Cultural

Ficción, sí; memorias, no: sobre “Camarada bailarina. Memorias de una generación derrotada” de Roger Santiváñez

Como texto de ficción, "Camarada bailarina" funciona muy bien incluso con nombres reales. Porque memorias no son, menos un testimonio generacional. 

Roger Santiváñez.
Roger Santiváñez.

Uno de los libros más esperados del 2024, fue Camarada bailarina. Memorias de una generación derrotada (Random House) del escritor peruano Roger Santiváñez. La expectativa tenía varios puntos de justificación. Primero, su autor es una de las voces más relevantes de la poesía peruana de las últimas décadas (a saber, los poemarios El chico que se declaraba con la mirada de 1988 y Symbol de 1991). Segundo, por el interés en el nuevo tomo de sus “memorias” (entrecomillado adrede, más adelante indicaremos la razón) tras lo leído en la interesante pero fallida primera entrega  (por repetitiva) El sentido de la soledad. Memorias (1961-2001). Y tres, por la sencilla razón de que siempre es un placer leer a Roger Santiváñez. De los reconocimientos de Santiváñez a lo largo de su trayectoria, habría que subrayar que no pocos lectores se identifican con el tono de su escritura.

En Camarada bailarina tenemos a Roy, joven poeta que refuerza su vocación literaria en una década convulsionada como los 80. Roy funda un grupo poético, se reúne con sus amigos, se enamora, recorre la ciudad a su ritmo y está convencido de que un cambio tiene que suceder en la sociedad peruana espoleada por el desaliento, la corrupción y el terrorismo. Es precisamente este último aspecto, el del terrorismo, lo que nos pone en bandeja a Maritza Garrido-Lecca (bailarina y cuidadora de Abimael Guzmán hasta su captura en 1992) y la relación de los compañeros generacionales de Roy con Sendero Luminoso.

Roy conoce a Maritza Garrido-Lecca, también a quien fue su esposo y a sus dos parejas posteriores. En realidad, Roy conoce a todos los protagonistas (Juan Javier Salazar, Alfredo Márquez, Mariela Dreyfus, Dalmacia Ruiz Rosas, etc.), a los que trata con cariño. Roy es un animal poético: si se enamora, lo hace en estado de poesía. Si abriga la idea de hacerse revolucionario, igualmente en estado de poesía.

Bajo estas coordenadas, Camarada bailarina vendría a ser una estupenda metáfora de la resistencia de la poesía/el arte/la cultura ante un contexto violento; del mismo modo las lecturas que se hagan del libro deben guiarse bajo estas señas. De acuerdo a la morfología moral de los personajes presentados por Santiváñez: ¿qué joven con inclinaciones artísticas y acervo cultural iba a estar ajeno a la desgracia que era el país como para no buscar una solución?

Como texto de ficción, Camarada bailarina funciona muy bien incluso con nombres reales. Porque memorias no son, menos un testimonio generacional.

En cierta ocasión, el escritor español Antonio Muñoz Molina dijo que basta una gota de mentira en un texto para teñirlo de ficción. Esta sentencia se aplica desde la primera hasta la última página en Camarada bailarina. Para ser un libro de memorias, hay inexactitudes que del saque lo desacreditan como tal. Al respecto, el artista Herbert Rodríguez, mencionado en estas páginas, indica en su cuenta de Instagram que el episodio sobre un mural que hizo en San Marcos, en 1989, no decía, como recuerda Santiváñez, “El Perú está en guerra / ¿tú en qué estás?”, sino “La muerte está en el Perú, y tú en qué estás???”. Además, es harta conocida, y está documentada, la posición de Rodríguez frente a Sendero. A ello, sumemos la falta de reflexión discursiva de Santiváñez en Camarada bailarina, ausencia que convierte al libro en un festivo anecdotario.

Debo confesar que el primer recital de poesía al que asistí en mi vida, fue organizado por el grupo Kloaka, en la segunda mitad de los 90, en Quilca. En aquella ocasión, leyeron sus poemas Roger Santiváñez y Domingo de Ramos. Cuento esta experiencia porque no se puede hablar de los 80, en el ámbito cultural y literario, si obvias a Domingo de Ramos (autor de Arquitectura del espanto de 1988 y Pastor de perros de 1993) o lo reduces a mezquinas menciones.

Así como Roger Santiváñez fue protagonista en los 80, Domingo de Ramos no se quedó nada atrás. Nos referimos a dos muy buenos poetas. La literatura no se mancha.

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