Fernando Ampuero: “Todo se lo debo a la realidad peruana, que es un festín para la literatura”
Fernando Ampuero conversó con La República sobre su último libro, Última parada (Tusquets). En esta antología, de más de 500 páginas, el escritor reúne sus cuentos más representativos y con ella, además, pone punto final a su etapa en el género breve, registro en el que nunca dejó de destacar e hizo magisterio. Ampuero pertenece a esa estirpe de escritores que siempre tiene cosas que decir. Apunten lo que dice. Ampuero sabe.

Fernando Ampuero conversó con La República sobre su último libro, Última parada (Tusquets). En esta antología, de más de 500 páginas, el escritor reúne sus cuentos más representativos y con ella, además, pone punto final a su etapa en el género breve, registro en el que nunca dejó de destacar e hizo magisterio. Ampuero pertenece a esa estirpe de escritores que siempre tiene cosas que decir. Apunten lo que dice. Ampuero sabe.
—Hay un reconocimiento, un consenso muy positivo sobre tu obra cuentística. ¿A qué se debe que ya no quieras escribir más cuentos?
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—No lo sé, en verdad. Esto todavía es un misterio para mí. Solo puedo decirte que mi decisión responde al impulso de haberme puesto a trabajar en una selección final, y que ya no deseo incrementarla con nuevos cuentos. “Basta de antologías”, me dije. “Pienso que ya es hora de darle otra oportunidad al silencio. Esta será mi última y definitiva antología”. ¿Qué haré ahora? Lo de siempre: leer mucho, sobre todo poesía, novelas y libros de cuentos (que para mí son los géneros literarios por antonomasia), y también libros de historia y biografías. Y, por supuesto, escribiré crónicas, memorias, notas sobre literatura, o lo que se me antoje.
—En tu libro Deliremos juntos (prolongación de Paren el mundo que acá me bajo), apareció el cuento “El departamento”. Este fue un texto en el que anunciabas la terrible espiral de violencia a inicios de los ochenta. Las lecturas actuales lo ubican como uno de los primeros relatos sobre el terror que se vivió en el país. ¿Qué recuerdas de la época en que lo escribiste?
—Una creciente sensación de zozobra. Por entonces, a principios de 1982, año en que publiqué 'El departamento', yo era muy joven, pero ya trabajaba como periodista en la revista Caretas; vale decir, manejaba información delicada y poco difundida sobre el terrorismo que nos golpeaba. Abundaban los feroces atentados senderistas y poco se sabía de la respuesta del Estado, que, según se hablaba en voz baja, era igualmente feroz. Mi cuento trata de un individuo inocente que tuvo la mala suerte de alquilar un departamento en el centro de Lima, en el cual había vivido un presunto subversivo. Desesperada, y con reiterada torpeza, la policía acosó a ese pobre tipo hasta convertir su vida en la pesadilla de una retahíla de equívocos. En ese terrible desasosiego, los peruanos viviríamos 10 años.
—Última parada va de 1972 al 2024. La publicación sirve también para ver la evolución de tu escritura, pero, más allá de algunos matices temáticos, tu estilo, que le debe mucho a la oralidad, es el mismo. ¿Para llegar a este estilo pasaste por el ensayo y el error, o todo fluyó naturalmente?
—Mira, mis primeros cuentos los escribí a los 19 años, y de esa cosecha solo seleccioné un par: 'Maida Sola' y 'Paren el mundo'. En cuanto a 'El departamento', lo integré en 1982, en la quinta reedición de Deliremos juntos. Estos tres cuentos ya revelan indicios de una voz narrativa propia y un estilo directo, que asumiré más tarde. Antes, desde luego, tuve mi etapa de aprendizaje: ensayé todas las estéticas que iba descubriendo. Quise ser muchos escritores; quise ser Valdelomar, quise ser Borges y Cortázar, quise ser Chéjov y Camus, quise ser todos los americanos que recogían la herencia de Hemingway y Fitzgerald. Hasta que, en los ochenta y principios de los noventa, escribí 'Malos modales' y 'Bicho raro', donde solté la mano y, de pronto, comencé a ser el escritor que soy.
—Una característica de tu narrativa es la vitalidad. En este sentido, ¿cuán importante fue para ella el periodismo? No pocos de tus argumentos salen de esta experiencia.
—Haces bien en mencionar la vitalidad, que ha sido el motor de la incursión en los diferentes escenarios de mis temas. Más claro: el periodismo, que en un primer momento consideré un mero trabajo alimenticio, terminó siendo importantísimo en mi desarrollo personal y, ya lo he dicho varias veces, me dio el salvoconducto para estar aquí y allá en el mundo, o para mirar y vivir mi época. ¡Qué mejor trabajo que aquel que nos permite ser testigo de tantos acontecimientos interesantes! Pero, en lo que concierne a las redacciones periodísticas clásicas (te hablo de la era analógica), Última parada incluye al menos dos cuentos que se destacan: 'Una vaga astrología' y 'Lobos solitarios'.
—¿Es 'Lobos solitarios' tu homenaje al periodismo?
—Más que un homenaje al periodismo, lo que yo intentaba con ese cuento era enaltecer a dos escritores atrapados en el arte de crear ficciones, o bien, a dos seres intensos que perseveraban en su anhelo de escribir una obra maestra, y a quienes los sucesivos fracasos y frustraciones no detenían. Pero, bueno, es cierto que el ejercicio del periodismo nos juntó a los tres en Caretas, en las oficinas que quedaban en el jirón Camaná. Estos personajes, que me marcaron y conmovieron de veras, batallaban con el lastre de sus ensoñaciones.

