Cultural

Federico Kauffmann, el arqueólogo que José María Arguedas escogió como compañero de viaje: 'Los peruanos somos menos amables ahora'

La República conversó con una de las figuras más singulares que ha dado esta patria: el doctor Federico Kauffmann, arqueólogo y descubridor de diversos sitios que hoy son patrimonio cultural del país y de la humanidad, aunque todavía guardan muchos enigmas.

El investigador Federico Kauffmann, de 98 años, adelantó los temas que expondrá mañana en Lima, en la presentación de su libro Cosmos Andino.
El investigador Federico Kauffmann, de 98 años, adelantó los temas que expondrá mañana en Lima, en la presentación de su libro Cosmos Andino. | La República | Marco Cotrina

Federico Kauffmann, hoy de 98 años, es conocido sobre todo por sus expediciones a la zona nororiental del país, particularmente a la cultura Chachapoyas. Esta entrevista coincide con la presentación de la edición completa y revisada de su libro Cosmos Andino, publicado por primera vez hace más de 20 años por esta casa editorial.

—Alejandro Céspedes García: Doctor Kauffmann, muchísimas gracias por recibirnos. Antes de comenzar, hablábamos de sus orígenes, porque usted es natural del norte peruano y transitó por esas tierras desde antes de nacer. ¿Cómo siente ese vínculo y cómo cree que dio forma a su vocación de arqueólogo?

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—Dr. Kauffmann: En primer lugar, muchísimas gracias por sus palabras. Mis padres, mi padre alemán y mi madre lambayecana, vivían y trabajaban en la parte oriental del país, en la margen derecha, en la parte alta del río Marañón. Yo no nací allí, pero fui engendrado allí. Nací en Chiclayo, de donde eran mis antepasados: Chiclayo y Lambayeque. A los tres años, después de haber sido cuidado por mi abuela materna, mis padres me llevaron de vuelta al sitio donde trabajaban, un pequeño pueblo llamado Cocochillo, hoy conocido como Campo Redondo.

Allí crecí durante siete años, con poncho y sandalias, porque mis padres entendían que debía vestirme así para no llamar la atención como un forastero. Recuerdo que, apenas llegué con mi terno normal de Chiclayo, los niños del lugar me miraban y salían corriendo. Después de unos días, mis padres ya me habían adaptado a la vida del sitio.

Recuerdo que mi padre me preguntó si quería seguir usando zapatos, porque era muy duro caminar como los demás, con ojotas entre semana y descalzos, salvo los domingos para la misa. Le dije que no importaba, que quería vestir como los demás y no ser visto como un bicho raro. Me hizo caminar un trecho sin zapatos para probar y, aunque me dolió bastante, le dije que no sentía nada. Así me crié durante siete años como un niño más de esa zona límite entre la sierra y la selva, donde el bosque amazónico sube hasta los 3.000 metros y se transforma poco a poco en lo que los geógrafos llaman bosque enano.

—Alejandro Céspedes García: Preparando esta entrevista, revisé los trabajos que usted nos hizo llegar, una obra que no es de uno ni dos años, sino de casi toda una vida. ¿Cuál cree que es el valor fundamental de esta obra para el país?

—Dr. Kauffmann: Da una idea general de todo nuestro pasado arqueológico, desde los tiempos más remotos, hace ocho o 10 mil años. He trabajado mucho para que pueda ser entendida por cualquier persona que haya terminado la secundaria, y no solo por un puñado de arqueólogos. Sin querer criticar a mis colegas, generalmente los arqueólogos escriben para otros arqueólogos y el público general no los entiende. Por eso me esforcé en simplificar el lenguaje sin desviarme del rigor científico.

—Alejandro Céspedes García: Algo que destaca en todo este proyecto de vida es la persistencia. ¿Cree que sin esa persistencia habría logrado lo que hoy tenemos entre manos?

—Dr. Kauffmann: No hubiera sido posible. En este libro hay conclusiones personales que explico de la forma más sencilla posible. Tengo, además, unas 200 publicaciones donde sí escribo para mis colegas arqueólogos.

Ser arqueólogo en el Perú es amar al país, amar la profundidad de su historia, saber cómo era hace 10 mil años, hace cinco mil, en la época de los incas, de los chachapoyas, de los chimús. El peruano en general ama su pasado y quiere saber más, pero no debe caer en la patriotería, que es distinta del patriotismo. A veces se encuentra un objeto y se dice que es oro sin verificarlo, y hay que ser conscientes de eso.

Por ejemplo, antes se decía que Machu Picchu era el palacio de un inca adonde iba a descansar. Eso no era así. Machu Picchu tenía un lado arquitectónico, sobre un santuario, y también sitios donde trabajaba la gente en inmensos andenes construidos sobre terrenos en declive, muchos de ellos todavía sepultados por el bosque.

Era, en realidad, un sitio de acopio de alimentos para enviarlos al Cusco. Con el fortalecimiento de la agricultura creció la población, y esa población demandaba más tierras cultivables. La tecnología permitió llevar agua desde lagunas cercanas y mejorar los cultivos, hasta que ya no quedaron laderas disponibles y fue necesario construir campos artificiales: los andenes. No los hicieron por gusto, sino porque la población lo exigía.

