Senadores

Un Senado puede ayudar, pero la idea de una panacea para las limitaciones de parlamentos recientes es engañosa.

Un Senado puede ayudar, pero la idea de una panacea para las limitaciones de parlamentos recientes es engañosa.

De setiembre a octubre la bicameralidad perdió su estrecha mayoría a favor en la encuesta Ipsos, de 53% a 35%. ¿Por qué? Es probable que haya sido un endoso de opinión: Martín Vizcarra había pedido no votar por ese punto del referendo. Todavía no hay cifras de noviembre sobre un nuevo Senado, ahora que las cosas cambiaron a su favor.

Cuando el Senado fue desaparecido en el golpe de 1992 se le consideraba superfluo, y el argumento fue que atentaba contra la necesaria agilidad del Congreso. Pero la idea encubierta era que sin senadores al lado la cámara única sería más fácil de manipular por parte del Ejecutivo autoritario que estaba naciendo, como de hecho fue.

Casi 30 años más tarde la percepción del Senado ha cambiado, y ahora se tiende a verlo como un positivo contrapeso a todos los defectos y limitaciones de la cámara única. Un poder legislativo compartido, y una segunda oportunidad para la reflexión, capaz de atenuar los furores de un unicameralismo siempre bisoño.

Además los simpatizantes de un Senado piensan en una corporación de gente mayor, aunque el mínimo de 35 años no garantiza que se forme un consejo de ancianos, como en efecto se dio en pasados congresos. La imagen de sobriedad madura es fuerte, y ciertamente va a pesar en los resultados del referendo dentro de un mes.

En el actual Congreso hay integrantes de más edad y experiencia que efectivamente aparecen como un grupo diferenciado, transpartidario, con algunos méritos operativos específicos. Pocos se fijan en la gente de cierta edad que simplemente se confunde con el decorado del hemiciclo, para solo reaparecer en las maratones oratorias.

Un Senado puede ayudar, pero la idea de una panacea para las limitaciones de parlamentos recientes es engañosa. El funcionamiento de los senados modernos los muestra con una actuación muy parecida a la de las cámaras bajas. La clave de esto no está en la edad o la división en dos salas, sino en la calidad de los partidos que forman un Congreso.

Quizás lo más importante en este punto del referendo esté en la disposición de los gobernantes y de la ciudadanía a hacer cambios en un sistema parlamentario cuyo prestigio se encuentra, como se dice en Argentina, en la mishiadura.

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