y huambisas. Lo que se hizo con ellos es algo que no me atrevo a calificar", afirma rotundamente.
"En este momento nadie puede dar cuenta de cuál es la realidad humana en la provincia de Concorcanqui (departamento de Amazonas), asiento de la población aguaruna", concluye el embajador Juan Miguel Bákula.
La misión de los jesuitas a la que él se refiere, tiene su sede en Santa María de Nieva, en el mismo departamento de Amazonas. En los años 50 establecieron 20 puntos con educación escolar en la cuenca del Cenepa y alrededor de esos puntos comenzaron a agrupar a los aguarunas.

 

"A Fujimori lo protegen sus compadres"

"El ex presidente Alberto Fujimori midió exactamente el sistema de seguridad al que iba a acogerse. Ese sistema no es el de la ley, no. Es una seguridad política que le brindan aquellos que han sido sus congéneres, sus compadres. O sea, los grupos políticos japoneses con los que él ha trabajado y con los que mantiene compromisos personales", opina Miguel Bákula.
El embajador considera que este es un elemento que nos ha confundido, porque hemos dado un peso extraordinario a la idea de que el planteamiento jurídico es lo definitivo.