—Alejandro Céspedes García: Usted habla de la diferencia entre el patriotismo real y la fantasía sobre lo que no tenemos.

—Dr. Kauffmann: Así es. El territorio peruano es varias veces más grande que Alemania o Suiza, pero tenemos una costa árida donde apenas 30 o 40 ríos permiten vivir, y en la sierra los valles son estrechos, no como los amplios valles de Europa. Lo abrupto de nuestra cordillera es enorme.

—Alejandro Céspedes García: Escuchándolo, pienso en esa capacidad de resiliencia de las culturas para adaptarse y desarrollar tecnología y arquitectura. Y encuentro una paradoja, porque hoy la zona amazónica oriental está bastante abandonada. ¿Cómo ve usted esa paradoja desde su mirada de arqueólogo?

—Dr. Kauffmann: La ecología y el ambiente contribuyen mucho al desarrollo de las culturas. Los pueblos amazónicos nunca crecieron al punto de cubrir toda la Amazonía; existen pequeños grupos, los llamados chunchos, de cinco o 10 familias. Ellos no necesitan arar la tierra porque tienen animales, frutas y alimento a la mano. Con una cerbatana consiguen un ave, tienen yuca y chicha, y con eso les basta. Como el calor es fuerte, tampoco tuvieron necesidad de desarrollar tejidos elaborados como los antiguos peruanos que vivían a tres, cuatro o cinco mil metros de altura.

En la sierra, en cambio, la necesidad de sobrevivir obligó a levantar una cultura, algo que los amazónicos no necesitaron porque ya tenían todo a la mano. Hoy se ha olvidado un poco la importancia de lo ecológico en la formación del Estado, cuando fue determinante para las culturas antiguas y debería seguir siendo un aprendizaje para las nuevas.

—Alejandro Céspedes García: Hablemos de Cuélap. Usted fue una de las personas centrales en su estudio. ¿Cuál es su principal valor para el desarrollo de las culturas del nororiente?

—Dr. Kauffmann: Cuélap es magistral. En la cúspide de un cerro se levanta una muralla de hasta 20 metros de altura, que encierra una superficie llana donde hay entre 200 y 300 construcciones circulares pequeñas. Durante un tiempo se pensó que allí vivía un pueblo, pero, al investigar el problema de la alimentación y sin olvidar los fenómenos climáticos adversos que atrasaban las lluvias o traían tormentas, llegué a la conclusión de que eran reservorios.

De esos fenómenos climáticos surgía la religiosidad suprema del antiguo Perú. La gente estaba obligada a rendir homenaje a la divinidad que manejaba el agua. Hasta hoy, en pueblos pequeños, se practican los llamados tinkamientos, ofrendas a esa divinidad del agua para pedir buen clima, con chicha, cuyes y hasta llamas. Es dar para recibir, igual que la tinka actual, en la que se apuesta una cantidad pequeña esperando recibir mucho más.

—Alejandro Céspedes García: ¿Cómo puede un peruano ser patriota sin caer en la patriotería?

—Dr. Kauffmann: Hay que enseñarlo desde el colegio. Hay que decir, por ejemplo, que en Cuélap vivían solo los grandes, los que dominaban, y que ese grupo exigía a los campesinos un porcentaje de lo que producían. Cuando llegaba un cataclismo climático, esos reservorios entregaban alimento a los campesinos, que quedaban contentos y seguían sirviendo a ese grupo dominante. Tener ese sentido de realidad, y no solo la fantasía sobre lo que no tenemos, le cuesta mucho al peruano.

—Alejandro Céspedes García: Revisando su historia de vida, usted estudió en San Marcos y tuvo grandes maestros, entre ellos Jorge Basadre y José María Arguedas. Cuénteme sobre ese vínculo con Arguedas.

—Dr. Kauffmann: Con Arguedas viajé a Huancavelica. Me invitó a acompañarlo a una festividad y, naturalmente, acepté. Arguedas me tenía aprecio porque sentía que yo era un peruano de corazón, a pesar de mis apellidos, uno de origen alemán y otro escocés.

Hagamos también un poco de arqueología de mis propios antepasados, porque por otro lado también soy moche. Lo he dicho siempre con orgullo: tengo el honor de descender de los tres troncos raciales de la humanidad, el europeo por mi padre, el asiático por los antiguos peruanos que llegaron desde Asia y el africano, porque mi bisabuela tenía sangre morena, aunque no he podido confirmar si descendía de los zulúes.

—Alejandro Céspedes García: ¿Cómo influyó Porras Barrenechea en su formación?

—Dr. Kauffmann: Tuve la suerte de presentar una tesis sobre los antecedentes escritos que tocaban Chavín, revisando las crónicas coloniales y republicanas. Era un trabajo que le agradaba a Porras. Cuando fue nombrado embajador, yo era muy joven todavía. Lo acompañaba en la cátedra Félix Álvarez Brun, ancashino y también profesor mío. Porras dictaba clases solo una vez por semana por sus otras ocupaciones, y yo quedé como auxiliar de la cátedra. Al fallecer él, me quedé a cargo de la cátedra.

