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Elisa Loncón: “La política en Chile es muy conservadora”

En exclusiva, la presidenta de la Convención Constitucional de Chile, Elisa Loncón, habla con Domingo sobre el movimiento mapuche, su historia de vida y el reto de construir una constitución para un país que desconfía de todas las fuerzas políticas.

Elisa Loncón cuenta que, a inicios de la década de los noventa, los mapuches decidieron romper con los partidos de izquierda y de derecha. Foto: difusión.
Elisa Loncón cuenta que, a inicios de la década de los noventa, los mapuches decidieron romper con los partidos de izquierda y de derecha. Foto: difusión.
Emilio Camacho

“¡Mari, mari, pu lamngen! ¡Mari, mari, kom pu che! ¡Mari mari Chile mapu! (Un saludo hermanos y hermanas, un saludo a todas las personas, un saludo al país de Chile)”. Es el domingo 4 de julio en la antigua sede del Congreso Nacional de Chile. La representante mapuche Elisa Loncón acaba de ser elegida como presidenta de la Convención Constituyente de ese país y da su primer discurso en mapudungún, su lengua materna. Escoltada por una funcionaria del Tribunal Calificador de Elecciones y Francisca Linconao, otra representante mapuche, levanta la bandera wenufoye, que representa a su pueblo. Es una postal que se viralizará rápidamente, como lo hicieron en su momento las imágenes del estallido social de Santiago en 2019. El nuevo rostro de la política chilena no es de izquierda ni de derecha, no tiene los modos de los líderes de la desaparecida Concertación, ni los recursos de un presidente como Sebastián Piñera. Nació en Traiguén, en la Región de la Araucanía, a 659 kilómetros de Santiago. Su condición de bilingüe la acercó a la academia y luego al activismo. Hoy, su inmenso reto es construir una constitución que sea aceptada por un país que ya no cree en los partidos ni en lo que representan.

Le dicen lamngen, ¿qué significa?

Hermana. En mapudungún, en mi lengua materna, es hermana. Nosotros nos tratamos de lamngen.

¿Y esa palabra, lamngen, se usa mucho ahora en las salas, en las oficinas de la Convención Constituyente?

Sí, lamngen. Yo soy la lamngen presidenta, soy la hermana presidenta.

¿Y la usan sus críticos?

La usan en la convención. Me preguntaron cómo quería que me llamaran. En vez de decirme señora presidenta o etcétera, pedí que me dijeran lamngen presidenta.

Y entiendo que Loncón, su apellido, también deriva de una voz mapuche que quiere decir cabeza o la persona que se pone a la cabeza de un grupo. ¿Es correcto?

Sí, sí.

Digamos que ahí estaba un poco su destino. Era una predestinada para encabezar una cosa tan importante.

Tal vez … (se ríe).

Es interesante hablar con usted de las palabras, porque ha dedicado su vida a la defensa y al reconocimiento del mapudungún, la lengua mapuche. Lo que me preguntaba es si usted de niña fue discriminada alguna vez por hablar este idioma.

Bueno, sí y no. No, porque me crié en una comunidad y estudié hasta los nueve años allí. En la comunidad no había discriminación entre nosotros, porque la lengua de la escuela era el español. Cuando yo llegué a la ciudad, ya sabía español y, en realidad, en mi casa se hablaban los dos idiomas. Yo prácticamente soy bilingüe de cuna. Nací en un espacio donde existían las dos lenguas. Pero cuando yo fui a la ciudad ahí sí sentí discriminación, discriminación racial. Más que por el idioma, por mi apellido y por mi forma de ser, la forma de vestir, la forma de hablar, pero no porque no supiera el español.

Entiendo. Era más una cosa por el grupo al que usted pertenecía.

Claro, claro. Y sobre todo por el apellido, porque por el apellido uno sabe inmediatamente quién es mapuche y quién no.

Y usted tiene un apellido muy fuerte.

Loncón y Antileo. Los dos son mapuches.

¿Qué le decía su madre cuando le ocurrían ese tipo de situaciones? Cuando la discriminaban por la manera en la que vestía.

Lo que pasa es que mi mamá siempre vistió el traje mapuche. Mi abuela, mi tía, y yo. Al entrar a la escuela vestí uniforme, solo que mi uniforme no era completo. Era distinto. Por eso me discriminaban, lo que ya era una discriminación incluso de clase. Por otro lado, mi familia completa nos inculcó valores desde pequeños, porque acá en Chile el concepto de indio es un concepto peyorativo, es un concepto que menosprecia al otro. Y los mapuches nunca hemos aceptado que nos digan indios, porque nosotros tenemos nuestro nombre de pueblo, y ese es mapuche, “gente de la tierra”. Y en mi casa, lo primero que me enseñaron, cuando me tenía que enfrentar con gente no indígena, era a defender eso, mi condición de mapuche, y a aclarar que significaba “gente de la tierra”. Y que no éramos indios, que indios son de otro continente.

