
Estuve de vacaciones en Malabrigo, puerto del valle de Chicama. Me desvinculé por quince días de la televisión, Facebook, internet y de los correos electrónicos. Solo activé el teléfono celular y el whatsapp para enviar mensajes; algunos días llegaba un vendedor de periódicos que me dejaba La Industria y La República Región Norte.
Por supuesto la noticia de esas semanas no era la coyuntura política nacional, ni los líos por la corrupción. Lo que me llamó la atención es la alucinante historia de un equipo de fútbol de la comunidad de Llacuabamba, distrito de Porcoy, provincia de Pataz, en la sierra de La Libertad, que había logrado el campeonato en la Copa Perú y logrado su ascenso al fútbol profesional pero que, por un reclamo ante la Federación Peruana de Fútbol, su triunfo fue desconocido. No obstante, como había quedado semifinal de la Copa Perú, tuvo la opción de participar en un cuadrangular en Lima, para decidir a los dos nuevos equipos que participarían en el Fútbol Profesional. Por supuesto, participaron y lograron clasificar. El club Deportivo Llacuabamba es ahora el nuevo integrante del fútbol profesional.
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Vino a continuación el debate sobre la sede deportiva donde debía jugar el Deportivo Llacuabamba con los otros equipos del fútbol profesional. El pueblo de Llacuabamba está a 16 horas de Trujillo, no ingresan avionetas, su estadio solo tiene capacidad para 400 asistentes, aunque en el pueblo está integrado por 2150 mineros artesanales. Aunque es un tema aún no decidido, consideré que la historia es cautivante por sus connotaciones sociológicas y políticas.
Llacuabamba es una comunidad campesina en donde se ubican minas de oro que han sido explotadas por años por la minería informal. Se conoce que sus yacimientos son explotados desde la época colonial, y que sus actuales vetas son, todavía explotadas por empresas formales y mineros informales en busca de su formalidad. Precisamente, Llacuabamba contaba con un número de mineros informales, todos ellos comuneros, que dieron el salto hacia su formalización recientemente (2012), y con ello logró incrementar considerablemente sus ingresos: recibe, según señalan los directivos, recibe el 4% de las ganancias de los mineros.
El presidente de la comunidad de Llacuabamba, Hernán Saavedra Castañeda, uno de los promotores de la formalización, es a su vez, presidente del Club Deportivo Llacuabamba, y promotor de la construcción de un coliseo deportivo, un estadio de fútbol, entre otras acciones. De minero informal pasó a ser presidente de la comunidad campesina, presidente del Club Deportivo; contrató jugadores de buen nivel y un entrenador profesional para poder competir en las ligas mayores y ahora es, qué duda cabe, un nuevo dirigente de un equipo profesional del fútbol peruano.
Sabe que el centro de su actividad es la minería de oro, y que gracias a ella ha conseguido que su Club Deportivo llegue a las ligas mayores; sabe, también, que su fortuna no solo personal sino social, se debe al precio del oro. Sus sorprendentes declaraciones luego de ganar el campeonato lo dicen todo:
“Yo les digo que no nos miren como pobrecitos, porque tenemos para mucho y podemos competir con la ‘U’ o Alianza Lima. A futuro todo se puede esperar, con el buen manejo de la comunidad y ojalá Dios quiera solamente pido que el oro no baje, yo creo que podemos llegar incluso a jugar la Copa Libertadores”. (http://laindustria.pe/nota/11966-presidente-del-llacuabamba-si-el-oro-no-baja-podemos-llegar-ajugar-la-copa-libertadores)
Hay mucho que interpretar, o mejor, mucho que entender. Una de ellas es la relación de la comunidad campesina con la minería, y el tránsito de una comunidad campesina a una comunidad minera, que es como se autoidentifican, y las alianzas establecidas con empresas mineras formales, en este caso, la empresa MARSA. Si una revisa los videos del pueblo, se puede percibir que los ingresos mineros han elevado considerablemente la calidad de vida de la población.
El otro ángulo de este fenómeno es el tipo de liderazgos que van surgiendo en este proceso. Liderazgos que surgen de una actividad económica para pasar al liderazgo deportivo y de ahí al liderazgo político. Evidentemente no es el primer caso: la minería no formal ya ha dado puesto parlamentarios en varias regiones, presidentes regionales en Madre de Dios y Puno; son numerosos los alcaldes provinciales y distritales que son elegidos por el voto y los recursos de la minería no formal.
También son numerosos los casos de dirigentes deportivos que luego pasan a ser dirigentes políticos con poder político regional y nacional. Recordemos el caso de los Oviedo en Chiclayo, de Juvenal Silva, dirigente del Cienciano, para mencionar solo a los más conocidos. Es probable que, en los gobiernos regionales y municipales, la relación de dirigentes deportivos que han sido elegidos como autoridades políticas sea mayor.
Lo narrado nos muestra lo despistados que andamos cuando analizamos la falta de liderazgos políticos, y nos limitamos a cuestionar a los partidos políticos existentes, pensando que de ahí deben surgir los nuevos políticos que el país requiere. Lo que estamos viendo es que de la actividad no formal, de las dinámicas económicas locales están surgiendo nuevos personales que poco a poco están construyendo sus representaciones políticas sin recurrir a los partidos establecidos o a los movimientos sociales.
En fin, mucho que reflexionar.
(*) Sociólogo. Exjefe de la Oficina de Diálogo y Prevención de Conflictos de la PCM.





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