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Vallejo y el cáliz de España, por Eduardo González Viaña

César Vallejo apoyó al bando republicano durante la guerra civil española. Residía en París y viajó a España en dos ocasiones para participar en congresos culturales y actividades políticas.

-¿Te inspiran esas voces?

César Vallejo miró hacia su amigo Julián Loayza y trató de entender.

Loayza señaló el camino que seguía el río Sena al costado de ellos. Del agua parecían emerger murmullos.

-No me inspiran. Me hablan -replicó el poeta.

Le hablaban y le traían malas noticias. En el Perú, Antenor Orrego, su mejor amigo, andaba a salto de mata. El gobierno derechista de Óscar R. Benavides había emprendido una campaña feroz contra los militantes del APRA y del Partido Comunista.

Orrego había logrado escapar de una prisión infame. Los esbirros estaban buscándolo para encarcelarlo o darle muerte.

Serían tal vez las cuatro de la tarde, pero eso ya huele a noche en el invierno de París.

El poeta se acercó al malecón del río y le pareció escuchar miles de voces de guerreros o quizás una sola que repetía “¡No pasarán, no pasarán!”.

Estaba escuchando voces que venían de España. Allá, Francisco Franco se había sublevado contra el gobierno democrático de la República. Estaba apoyado por los dos ejércitos más poderosos del mundo, los de Hitler y Mussolini.

Entonces, su amigo lo tomó del brazo y le advirtió sobre la inconveniencia de escuchar las voces que venían del agua.

Cruzaron el Pont Neuf. De pronto, Vallejo no pudo dejar de pensar en otra noticia que le acababa de llegar. En Madrid, su otro amigo y paisano, Julio Gálvez Orrego, había caído en manos de los franquistas y estaba condenado a muerte. No tenía escapatoria Julio porque había peleado al lado las Brigadas Internacionales.

César había recibido noticias de que el joven peruano estaba resignado y le había escrito una carta a su tío Antenor Orrego haciéndole conocer su destino. Lamentablemente, esa misiva no tenía manos a las cuales llegar.

Mientras César y Julián caminaban, Julio Gálvez Orrego ya estaba en capilla.

Hay una fotografía del Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia donde aparecen César Vallejo, Pablo Neruda y Nicolás Guillén. Detrás del peruano, hay un joven vestido de uniforme. Es Julio Gálvez Orrego.

-Trata de escuchar al río y él te dará las últimas noticias -aconsejó Vallejo a su amigo Julián.

Habían llegado a la Plaza de la Concorde.

Por fin, Vallejo le dijo a Julián que durante sus años de vida parisina siempre había estado observando las torres de Notre Dame y queriendo subir hacia ellas.

César Vallejo, por Iván Fernández Dávila. Imagen: IFD.

César Vallejo, por Iván Fernández Dávila. Imagen: IFD.

El amigo aceptó y ambos se encaminaron hacia la puerta principal del templo. Cuando estaban cerca de la escalera que recorre las paredes, César Vallejo sintió que ya no podía respirar. Su amigo, entonces, lo abrazó y lo llevó a una banca. Allí descansó Vallejo y, como poeta, tal vez adivinó que aquel era el primer anuncio de lo que se venía.

Se le ocurrió que, aunque tuviera que continuarlo después de muerto, tenía que escribir un himno a los combatientes de la República.

“¡Constructores

agrícolas, civiles y guerreros,

de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito

que vosotros haríais la luz, entornando

con la muerte vuestros ojos;

que, a la caída cruel de vuestras bocas,

vendrá en siete bandejas la abundancia, todo

en el mundo será de oro súbito…”.

Habían hecho lo que se proponían: subir las escaleras y verse con los grifos y otros monstruos que habitan las paredes de Notre Dame. Curiosamente, aquellos le imponían a César cierta tranquilidad.

En esos momentos, César y Julián creyeron haber escuchado un disparo que les traía el río desde lejos, muy lejos. A ese sonido siguieron otros siete, como si fueran siete fusileros y, por fin, se escuchó el rezo de un sacerdote que proclamaba que el alma de Julito Gálvez había subido al cielo.

No hubo más caminatas por las orillas del Sena.

Vuelto a casa, el poeta escribió:

“Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: ‘¡No mueras, te amo tanto!’

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Lo pensó mucho y decidió el título. Se llamaría “Masa”. Con otros catorce poemas, “Masa” iba a formar parte de un conjunto llamado España, aparta de mí este cáliz. Tal vez sus primeros lectores no pudieron serlo porque ya habían caído.

A pesar de ello, el poeta proclamaba la resurrección de quienes han luchado para hacer frente a los malvados y para lograr que el amor y la compasión transformen al mundo.

Cuando estaba expirando el 15 de abril de 1938 no cesaba de repetir: “A España. Me voy a España”.

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