¿Eso se lo decía su mamá?

La mamá y el papá. Los dos.

A mí me parece muy significativa la relación que usted tuvo con su madre, que acaba de fallecer. Ha contado en una entrevista para el diario El Mercurio, que ella fue a votar a los 86 años, y se emocionó mucho cuando usted ganó. Y lo primero que le dijo fue: “Ganamos, hija”.

No. Me dijo: “Por fin ganamos, hija”. Yo estaba acá en Santiago y se estaba transmitiendo por televisión la elección de la presidencia de la convención, y ella estaba siguiendo la votación. Entonces, el narrador que contaba los votos decía “Loncón…”, después “Loncón”, y así. De ahí terminó, y mi mamá se levantó, feliz, porque ellos siempre imaginaron que algún día los mapuches íbamos a lograr representación y que íbamos a estar compartiendo poder político. Fue una lucha larga.

El colegio fue más o menos duro. ¿Cómo fue la universidad?

Fue compleja también. Compleja por cuestiones económicas, compleja por el tema de la dictadura. Hice la universidad en los años ochenta, cuando estábamos en plena dictadura. Cuando no había recursos para estudiar, porque no había ingresos en mi familia. Mi padre era mueblista, hacía muebles del hogar, y los vendía. Y había recursos cuando vendía un mueble y cuando no, no había. Muchas veces no había forma de comprar los libros, pero yo me las arreglaba...

¿Usted también trabajó en su época universitaria?

Todos los veranos trabajaba, de empleada doméstica, de cuidadora de niños, a veces de cocinera, siempre estuve trabajando.

¿En Santiago o en otra región?

No, en regiones turísticas. En Pucón, un lugar muy bonito, donde se va toda la clase media alta a veranear. Ahí trabajaba yo. Estaba cuatro meses allí, juntaba el dinero para los gastos básicos, así pude estudiar.

Ha mencionado que los ochentas fueron momentos convulsos por la dictadura del general Augusto Pinochet, ¿usted participó en alguna manifestación contra el régimen?

Siempre.

¿Siempre?

Siempre. Porque venía de generaciones que habían luchado, los abuelos, los padres. Teníamos plena conciencia de que era una dictadura, y teníamos plena conciencia de que había derechos que defender. Nunca estuve en otra posición. Llegué a Santiago. Llegué a Temuco, a la ciudad, y empecé a participar con los estudiantes universitarios y así me fui involucrando.

¿Y no había riesgo de participar en las protestas?

Todos los días había riesgo. Así nos jugamos la vida, a veces por rayar una muralla te podían matar, ¿no? Todos sabíamos eso.

¿Por qué decidió estudiar el inglés?

Yo soy bilingüe de cuna y yo disfruté mucho esa condición de ser hablante de dos idiomas. Vinculé a la felicidad y al juego con las lenguas. Y, por otro lado, en mi familia hay mucha oralidad. Mi padre era un gran orador mapuche. Y había una alta valoración del idioma oral y de la palabra en mi comunidad, en mi familia. Entonces, la lengua era de lejos lo mejor que teníamos. Era como nos enseñaron a ser personas también. Por otro lado, también había contacto con gente que llegaba a la comunidad. Por ejemplo, después del terremoto del sesenta (ocurrido en Valdivia, de una magnitud de 9 grados), llegó gente de toda Latinoamérica, llegó gente del Cuerpo de Paz a la comunidad indígena, y llegaron por mi zona también, hablantes de lengua inglesa. A mi abuelo, como era dirigente, le tocó muchas veces recibirlos y convivir con ellos. El tema es que yo me propuse estudiar inglés y lo aprendí, y eso me sirvió mucho para reflexionar sobre mi condición de hablante de lengua mapudungún. Porque yo nunca pensé analizar el idioma, pero al estudiar otra lengua, en este caso el inglés, aprendí conocimiento teórico sobre la gramática, sobre la fonética que atraviesa todas las lenguas, sobre las estructuras morfológicas, y eso me permitió tener una reflexión respecto a mi propio idioma. En realidad, estudiar inglés, para mí, fue como el puente para volver al mapudungún de una manera más teórica.

El inglés también le permitió explorar un poco el mundo. Estuvo, por ejemplo, en Holanda. Mientras en Sudamérica había rezagos de dictadura, Holanda era un país súper liberal que apostaba por el matrimonio de personas del mismo género.