"Última parada". Imagen: Difusión.
—La práctica periodística suele ser demandante y buena parte de tu obra se desarrolla en ese periodo. ¿El cuento como género se ajustaba mejor a los tiempos libres que te dejaba el periodismo?
-Exacto; se ajustaba a la perfección: no tenía el tiempo suficiente para afrontar novelas largas, por lo que me volqué al cuento y la novela corta, aunque caí en una trampa: cuajar textos breves suele más difícil de lo que se cree. Sin embargo, me las arreglé y continué escribiendo literatura; escribí mucho, pero no publicaba, ni siquiera soñaba con hacerlo, porque esto me ocurrió en los convulsos años ochenta, donde el trabajo periodístico me tenía tomado. Algunos amigos me preguntaban si acaso había abandonado la literatura y yo les decía que no, que solo había entrado a un “receso de silencio editorial”.
-Ahora que he estado releyendo cuentos como “Taxi Driver sin Robert de Niro” o “Kim Novak en París”, pensaba en el uso de la primera persona. Se suele decir que en tu literatura está muy presente la autorreferencialidad, pero lo que me deja la relectura es que siempre has sentido mucha comodidad narrando desde la primera persona más allá de usar o no la propia experiencia.
-Te voy a citar tres rotundos principios de narraciones que me encantan: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. / “Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados”. / “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, solo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)”. A mi criterio, la primera persona gramatical pone al lector en situación, y, si el relato marcha bien, te lleva de la nariz hasta la última línea del texto. El lector siente que la historia que le cuentan es de primera mano. En mi caso específico, utilizo el ‘yo’ cuando siento que lo necesito, así como recurro a la tercera persona si requiero establecer cierta distancia y me disfrazo del hombre invisible. “Taxi Driver” y “Kim Novak”, en todo caso, son dos cuentos que perderían mucho si los contara de otra manera. En cuanto a la autorreferencialidad, no confíes tanto en el autor. Si bien algunos ‘Fernandos’ se parecen mucho a mí, otros solo son personajes que enganchan al lector, como en mi cuento “Tanta vida yo te di”. Al fin y al cabo, este lado lúdico de la literatura es uno de sus mágicos encantos.
—Hay textos de corte muy intimista. Pienso en 'Jamás en la vida'. ¿Haber escrito de tu madre fue uno de los más grandes desafíos que tuviste como escritor? Creo que es una historia difícil de escribir sin importar si se tiene o no mucha trayectoria.
—'Jamás en la vida' es mi cuento más personal, y el más doloroso de los que he escrito. Me acarreó reproches familiares; a mis primas no les gustó. Mi hermano mayor, en cambio, no me dijo nada y yo interpreté su silencio como una señal de comprensión. A veces las heridas psicológicas no nos dan tregua. 'Jamás en la vida' trata sobre mi madre, sobre la locura de mi madre, que fue una mujer maravillosa y a la que quise mucho. Ella falleció hace más de 50 años y todos los amigos y parientes de su generación también están muertos. El paso del tiempo, digamos, me dio licencia para contar una escena casi gótica que ella y yo compartimos. No diré más. Que el lector juzgue mi ausencia de mesura.

Foto inédita: Fernando Ampuero y Alfredo Bryce en la librería La Rebelde. Foto: Cortesía.
-La selección de textos va de 1972 al 2024. Una lectura social nos lleva a pensar que los relatos son un reflejo de cómo ha ido desarrollándose la sensibilidad y sociedad peruana en varias décadas. Está la tensión ideológica de los 70 y la crisis económica de los 80; y vemos igualmente estampas sentimentales como en “Tanta vida yo te di” del homónimo libro del 2024. Si eres el escritor que eres, ¿se lo debes a vivir en Perú en donde pasan tantas cosas a nivel social que incide del mismo modo en la cotidianidad?
—Coincido contigo, aunque explorar lo que ocurría a mi alrededor fue algo casual: simplemente escribía sobre el día a día. Así pues, en esta última antología, rescato 'Paren el mundo que acá me bajo', un cuento sobre adolescentes de los marihuaneros años setenta, que, dicho sea de paso, lo escribió un autor (yo) que era aún un adolescente. Y luego salté a los cuentos urbanos intimistas, como 'Criaturas musicales', y a los llamados de crítica social, que reflejaban los años ochenta y noventa. En paralelo, mi novela Caramelo verde, que se sitúa en la hiperinflación del primer Alan, es asimismo representativa de esa época. José Miguel Oviedo, que la releyó en 2010, sintió que estaba leyendo una novela histórica, algo similar a lo que varios lectores piensan de mis cuentos. De modo que sí: todo se lo debo a la realidad peruana, que es un festín para la literatura.
—El humor es clave en tu narrativa, especialmente en el cuento.
—Aquí somos hijos de los escritores satíricos de la colonia y de los costumbristas republicanos del siglo XIX, entre quienes figura Ricardo Palma, el tradicionista de la Lima dorada. El humor es una segunda piel que nos protege de la depresión; muchas veces reímos para no llorar. Ribeyro, gran cronista de las diversas grisuras de nuestra capital, no desdeñaba el humor; su cuento 'Tristes querellas en la vieja quinta' es excelente. Vargas Llosa odiaba el humor, pero cambió de opinión: Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor son grandes novelas humorísticas. En cuanto a Alfredo Bryce, ¿quién lo duda? Quizá sea el autor que más nos ha hecho sonreír y reír carcajadas en el mundo hispano. El sentido del humor enriquece el pensamiento y nos invita a la reflexión.



























