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Opinión

Castilla, el hombre y su caballo, por Eduardo González Viaña

En tiempos en los que nuestras autoridades causan vergüenza, motivadas por el autoservicio, resulta pertinente recordar a nuestras principales figuras que sirvieron al Perú sin esperar nada a cambio.

Ramón Castilla. Imagen: Difusión.
Ramón Castilla. Imagen: Difusión.

Si usted camina por el jirón Carabaya y está por llegar a la esquina de la avenida, deténgase en el 607 y se encontrará con la casa-museo Ramón Castilla. Se ingresa a ella por una portada de piedra y ladrillo. Se pasa a un amplio zaguán que luce un techo artesonado y usted tendrá la impresión de que ha entrado en algo de lo más bello de la historia del Perú.

Sin embargo, después de haber recorrido esa mansión y en el momento de salir, le aconsejo que baje los ojos a tierra. Ya le explicaré por qué.

Ramón Castilla murió a caballo en el desierto de Tiliviche (en ese tiempo, pertenecía al Perú) el 30 de agosto de 1867 cuando dirigía a los oficiales y soldados con quienes se había sublevado contra Mariano Ignacio Prado, por entonces presidente del Perú.

Ramón Castilla. Imagen: Difusión.

Eso debe de haber ocurrido a las 2 de la tarde. Sin embargo, aunque muerto, siguió cabalgando hasta la puesta del sol. Sus hombres tan solo advirtieron lo que ocurría en un cruce de caminos porque el caballo se detuvo a esperar órdenes.

Así como murió, vivió todo el tiempo, sin detenerse. Abolió el tributo indígena. Liberó a los esclavos. Acabó con la pena de muerte y con la cárcel por motivos políticos e instituyó la libertad de prensa. Además, estableció el presupuesto, la administración pública y el servicio diplomático. Y, por fin, fundó el servicio marítimo en el Pacífico y el Amazonas. Se puede decir que con él comienza la república.

Los alzados llevaron en secreto el cadáver a Tarapacá donde se había iniciado la rebelión. Había que evitar que Lima se enterara de la muerte y, para ello, el telégrafo fue entregado a José Castro Joo, un joven periodista con mucha imaginación, que enviaba todos los días al Gobierno alarmantes noticias sobre un Castilla vivo y una supuesta revolución en marcha.

Para el velorio, se recurrió a las costumbres aimaras propias de la región y del mismo Castilla. Durante los días del duelo, un curandero de esa extracción cultural, o sea un yatiri, tuvo a cargo los rituales. Lo primero que hizo fue poner el oído sobre el pecho del difunto y, luego, levantó el rostro y miró hacia el cielo:

-Se escucha un trotar -dijo.

-¿Dónde se escucha un trotar? -preguntó un sobrino de Castilla que se había quedado a cuidarlo.

-Aquí -el yatiri señaló con el dedo el corazón de Ramón Castilla.

Eugenio, el sobrino del mariscal, replicó:

 -¿Un trotar?… No es raro.  Creo que mi tío nació a caballo.

A todo esto, ¿qué pasaba con el caballo que había conducido al mariscal?

El “Colorado” estaba allí parado junto a la puerta. Día y noche. Apenas aceptaba algo de pasto y de agua, pero no quería que lo llevaran al corral.

-¿Los caballos recuerdan? -preguntó el sobrino de Castilla.

-La gente suele pensar con el cerebro. Los animales tienen más desarrollado el corazón… Pero que recuerdan, sí… Claro que sí.

El “Colorado” era un caballo que Castilla ganó en una jugada de naipes con el cura Jacobo Marroquín en Jequetepeque. En todas las descripciones se dice que ese caballo olía “a norte, a mar y a desierto”.

El sobrino de Castilla aseguró que el mariscal había nacido a caballo, y eso es casi cierto. Siempre perteneció al arma de caballería y su mayor ambición la acababa de cumplir, morir sin desmontar.

Por eso, el maestro aimara acotó:

-El corazón de Castilla es un trotar. Suena ahora y resonará en toda la patria. Todo el tiempo.

Volviendo al comienzo de este artículo, si usted visita la casa-museo de Carabaya 607, se enterará que, al morir Castilla, su viuda doña Francisca Diez Canseco tuvo que venderla para pagar lo que se debía a los acreedores. Eso significa que Ramón Castilla, el honesto y más importante de los presidentes peruanos que gobernó en las épocas de mayor bonanza económica del país, murió en la mayor pobreza.

Al salir, tal vez usted tenga que mirar hacia el suelo… para que no se le vean las lágrimas.

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