La carrera te pone en esa perspectiva. Esa época era así. No había películas dobladas, lo más que uno podía hacer era escuchar música en cassette, en la radio, que era el único contacto que teníamos con el idioma inglés. Entonces, el tema de Holanda es que había un programa de derechos humanos para el Tercer Mundo. Y una persona presentó mis antecedentes, mi currículum, al programa del Instituto de Estudios Sociales de La Haya. Yo no sabía, y de repente me encontré con que había sido aceptada. Ya había terminado la carrera, entonces mis padres me dijeron que estaba bien, que debía viajar. Era muy joven. Tenía 23 años en ese entonces. Y me fui a Holanda, a compartir la experiencia con otros tercermundistas en el primer mundo. Y ahí en Holanda estaba toda la diversidad sexual instalada. Las parejas eran libres de andar con quien quisieran. Existía también una apertura a la cuestión de la droga, de la marihuana. Fue una experiencia muy importante porque pude convivir con una diversidad de países, de personas, de lenguas. Eso para mí fue fundamental.

Vi que publicó junto a otras dos autoras un libro sobre la relación entre Violeta Parra y el canto mapuche. Siento que ese libro la acercó, de alguna manera, a uno de los indigenistas más respetados del Perú: José María Arguedas.

Sí. Lo leímos a Arguedas cuando estuvo acá en Concepción. Revisamos su biografía, su obra, porque él y su trabajo conversan con lo que hizo Violeta Parra en el canto y la poesía. Porque el canto de Violeta es una poesía también. Y con una visión indígena, que también es lo que hizo Arguedas. Para nosotros fue especial ese libro de Violeta Parra, importante, porque se basa en un registro que dejó Violeta Parra el año 57, en archivos sonoros, y que después, una de nuestras compañeras, autora del libro, encontró. Y allí está el relato de Violeta con las mujeres cantoras de mapudungún. Ellas hablan mapudungún y ella habla castellano. Se da una relación así. Y, claro, para ver qué contenían los archivos, obvio que tenía que estar una persona que conociera la lengua y es por eso que yo participé de ese proyecto, invitada por Paula Miranda.

¿Y fue a partir de este proyecto que descubrió a Arguedas o ya lo había conocido antes?

Yo lo había conocido a partir de la literatura.

En 1992, cuando se recordaba la llegada de Colón a América y Patricio Aylwin gobernaba Chile, las organizaciones mapuches crearon la bandera Wenufoye. ¿Usted participó de alguna manera en el diseño, en la concepción de esta bandera?

Sí, sí.

¿Cómo fue eso?

A fines de los ochenta, y a partir de la emergencia del movimiento indígena a nivel latinoamericano, y la autonomía que lograron en la Costa Atlántica, los Rama, los Misquitos, de Nicaragua, se fue acentuando la idea de que era posible la autonomía de las naciones originarias. Allí nosotros nos planteamos separarnos de las relaciones que teníamos con los partidos políticos de izquierda, de derecha, cristianos. Porque considerábamos que nosotros, como pueblo, con una forma de pensar el mundo, teníamos nuestra propia autoridad originaria y nuestra forma de liderar. Era un contexto de descolonización política e ideológica. Un partido político de izquierda o de centro, o de lo que sea, lleva el pensamiento de ese partido, qué sé yo, el marxismo, la lucha de clases, los modelos neoliberales. Pero, ¿y qué había del indígena respecto a su proyecto de vida? Nosotros tenemos vidas que son articuladas en comunidad, con liderazgo horizontal, en relación con la Madre Tierra. Y en ese momento, al asumir lo propio y dejar lo no indígena de lado, nos planteamos crear la bandera para exteriorizar la identidad mapuche.

Como un símbolo.

Como símbolo. Y se construyó a partir del relato oral de las comunidades. Hubo trescientos proyectos de bandera, que después llegaron a cinco. Y después de los cinco, quedó uno. En esa bandera está escrita, a través del color, la lucha de los mapuches por la tierra, por eso el color rojo. Está la madre naturaleza a través del color verde. Está el azul que tiene que ver con el vínculo espiritual. Está lo amarillo que tiene que ver con el sol. Las grecas tienen que ver con el trabajo de las mujeres. Y al medio el cultrún, que es un tambor ceremonial, en el que están los puntos cardinales.

¿Estuvo en la marcha del 25 de octubre del 2019, la más grande del estallido social?

Sí, todos participamos. Fue un ejercicio de autodeterminación de la gente, que nadie planeó. Y era impresionante como salían los jóvenes, las mujeres, cada uno, las familias, porque ya estábamos en el fondo. La gente tomó la decisión de cambiar los problemas que Chile tiene. Y eso tenía un nombre, la Constitución Política del Estado que instaló la dictadura, y que fue creando el modelo neoliberal, que amparó la restricción de todos los derechos sociales.

Hay momentos icónicos en esa marcha. Recuerdo, por ejemplo, la fotografía de un joven que sostiene la bandera Wenufoye sobre el monumento del general Baquedano. Creo que es el símbolo de esa marcha.

