
En momentos en que la fragmentación latinoamericana es más grande que nunca, y en los que, todo indicaría, incluso que se está retrocediendo, surgen varias preguntas y una reflexión sobre nuestra historia.
Por ejemplo, dentro de otras cosas de más trascendencia, no se puede omitir el hecho de que en estos días empiezan a llegar a nuestras tierras latinoamericanas algunos representantes diplomáticos, completamente old-fashioned, que nos quieren indicar hasta lo que debemos comer y que se “ofenden” por los nexos comerciales y culturales que, por ejemplo, tiene un país como el Perú con China.
Nexos históricos profundos
Y nadie medianamente bien informado debería sorprenderse y, mucho menos, “escandalizarse” por esa articulación, digamos, “preferencial”. Pues los nexos entre China y el Perú son profundos y de larga duración. Fue el Perú, de hecho, el primer país de América Latina en establecer relaciones con China (1873), circunstancia, además, en la que se fue mucho más allá de eso, pactando mecanismos innovadores y pioneros de inspección y protección internacional de los derechos humanos.
Cuando la construcción del ferrocarril interoceánico en California (que unió la ciudad de Omaha, Nebraska, con Sacramento, California) marchaba “a todo vapor” en la década de 1860, el grueso del trabajo material estaba cargado sobre las espaldas de miles de coolies chinos, semi-esclavos todos, sin protección nacional o internacional alguna.
Mientras, en el Perú ya funcionaba un sistema pionero de protección internacional de esa población coolie, que había sido explotada y maltratada durante años en haciendas y en la extracción del guano. A esas atrocidades se les puso fin a partir de 1873; mientras tanto, en California no pasaba nada… Todo empezó a cambiar después gracias al Perú. Por el acuerdo entre China y el Perú de 1873 se establecieron comisiones binacionales que operaban in situ, visitando haciendas azucareras o las islas guaneras. En todos estos lugares se explotaba y maltrataba a los coolies, y a eso se le puso coto.
Bueno, pues el hecho histórico es que el Perú fue el primer país de “las Américas” en poner fin a ese horror. Gracias a esas comisiones binacionales creadas en 1873, esos maltratos a los coolies acabaron. Y, de paso, dejaron para el mundo una modalidad de protección activa de los derechos humanos que fue retomada décadas después por Naciones Unidas, luego de más de un siglo, en sus operaciones de paz en países como El Salvador (ONUSAL) o Guatemala (MINUGUA): la “verificación activa” de los derechos humanos.
No hay sorpresas
Nadie que conozca aunque sea “algo” de esta historia debería sorprenderse de que hoy haya nexos sólidos entre el Perú y China. Es el curso inercial de la historia y, principalmente, el efecto de decisiones tomadas por estadistas con visión de futuro.
Siendo así algunas cosas de la historia, surge la pregunta de por qué no emergió en América Latina el objetivo —y hasta la urgencia— de la unión y coordinación continental. Muchos preclaros líderes (Bolívar, entre otros) así lo quisieron, pero esos planteamientos no pasaron de la ilusión.
En eso estamos ahora… y a ello estamos habituados… No es una fatalidad histórica ni un defecto cultural. Es una costumbre política que se repite porque conviene a intereses pequeños y a mediocridades grandes. Durante dos siglos hemos preferido el consuelo del discurso épico a la incomodidad de construir poder real en común.
Fragmentación que beneficia a élites
Tras la independencia, las nuevas repúblicas nacieron de espaldas entre sí. Los proyectos federales —Bolívar, San Martín, Morazán— fracasaron. No por “imposibles”, sino porque chocaron con élites locales que vieron en la fragmentación una oportunidad para gobernar sin contrapesos regionales. Quedamos con Estados celosos de su soberanía formal y débiles en la práctica.
La economía regional también compite en vez de complementarse. Exportamos lo mismo —minerales, energía, alimentos— y a los mismos mercados. Cada país negocia solo con potencias que sí actúan como bloque.
La fragmentación beneficia a élites que en la historia han preferido tratos bilaterales opacos a reglas regionales exigentes. Una integración con dientes —estándares anticorrupción, compras públicas transparentes, normas ambientales comunes, justicia supranacional— amenaza privilegios. Por eso los esquemas regionales se vuelven clubes de presidentes, dependen del humor del momento, carecen de burocracias técnicas y se paralizan con cada elección.
A esto se suma la comodidad externa con una América Latina dividida. Negociar con veintitantos países es más fácil que con una voz coordinada de 650 millones. El nacionalismo chico, emotivo y manipulable, completa el círculo: cuando falla la gestión interna, se agita la bandera contra el vecino o el migrante.
Situación dramática que no ha podido impedir que la mayoría de países de América Latina hayan abierto y establecido relaciones diplomáticas y económicas con todos los países del mundo. Dentro de ello, el Perú destaca por la pluralidad de sus socios inversionistas y para el comercio. Solo a mentalidades arcaicas algo como eso les podría incomodar.





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