
Llegó al poder de la manera en que lo hacen muchos en el país: por pura suerte. Lo que parecía impensable hasta ese momento, que el mismo Congreso que puso y mantuvo a Dina Boluarte a costa de la vida de muchos peruanos ahora había decidido deshacerse de ella. La expresidenta se había convertido en una mochila muy pesada, con un índice de aprobación menor al margen de error y que en su caída arrastraba a un desprestigiado Congreso y a la coalición que lo controla. A la menor oportunidad, la sacaron del mismo modo que ella había entrado: por medio de una vacancia.
En la pobre capacidad de análisis (y de analistas) de la coalición gobernante, se pensó que sacando a Dina las encuestas podrían reflotar y eso daría el tiempo necesario para seguir sometiendo a más instituciones y dejar arreglado el escenario electoral de abril. Se puso como presidente del Congreso a alguien del ala dura del fujimorismo y de presidente a un joven sin experiencia importante que ocupaba hasta entonces la presidencia del Congreso desde julio. Los poco más de once mil votos que obtuvo José Jerí Oré fueron suficientes para que, una carambola de suerte tras otra, termine poniéndose el fajín presidencial en octubre del año pasado.
La misión de Jerí no parecía difícil al inicio y se limitaba a un solo mandato: no ser Dina Boluarte. Adoptando un perfil más hiperactivo y ubicuo, con desplazamientos y en permanente estado de actividad. Al poco tiempo, terminó consumido por su propio personaje, mientras la delincuencia y las extorsiones afectaban a los peruanos de a pie, sin que la policía pudiese hacer mucho. A pesar de eso, el presidente encargado no supo cómo reaccionar y continuó explotando las redes, convencido de que eso lo mantendría en el cargo.
Pero la imagen del presidente cayó más rápido de lo esperado. Dos denuncias casi simultáneas han derribado sus números en la más reciente encuesta de Ipsos, que registra un incremento de veinte puntos en su desaprobación (61 %) y una aprobación de 30 %, que puede seguir hundiéndose, y con ella, sus esperanzas de mantenerse en Palacio, especialmente ahora que la coalición ve con buenos ojos una eventual presidencia de Maricarmen Alva, una política con menos carisma que Jerí y Boluarte juntos.
La conexión china
También conocido como el Chifagate, la presencia sospechosa del presidente encargado en varias reuniones clandestinas con el empresario de origen chino Zhihua Yang generó una serie de cuestionamientos en torno a la investidura presidencial y los vínculos de Jerí con dicho empresario. Los intentos de Palacio de Gobierno por explicar la situación fueron torpes y motivaron más investigaciones para explicar dicho vínculo.
El incidente era más delicado aún, porque ponía en vitrina las relaciones Perú-China, que habían sido bastante productivas hasta hace poco. La agresiva política exterior de Estados Unidos hizo que Perú se alineara bajo su dirección, no solo avalando la invasión a Venezuela sino también su reclamo de América Latina como su patio trasero. La exposición de los vínculos entre Jerí y los empresarios chinos reveló la existencia de canales alternativos en las adjudicaciones y contratos desde el Estado y cómo estos operaban.
Como lo hicieron notar diversos medios, los vínculos de Jerí con el empresariado chino se remontan a su época de congresista. Aún más, quien se reunió con el presidente encargado tiene intereses en infraestructura pública, especialmente en hidroeléctricas. La excusa inicial de que la reunión era para tratar el Día de la Amistad entre Perú y China también quedó rápidamente desmentida por las partes. A Jerí no le quedó más que salir a pedir disculpas mientras intentaba señalar que no había hecho nada malo. Las declaraciones del primer ministro Ernesto Álvarez complicaron más al presidente, dejando la sospecha de si ya le habían bajado el dedo a Jerí y estaban comenzando a buscar su reemplazo.
Las favoritas de Palacio
Mientras el entorno presidencial buscaba desviar la atención del escándalo con los empresarios chinos, apareció un reportaje que hurgaba más en los vínculos del presidente encargado con mujeres. Ya cuando asumió el cargo, la prensa había hecho notar los comentarios inapropiados que realizaba en redes sociales. Pero ahora estos indicios apuntaban a algo más grave: el presunto tráfico de influencias a favor de mujeres que asistieron a Palacio de Gobierno. Algunas de estas permanecieron por varias horas, lo que intentó ser explicado por Palacio señalando que el período incluye los tiempos de espera y protocolo.
Lo que puede complicar más esta investigación es la información sobre la celebración de su cumpleaños en Cieneguilla, antes de ser presidente pero cuando ya era congresista, y la presencia de personajes vinculados a una presunta red de prostitución en el Congreso, y de donde resultó asesinada por presuntos sicarios Andrea Vidal, testigo clave de este caso.
Independientemente de si se logran minimizar las denuncias de sus vínculos con empresarios chinos o con mujeres favorecidas con recursos públicos, lo cierto es que la imagen del presidente encargado difícilmente va a repuntar. Hasta el momento no ha podido demostrar ningún logro concreto en problemas cotidianos, por más que las redes de los ministerios y las oficinas públicas intenten demostrar lo contrario. Es muy posible que siga cantando el himno y apelando a una serie de valores cívicos que él mismo parece no haber cumplido.
Con todo, se trata de un personaje gris para un mandato que probablemente no sea mencionado en los futuros recuentos de esta década.





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