Fue interesante, porque después yo tuve que ir a una actividad académica a un lugar que se llama Providence, en Nueva York, y me acuerdo que tomé un taxi. Y me dice el taxista: “¿Usted viene de Chile?”. “Sí”, le respondí. “¿Mapuche?”, me dijo, sorprendido. Y era un taxista que no tenía idea de nosotros, pero estaban muy impactados por el tema de la bandera.

Otra imagen histórica es la de usted dando su primer discurso como presidenta de la Convención Constituyente, llamando a cambiar Chile en una nación intercultural y plurinacional. ¿Qué recuerda de ese día?

Bueno, es un día que sintetiza todas las luchas, pienso yo. La que dieron los antepasados, los padres nuestros, el pueblo de Chile que salió a marchar con la bandera, como que todo eso, de repente, convergió en la elección de una mujer mapuche, académica. Ahí fui nombrada y apoyada por el pueblo de Chile y sus representaciones políticas, porque por mí votaron no solo los indígenas, sino las otras representaciones políticas. Por eso es que salí electa. Esa figura dialoga con la de la bandera: se fue la bandera, después yo quedé a la cabeza de la convención, y aquí estoy ahora con ese mismo apoyo.

Hay algunas anécdotas sobre ese momento, dicen que usted no pudo leer su verdadero discurso porque olvidó los lentes.

(Se ríe) Sí. Lo que pasa es que antes de llegar ese día tampoco sabíamos que podíamos ser electos. Y un amigo, un compañero, dice: “Bueno, yo te voy a hacer un discurso por si eres electa”. Y después, yo cuando ya llegué, andaba sin los lentes, pero por otro lado estaba muy sobrepasada por la emoción. Y en ese contexto, para mí era mejor hablar que leer, y obviamente no tomé el texto, y no era igual el discurso del texto a lo que yo dije. Yo articulé imágenes de un proceso histórico que muchas veces sentí, que muchas veces miramos, que muchas veces dijimos: “algún día vamos a poder unirnos en torno a las diferencias”. Chile ha sido un país bastante conservador, la política sobre todo es muy conservadora. Pero para mí ya es inconcebible maniobrar para negar los derechos del otro, y por lo tanto esta Constitución tiene que ser inclusiva, que reconozca los derechos de todos.

En su discurso habló de un Chile intercultural y plurinacional, ¿la mayoría de chilenos comparten esa misma visión?

Yo creo que, a partir del estallido social, si todos tomaron la bandera, ese hecho es un símbolo. Ese símbolo tiene más fuerza que, tal vez, las dudas que puede haber respecto a asumir la diversidad, la plurinacionalidad. Porque, en el fondo, asumir la plurinacionalidad implica una convivencia de respeto, de conocimiento y valoración del otro. Entonces, el pueblo de Chile cuando tomó la bandera mapuche, la llevó, la alzó, reconoció la lógica de este pueblo que resiste por derecho y por la historia.

Hay gente que teme que los pedidos de autonomía del pueblo mapuche en realidad lo que buscan es un régimen distinto para ellos, que ellos se conviertan en una especie de pequeño estado dentro de otro estado.

Nunca hemos hablado de eso. Los pueblos originarios no estamos pensando en estados dentro de otros estados, estamos pensando en una constitución plurinacional, que albergue todas las nacionalidades, y obviamente todas las regiones. Y la gestión de autonomía es la autonomía que necesitan las regiones. Chile es un país centralizado, donde las decisiones se construyen acá en la capital, Santiago, y las regiones están empobrecidas. Las regiones no participan de la planificación de su propia visión del mundo, de lo que entienden por desarrollo, y las regiones están tan pobres como los estamos los mapuches en nuestro territorio.

Habla de la izquierda como de algo lejano. ¿Alguna vez se consideró como una mujer de izquierda?

Lo que pasa es que el ejercicio de la lejanía tiene que ver con el tema de la descolonización.

Lo que me contó de la reunión y la bandera.

Sí. Pero no es ser simplemente lejana de la izquierda, sino lejana del pensamiento eurocéntrico, que está en la derecha y en la izquierda. Yo he dicho que entender la nueva situación política social de Chile requiere hacer un ejercicio de incorporar nuevos paradigmas, de asumir que tanto la izquierda y la derecha se fueron en contra de las naciones originarias y de la madre naturaleza.

¿Votó alguna vez por la Concertación?

Sí.

¿Y se quedó satisfecha con esa votación o la decepcionaron?

No, porque nosotros como pueblo originarios nunca fuimos asumidos en nuestros derechos.

¿Habrá para las elecciones de noviembre un candidato mapuche?

No lo sabemos, pero yo como presidenta de la Convención he hecho grandes esfuerzos para aislar el proceso convencional de la coyuntura política, porque nosotros necesitamos pensar en Chile más allá de eso.