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Opinión

Almudena Grandes y el invierno en España, por Eduardo González Viaña

Con novelas como “Inés y la alegría”, la autora española forjó una obra saludada por los lectores en todo el ámbito hispanoamericano. Su experiencia personal durante la dictadura de Franco fue insumo para su ficción.

Almudena Grandes. Foto: AFP.
Almudena Grandes. Foto: AFP.

El invierno más crudo llegó al pueblo de Almudena y ella, de apenas 10 años, estaba asustada. Según un cuento suyo, se sentía aterrada por el frío que hallaría en la escuela, pero su progenitora ya había pensado en eso: "El hielo no esperó a diciembre, pero mi madre sí lo esperaba a él".

Pensemos en la España de posguerra y entendamos que las chimeneas y otras formas de calefacción estaban reservadas para los locales escolares de la gente pudiente. El hielo se subía hasta las rodillas, las manos y el alma de los escolares de escasos recursos.

Pero mamá tenía ahora una sorpresa para ella:

“-Mira, ¿te gusta? -la sonrisa de madre se hizo más grande y encontró una manera de brillar también en sus ojos.

-Sí, es muy bonita -y solo entonces entendí-. ¿Es para mí?”.

La madre de Almudena había tejido una funda para la botella de agua caliente que llevaría la niña a la escuela. La había confeccionado con dos trozos de manta superpuestos cortados a la medida de una botella de gaseosa y cosidos por el borde con una hebra de lana en puntadas muy seguras y apretadas.

La funda multicolor la iba a convertir en una de las niñas más envidiadas de la comarca… y también en la más abrigada.

La obra de Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021) ofrece testimonio interminable de la guerra civil española. Como lo he dicho otra vez, mi corazón ha estado siempre al lado de los perdedores.

En sus novelas, relatos y episodios, España -madre bella y atroz- asoma su rostro teñido con el espanto del conflicto y de la posterior dictadura de Franco.

Decía Albert Camus que “fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa”.

Almudena Grandes. Foto: AFP.

No solo en la generación de Camus, sino en las que le siguieron y, más todavía, en la América española, hemos hecho nuestras todas las vidas de Almudena Grandes, cuya obra -siempre he pensado- se levantó sobre una trinchera derrotada.

En sus libros, nos podemos sentir habitantes de un manicomio donde el fascismo victorioso ha arrinconado a los españoles vencidos (La madre de Frankenstein, 2020).

En otro de sus escenarios (Inés y la alegría, 2010), caemos enamorados ante la joven que comparte la vida y el destino de los guerrilleros y, con ellos, escribe una historia que solo ahora podemos leer.

En 2008, conocí a Almudena y a su esposo, el poeta Luis García Montero, quien presentara mi novela Vallejo en los infiernos en la Casa de América, en Madrid.

Antes de conocer a Almudena, la había leído y también después, y esa es la incitación que me lleva ahora a novelar algunos capítulos de la vida peruana.

Cuando llegó a mis manos “Las botellas de agua caliente”, uno de sus cuentos, me sentí tentado de investigar e hice preguntas entre mis amigas españolas que vivieron los nefastos días de Franco: ¿cómo fue el invierno en tu escuela?

Rosi Andrino me contó que, en Barco de Ávila, su pueblo, ella pudo tener un pequeño brasero para soportar las inclemencias del invierno. En cambio, Marisa Nuño me dice que, en Fuentelsaz, ella y su hermana se peleaban por el único gato de la familia para llevarlo a clases y sentir su calor.

Cuando la niña del cuento vio que su madre le extendía una funda para conservar la botella de agua caliente, insistió: ¿es para mí?

La madre asintió con la cabeza y la niña sintió que la recorría una alegría salvaje que también era orgullo, gratitud y el anticipo de la felicidad. Tan solo besó a su madre y escribió esta historia que nos hace sentir la frialdad y la pobreza de las escuelas españolas en los días desdichados del franquismo.

Almudena me confesó triste que, entre sus compañeras, era la más alta. “Por eso, en las actuaciones escolares hacía el papel de árbol”.

Gracias a Almudena, los escritores y los lectores nos sentimos inundados por la sombra roja de los exiliados republicanos y la alegría sin final de quien sabe que, al final, la historia será suya… al igual que una botella de agua caliente.

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