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Opinión

La agonía del pacto parlamentario, por Juan De la Puente

“No son estrictamente un pacto político sino una coalición bastante lejana del compromiso de los diversos (…) que patrocina un régimen híbrido con un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad, y que agoniza por ineficacia y vacío

juan de la puente
Juan de la Puente 22-02

El pacto parlamentario no está muerto, pero se encuentra gravemente herido. No agoniza porque sus miembros se lanzan los trastos por la cabeza y se acusan de infidelidad. No. Agoniza porque no es capaz de darle al Perú una presidencia mínimamente estable. También porque instalaron un vacío de “poder de mando” a pocas semanas de las elecciones y porque el cambio de Jerí por Balcázar agrava la inestabilidad. En Palacio se mueven algunas sillas; Balcázar es, como Jerí, un hombre del Parlamento y, en ese punto, no hay señales de que la opinión pública piense distinto.

¿Cuánto más durará el pacto? Depende del 12 de abril. La ilusión de sus miembros es que todos vuelvan a pasar la valla electoral. Pero no es una ilusión colectiva, sino un cálculo singular.

Es una interesante agonía. Se presenta bajo la figura de división. Pero no lo es. Es una disputa de hermanos sobre cómo llegar en mejores condiciones al 12 de abril, cada uno por su cuenta, para evitar el castigo electoral. En el resto de cuestiones, el pacto sigue siendo eso: un pacto. Captura del Estado, intangibilidad de las leyes procrimen y antiderechos, gasto fiscal populista, militarización de la seguridad ciudadana y negación de la represión 2022/2023.

¿En qué consiste la agonía? En el límite al que llegó el parlamentarismo de facto instalado a la caída de Castillo. En un primer momento todo fue ganancia: conquista de organismos autónomos, leyes a favor del crimen, otras leyes que recortan los derechos humanos y hostigan a las ONG —supuestamente el núcleo duro caviar— y diseño organizativo de la mano dura como promesa de la derrota inminente del crimen.

El parlamentarismo de facto, sin embargo, olvidó un detalle: tienen que gobernar porque, a fin de cuentas, son el gobierno. Para evitarlo, estiraron lo más que se pudo la administración de Boluarte, crecientemente incapaz, y guardaron el cadáver de su gobierno hasta que el olor fue imposible de ocultar. La acumulación de fracasos —el rechazo a las visitas políticas fuera de Lima, las piedras de Juliaca contra Butters y el ataque al grupo musical Agua Marina en Chorrillos— los obligó a prescindir de Boluarte en pocas horas. La sacrificaron por miedo, una ofrenda para aplacar la ira de los dioses de las urnas.

Persuadidos de que Jerí resolvía el problema del gobierno mínimo, le entregaron las llaves de la casa, conservando sus cuotas de poder en el gobierno central. Creían que Jerí no haría muchos estropicios. Total, “solo” está acusado de violación y de algún otro pecadillo. Faltaban pocos meses para las elecciones y era fácil ser Paniagua o Sagasti en versión conservadora: una presidencia fresh pop bukeliana, un dibujito muy moderno en Palacio.

No contaron con la acción-reacción de la prensa ni con el apetito mercantil del joven mandatario, que dejó sus huellas en todos lados. No hubo masas en las calles reclamando su salida, sino algo distinto que deja de ser algo nuevo: una movilización social ruidosa e insumisa que se recrea en las redes sociales y paraliza al poder. En el último mes de su gobierno, Jerí fue inmovilizado, no salió de Palacio y se hundió ante el rechazo. Su corto gobierno y su abrupto final merecen ser estudiados. Es la primera expresión de una presidencia fusible que inventamos los peruanos y que parece caerse con el viento.