Enseñé en San Marcos hasta que, en 1968, cuando asumió el general Velasco, la Federación Universitaria me expulsó, porque suponían que yo era aprista. Nunca pertenecí a ningún partido, ni de izquierda ni de derecha, solo a mis libros. Dependía directamente del rectorado, y el rector en ese momento era de apellido Sánchez, así que me vincularon con él sin fundamento.

Cuando me expulsaron, muchos profesores expresaron públicamente su solidaridad, entre ellos Jorge Basadre Grohmann, historiador y ministro de Educación; Carlos Neuhaus Ugarteche; Luis E. Valcárcel; Fernando Silva Santisteban; Emilio Romero; José Agustín de la Puente Candamo; José Castro Harrison; Francisco Stastny; Rodolfo Holzmann; Jorge C. Muelle; Juan Manuel Ugarte Eléspuru y Rubén Vargas Ugarte, entre otros. Eso demuestra que sabían perfectamente que yo no era político.

—Alejandro Céspedes García: Volvamos a Arguedas y a esos viajes. ¿Cómo influyó él en sus expediciones al Perú profundo, como él mismo lo llamaba?

—Dr. Kauffmann: Uno sentía lo que sentía el maestro, y él me contagiaba ese fervor por lo peruano. Recuerdo que en aquel pueblo había que bailar huayno, y yo ya lo bailaba bien porque había pasado un año en Áncash, en Chavín. Eso le llamó la atención, porque él me consideraba muy limeño, y verme bailar como un verdadero cordillerano lo sorprendió. Fue poca experiencia, pero magnífica.

—Alejandro Céspedes García: Nos vamos acercando al final. En esta nueva edición, con sus primeros borradores, ¿con qué mirada cree que debería leerse la obra?

—Dr. Kauffmann: Está escrita no solo para arqueólogos, aunque también les sirve a ellos. Está redactada de la forma más apegada posible a la ciencia, pero de modo que cualquier persona pueda leerla, con abundantes ilustraciones. Eso fue lo que descubrió en la edición anterior el señor Paulo Pantigoso, y por eso me pidió reeditar esta obra de tres tomos y más de 1.000 páginas, que reúne muchos trabajos que antes solo llegaban a otros arqueólogos.

—Alejandro Céspedes García: En su experiencia profesional y de vida, ¿cómo ha cambiado el Perú?

—Dr. Kauffmann: El Perú que conocí cuando trabajaba, antes de cumplir 98 años como ahora, era distinto, y lo añoro. Ya no podría viajar como antes, muchas veces solo, por Apurímac, por Áncash o por cualquier sitio, para investigar y recoger las leyendas que me contaban. En esa época viajaba casi sin dinero porque la gente era muy amable, más de lo que es ahora.

En esas caminatas estuve dos veces cerca de morir, no porque la gente fuera mala. Recuerdo que, siendo todavía bachiller, acompañé al doctor Muelle, director del Museo de Antropología, a Chavín, para retirar las capas con que las tempestades habían cubierto el sitio. De regreso, me quedé cerca de Recuay, en la sierra de Áncash, con la intención de caminar hasta Guarmey en tres días.

En dos ocasiones estuve a punto de que me hicieran daño porque me confundieron con un pistaco, según la creencia de que esas figuras sacaban grasa humana para hacer funcionar maquinaria fina en Lima. En una de esas ocasiones me acerqué a una casa donde unas señoras tejían y, al verme llegar, tomaron piedras y gritaron alarmadas. En otra oportunidad, mientras viajaba por la selva baja cerca del río Ene, un grupo de comités de autodefensa armados con escopetas, que colaboraban con los militares contra el terrorismo, me confundió con un terrorista, hasta que un traductor aclaró la situación.

—Alejandro Céspedes García: Para terminar, ¿qué le diría a quienes quieren estudiar arqueología hoy y sienten que no hay futuro en esta carrera?

—Dr. Kauffmann: Es un problema real, que yo mismo viví. Cuando era director del Museo de Arqueología, un grupo de mochileros italianos que visitaba el museo me preguntó sobre una pieza, y terminé conversando con uno de ellos, que hablaba español. Al enterarse de que yo era arqueólogo, pero no tenía recursos para hacer trabajo de campo, me preguntó cuánto costaría una expedición completa. Le expliqué que se necesitaban dos etapas: una primera de reconocimiento con dos o tres personas, de unos US$6.000, y una segunda de investigación propiamente dicha, con cinco a ocho personas durante varias semanas, de unos US$7.000 u US$8.000.

Quince días después se presentó el agregado cultural de la Embajada de Italia con un sobre con US$4.000 para la primera etapa, enviado por Giancarlo Ligabue, un empresario de Venecia a quien yo había conocido antes. Hice un buen trabajo, y eso permitió financiar 17 expediciones en total, en Arequipa, Machu Picchu, Chachapoyas y otros lugares, que dieron origen a numerosos artículos publicados.

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