Psicosociales

 Los peruanos tuvimos nuestros años dorados del psicosocial. Coincidieron con el gobierno de Alberto Fujimori

 Los peruanos tuvimos nuestros años dorados del psicosocial. Coincidieron con el gobierno de Alberto Fujimori

Tuvo una vida bastante breve la denuncia de Alan García, quien por estos días apareció en la puerta de su casa para denunciar la presencia de un patrullero con equipos de interceptación telefónica enviado para espiarlo. El gobierno la desvirtuó pronto, cuando explicó que la unidad servía para la transmisión de imágenes, tenía placas del Ministerio del Interior y se encontraba ahí como parte del operativo de seguridad solicitado por el entorno del propio expresidente.

Este intento fallido ha revivido el término «psicosocial», usado para referirse a esa larga tradición de invenciones más o menos logradas o fantasiosas, diseñadas para distraer o manipular a la opinión pública. Quizá el más conocido sea la «Provocación de Gleiwitz», que detonó el inicio de la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Alemania a Polonia. Consistió en el ataque de una columna de soldados nazis disfrazados de polacos a una emisora de radio alemana, para difundir un breve mensaje animando a la minoría polaca de Silesia a levantarse en armas contra Adolf Hitler. 

Como prueba del ataque, los soldados dejaron varios cadáveres de prisioneros del campo de concentración de Dachau, a quienes habían vestido con uniformes polacos.

Los psicosociales fueron elevados a la categoría de arte siniestro de la mano de Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich. En 1950, el investigador Leonard W. Dobb sistematizó sus técnicas y principios, en lo que podríamos llamar el decálogo de la cortina de humo. Algunos eran: la necesidad de recabar información sobre la población sobre la que se quiere actuar, la anticipación de las consecuencias de cualquier acción que se pretende tomar, que la propaganda debe ser atractiva y estar difundida por un medio masivo, que solo será útil cuando tenga forma de verdad y no se la pueda contradecir, que debe aplicarse en la coyuntura adecuada —etiquetando a las personas y los eventos con frases llamativas o slogans— y que debe concentrar el odio de las masas en objetivos específicos.

Los peruanos tuvimos nuestros años dorados del psicosocial. Coincidieron con el gobierno de Alberto Fujimori. Por ese entonces, Vladimiro Montesinos montó un equipo de especialistas comandado por Segisfredo Luza, un psiquiatra con antecedentes por matar de 15 balazos a un hombre que salía con su pareja.

Su primer psicosocial exitoso fue la intoxicación del todavía candidato Fujimori con bacalao, que se lanzó para incumplir la promesa de presentar un plan de gobierno. Luego vinieron la historia de la virgen que comenzó a llorar en una humilde cabaña de Carmen de la Legua, las denuncias por acoso que Susy Díaz lanzó contra el también parlamentario Miguel Ciccia o el minucioso interrogatorio a las vedettes que habían frecuentado al narcotraficante Demetrio Chávez Peñaherrera, alias «Vaticano».

Los psicosociales suelen funcionar mejor cuando se los planifica y son parte de una ofensiva. Son raras las veces en que se ven coronados con el éxito cuando se los improvisa sobre la marcha y como mecanismo de defensa. Entonces por lo general quedan expuestas sus costuras, se notan sus defectos y pueden revolverse contra quien los lanza, al quedar en evidencia sus intentos de manipular y las intenciones con que lo hace. Eso sin hablar del papelón que lo acompaña.
 

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