Solo parece. Frente a la idea de los estallidos, bastante frecuente en las ciencias sociales peruanas, existen otras formas de descontento que agregan demandas y reagrupan a la sociedad de distinto modo. De hecho, es más frecuente que se analicen como propias y autónomas las protestas a través de las redes sociales, más que como recurso de difusión de las protestas tradicionales. Si bien las teorías se mueven entre el escepticismo y el optimismo (Loader, 2011, y Morozov, 2011, respectivamente), surge una posición realista o utilitaria (Gerbaudo, 2012) que considera que las redes sociales pueden ser, en sí mismas, un espacio propio de acción colectiva que, al mismo tiempo, permite el desarrollo de liderazgos y la movilización de emociones con potencial participativo y deliberativo, que interactúa con las formas tradicionales de movilización. En este punto, no hay que olvidar que la primera moción para retirar a Jerí del poder fue del pequeño núcleo democrático que sobrevive en el Congreso.

Las denuncias contra Jerí incidieron en el pacto y secuestraron la campaña electoral. Revelaron su aislamiento y desnudaron su condición de grupo gobernante ubicado “arriba”, con poco “abajo”. En el lenguaje coloquial peruano, un poder al que le falta calle.

El pacto reaccionó de varios modos: el ala dura (Fuerza Popular y Avanza País) creía en una huida hacia delante; el ala blanda (Renovación Popular) creía posible cambiar de rueda en el camino; y el ala pragmática —el resto del pacto— se puso al servicio objetivo de las circunstancias, traducido como aprovechar las oportunidades. El debate constitucional, a cargo de quienes destrozaron la Constitución (emoji de risa), entretuvo, pero no fue decisivo. Jerí cayó con 75 votos. El segundo sacrificio humano lo requería. Los dioses de las urnas siguen pidiendo ofrendas.

Con Balcázar en escena, las cosas no mejoran. Los partidos del pacto pelean un deporte que los peruanos conocemos bastante: el chascacán (pro wrestling en EE. UU.), confiados en convencer a la sociedad de la traición del otro. Se alimentan de la ilusión de que las disputas parlamentarias serán reconocidas por los peruanos en todo su detalle. Lamentablemente para ellos, sus batallas no alteran la percepción ciudadana de que el Congreso es un todo único, sólido y rechazable. La idea de que puede producirse giros veloces a favor de un candidato, bastante común en el marketing electoral, es un cálculo matemático de muy improbable éxito.

La pregunta sobre si la presidencia de Balcázar hará revivir el rechazo a la izquierda de los años 2021/2022 es interesante. Hasta ahora, la mayoría de los peruanos no asume el eje derecha/izquierda, por lo menos no antes de la primera vuelta; peor aún, el eje caviar/anticaviar capitalino sanisidrino, con el que se agrede a la derecha en estos días. Por ahora, el dilema más importante es votar o no votar, donde es consistente la resistencia a la oferta electoral. Ese dilema coloca como eje más importante el de ellos/nosotros, que podría traducir dilemas superpuestos como democracia/no democracia, corrupción/no corrupción, abuso/justicia, que se queden/que se vayan, entre otros, reflejados en la consigna #PorEstosNo.

Es que también olvidaron algo más: no tienen proyecto positivo, sino negativo. No son estrictamente un pacto político, sino una coalición bastante lejana del compromiso de los diversos (el pacto de los rincones de Axelrod), que patrocina un régimen híbrido con un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad, y que agoniza por ineficacia y vacío. En la posibilidad lejana de que se logre asociar a Balcázar con la izquierda, el parlamentarismo de facto seguirá acorralado, proyectando la certeza de que la batalla cultural es una ópera lírica radical sin futuro: gestual, mordaz, rígida y exagerada, pero bastante ineficaz.

Aparte de la cuestión presidencial y las batallas escenificadas, el pacto está perdiendo relatos, entre ellos el de la mano dura, que antes con Boluarte, luego con Jerí y ahora con Balcázar exhibe su fracaso. De hecho, el Perú lleva tres años de mano dura sin éxito: leyes, presupuestos, medidas extraordinarias, operativos y planes que se suceden desastrosamente. Jerí, con los ornamentos de Bukele, debilitó ese relato, lo que les plantea un desafío a los febriles “manoduristas”, obligados a diferenciarse entre ellos. Ya no es suficiente poner al frente, como garantía del éxito, a generales retirados que precisamente fueron derrotados por el crimen.

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