La actitud de Oswaldo Reynoso, a diez años de su partida
Su obra, comenzando con "Los inocentes" en 1961, abordó las desigualdades de la sociedad peruana y la doble moral de su época, destacándose por su estilo único y su visión crítica. Con "Los eunucos inmortales", su obra mayor, consolidó su propuesta. Reynoso no era de los autores que se quedaban callados. Decía lo que pensaba.

Este pasado domingo 24 de mayo se cumplieron 10 años de la partida de Oswaldo Reynoso (1931-2016). Reynoso dejó un vacío profundo en la literatura peruana contemporánea. Pero con él también desapareció una actitud, la cual le trajo muchas controversias con colegas de oficio y, a la vez, la admiración de no pocos lectores jóvenes. Más allá de las diferencias que se pudieron tener con él (y quien escribe las tuvo, a saber), es necesario subrayar su última imagen, y esta es la del escritor en movimiento, capaz de recorrer el Perú, llevar sus libros y ofrecer conferencias en colegios, universidades e institutos.
Marxista sin reparo. “El hombre, sin una ideología, sería una bestia”, le dijo a este servidor en agosto del 2001. Esta ideología, unida a la rebeldía de su poética, significaba un cóctel Molotov para todo joven con ganas de comerse el mundo. Reynoso se convertía en el ídolo capaz de cimentar una vocación literaria. Reynoso fue la epifanía que necesitaban los autores indecisos.
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El trayecto
Esta historia comienza en 1961 con Los inocentes. Años atrás, en 1955, Reynoso había publicado un poemario, Luzbel, pero fue con este libro de relatos con el que entró a la literatura peruana con la pierna en alto. Este libro no pasó desapercibido. Además, fue saludado por José María Arguedas, quien fue capaz de detectar la frescura y la proyección que encerraba ese libro escanciado de poesía y sexualidad. Arguedas vio en los personajes de Los inocentes el sufrimiento y el trauma de sus personajes un crisol temático que debía desarrollarse más en nuestra tradición.

"Los inocentes". Imagen: Difusión.
Reynoso era un ferviente convencido de que mediante la literatura podía poner en el tapete las desigualdades y la doble moral de la sociedad encorsetada y racista de su época. En 1965 publicó En octubre no hay milagros. Basta una visita a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional del Perú para verificar que se le quiso desaparecer del mapa literario. Hallamos en los diarios de la época un andamiaje discursivo que no solo eran sentencias literarias, sino asimismo morales. En 1970 publicó su segunda novela, El escarabajo y el hombre (con diseño de Jesús Ruiz Durand), a la fecha, una novela magistral por su forma. El día de la presentación en el bar Palermo, Reynoso, quizá aún fastidiado por cómo le había tratado la crítica con Los inocentes y En octubre…, no dudó en mandar a la mierda a toda la crítica literaria del momento.
A inicios de los 70, Reynoso se fue a vivir a China. Estuvo allá más de una década. No se supo mucho de él, y esta etapa es más bien un hiato vital para los estudiosos de su poética. A su regreso, nos entregó en 1993 el relato breve En busca de Aladino, delicioso texto en el que Reynoso se afianza como un fino estilista, es decir, un Reynoso recargado en la belleza del lenguaje. Sin embargo, fruto de su experiencia en el gigante país asiático, publicó en 1995 la que es su obra maestra, Los eunucos inmortales.
Reynoso, subrayemos, fue testigo de la desgracia que ocurrió en la Plaza de Tiananmén en 1989. Bajo la mirada de su narrador protagonista, nos ofrece un fastidiado recuento de lo que pasó antes, durante y después en la histórica plaza. Pero, al mismo tiempo, accedemos a la postura del autor con respecto al socialismo. Reynoso siempre estuvo convencido de que el socialismo era el ideal que debía alcanzar el hombre, sin importar las barbaridades que se hagan con este ideal. Por testimonio del propio autor, cuando se le preguntaba por esta novela, él declaraba con orgullo que había sido la que más tiempo le demandó escribir. Incluso llegó a decir que de Los eunucos… tenía más de 20 versiones.

"Los eunucos inmortales". Imagen: Difusión.
Las relecturas de esta novela nos revelan lo que Reynoso terminó haciendo en los últimos años. A nuestro autor le interesaban cada vez menos los géneros literarios. Una lectura atenta de El goce de la piel (2005), En busca de la sonrisa encontrada (2012) y Arequipa, lámpara incandescente (2014), nos brinda una proyección de su actitud hacia los géneros. Tengamos en cuenta que, en sus últimos años, se perfilaba como un escritor ajeno a las reglas narratológicas. Lo que le interesaba, ante todo, era escribir, y en ese proceso de escritura patentizar todavía más el placer erótico que le generaba precisamente la escritura. Ese aparente desorden que a más de un entendido en narratología le generaba patatús, resultaba en Reynoso una virtud, una suerte de profecía de lo que años después se haría pasar como nuevo en la narrativa peruana última y en el espectro hispanoamericano. El llamado híbrido. Reynoso nunca hizo bulla con este carácter de su escritura. Sabía que en literatura nada estaba por inventarse.
Pese a que en muchas ocasiones renegó del aislamiento literario, lo cierto era que este aislamiento nunca se ajustó a la realidad. Al menos no en sus últimos diez años de vida. En ese tiempo, y no solo yo lo he visto, Reynoso recibió homenajes (a saber, en 2013 fue condecorado con el Premio Casa de la Literatura Peruana), sus libros fueron reeditados y no dejó de ser polémico. Sus libros están a la mano. Pero fijémonos en su coherencia, así sintonicemos o no con ella. De la coherencia entre ideas y obra también está hecho un escritor.



























